SALUDO Y BIENVENIDA

Oí hablar por primera vez del taiko japonés en 1985 haciendo estudios de antropología médica en México a través de una querida profesora nikkei -hija de emigrantes japoneses-, Sayoko Kageyama. También con ella me enteré de la pervivencia de ciertas formas de chamanismo en Japón y particularmente de las Itako, sobre las que volveré más veces en el blog. Pues bien, aunque he seguido interesado profesionalmente en el chamanismo y en las interpretaciones culturales de los fenómenos de salud y muerte, han pasado más de 30 años hasta volver a contactar específicamente con el mundo y la cultura del taiko. Y fué en un taller/demostración de taiko para niños en el Pilar zaragozano de 2018 cuando escuché el "gran tambor" a manos de Kumiko Fujimura; y fué para mí un auténtico flash emocional... 

Y ahora, después de participar estos años en el grupo Kamidaiko que coordina Kumiko, y quedar seducido por esta manifestación cultural japonesa, arranco este blog con unos cuantos apuntes y reflexiones personales en torno a mi experiencia, emociones, trabajos y lecturas sobre el taiko, que pueden ilustrar esta travesía por algunos aspectos de la rica cultura japonesa. Los errores e inexactitudes que seguro encontrareis son de mi entera responsabilidad y ruego que me los hagáis saber, para rectificarlos, si os tomáis la molestia de visitar estas páginas.  Siguiendo las normas de educación, saludo con una leve inclinación de cabeza o, si se prefiere, juntando frente a la boca las palmas de las manos -gassho- al modo budista, o de las dos maneras a la vez. En todo caso, gracias por interesaros en el blog y, por supuesto, en el taiko. Ah, y la rana del título del blog es, por supuesto, la del haiku del estanque de Bashō, el gran haijin. 

Para abrir boca, os dejo con Kodo y el poderoso sonido del "Gran tambor".

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10/01/25

EL TOMOE DE LOS TAIKOS

Q

ue es ese dibujo, ese signo en forma de remolino, que vemos muchas veces dibujado sobre la piel de los taikos? ¿cual es su origen y su significado?. Hablemos un poco de ello

El "Tomoe" es un símbolo tradicional japonés, muy reconocido, que aparece con frecuencia en el arte, la arquitectura, los objetos ceremoniales y también, en los instrumentos musicales. A menudo la piel de los tambores taiko está decorada con este símbolo que parece un remolino o espiral; en concreto, el Mitsudomoe, que es la versión de triple coma.


En general, se representa en forma de comas que giran alrededor de un punto central; las versiones más comunes son: El Ichidomoe, de un solo remolino, el Futatsudomoe de dos remolinos entrelazados y el Mitsudomoe, de tres remolinos, que es la más común y la que se suele ver en los taikos. Se ven incluso versiones tomoe de cuatro comas, que recuerdan al lauburu vasco, y que suelen simbolizar deseos de prosperidad y salud.

El tomoe tiene orígenes muy antiguos, conectados con simbologías budistas y animistas. En la cultura japonesa, ha sido asociado con los movimientos cíclicos del agua, el viento, el fuego o el cielo; como reflejo de energías opuestas y complementarias, o como protección espiritual en templos sintoístas y objetos rituales. En el caso del mitsudomoe, se interpreta como la unión del cielo, la tierra y la humanidad, o también como conexión cuerpo-mente-espíritu.


Tomoe y taiko

El Tomoe en los taikos no solo cumple función decorativa, sino que refuerza el vínculo espiritual del tambor con la tradición y la energía ancestral. Indica un respeto a lo sagrado, reflejado históricamente en su uso en rituales religiosos, festivales matsuri, y ceremonias; grupos profesionales de taiko como Kodo lo utilizan como parte de su identidad visual.




Desde el punto de vista estrictamente musical, el diseño espiral del tomoe representa muy bien el flujo continuo, la rotación cíclica y la energía constante del taiko. Este paralelismo entre el movimiento visual del tomoe y el movimiento rítmico del taiko inspira a algunos intérpretes a ver su música como una danza circular de energía. Asi, los taikistas de Kodo o Taikoza giran sus cuerpos y se mueven en patrones circulares que reflejan ese movimiento en espiral del tomoe. Además, en algunos rituales y matsuris, se cree que el tomoe dibujado en el tambor protege al intérprete y potencia su espiritualidad sonora, reforzando el carácter sagrado o ritual del sonido y energía del taiko.

Por otra parte, la relación del tomoe con la experiencia chamánica es profunda, aunque algo velada por el paso del tiempo y la integración de este símbolo en el sintoísmo y otras tradiciones japonesas más formalizadas. Sabemos que antes de la consolidación del sintoísmo estatal y el budismo, Japón, como muchas otras culturas antiguas, tenía formas de espiritualidad marcadamente animistas. En esas tradiciones, los símbolos espirales o de movimiento circular como el tomoe, representaban el flujo de la energía espiritual, la del viento, del agua y del fuego, o la del movimiento del universo. El tomoe, con su forma espiral, podría representar el torbellino creador de la energía vital, algo muy presente en las visiones chamánicas de las distintas culturas del mundo.

Trance, tomoe y tambor. 
En las prácticas animistas, el tambor es uno de los instrumentos centrales y su ritmo repetitivo induce estados alterados de conciencia; el tomoe en el taiko tiene sus raíces en esta relación, ya que el sonido circular del tambor acompaña los viajes espirituales y la invocación de los espíritus. Funcionaría como un sello protector o canalizador de la energía espiritual que induce el taiko.

Algunos especialistas vinculan el tomoe con los kami del trueno y del viento, Raijin y Fūjin, ambos muy importantes en la cosmología japonesa. El trueno, asociado con el sonido del tambor, y el viento, con el movimiento del espíritu, refuerzan al tomoe como símbolo de potencias invisibles que pueden ser canalizadas a través de la música y el ritual. Es también conocido que en muchas culturas chamánicas, la espiral representa la transformación del alma, el camino hacia lo invisible, y el retorno al origen. El tomoe, especialmente en su forma triple o mitsudomoe, puede simbolizar el viaje del chamán, su vida, muerte y renacimiento, o las tres etapas del trance; la separación del cuerpo, el viaje espiritual y el retorno.

Por tanto, el tomoe es un símbolo profundamente conectado con las antiguas creencias japonesas sobre el movimiento del espíritu, la naturaleza cíclica del universo, y la mediación entre lo visible y lo invisible, y su uso en los tambores taiko podría tener, desde tiempos antiguos, un propósito espiritual, mucho más allá de lo artístico y lo ceremonial.

Miko, tomoe y chamanismo japonés

El tomoe, como símbolo de movimiento energético y espiritual, podemos ligarlo al rol chamánico de las sacerdotisas shintoistas miko. La danza kagura de las miko describe muchas veces movimientos circulares o en espiral, reflejando ese flujo del tomoe, y sus ropas ceremoniales también incorporan motivos circulares o remolinos, evocando el significado de este símbolo. El tomoe, que se integró desde el principio en el sintoísmo y la estética japonesa tiene, como se ha comentado, ese trasfondo arcaico y espiritual que representaría el flujo de la vida y la muerte, el viaje del alma y la conexión en movimiento de los mundos visibles e invisibles, humanos y espirituales.

En definitiva y en el ámbito de nuestro interés como taikistas, el uso del tomoe puede entenderse como una herencia simbólica de las prácticas chamánicas antiguas, un reflejo del papel del tambor japonés como puente entre lo físico y lo espiritual, y una reverencia simbólica hacia el poder del sonido como vehículo del espíritu.






REF:

"The Elements of Japanese Design" de John Dower
"The Catalpa Bow: A Study of Shamanistic Practices in Japan" de Carmen Blacker
"Taiko Boom: Japanese Drumming in Place and Motion" de Shawn Bender
"Questioning image of Japan as a miko country: representation of shamanism in ancient Japanese myths" de M. Shchepetunina

9/25/25

LEYENDA DE TSUGUKO Y EL TAIKO CELESTIAL

L
eyenda de Tsuguko.  Una crónica del antiguo Yamato


Miko shintoista.  Fot: DR Guylene Le Mignot


El santuario de Hinokuma

En los tiempos antiguos, cuando la corte de Heian dictaba los ritmos del mundo desde sus pabellones de oro y madera de ciprés, había en las colinas de Yamato un santuario llamado Hinokuma no Miya; un lugar envuelto en la niebla matutina y el silencio sagrado, consagrado a la gran diosa del sol, cuya luz era la fuente de toda vida y orden en el mundo. Este santuario apartado de la pompa de la capital, era guardado desde generaciones por los ujigami, kamis protectores y familias enteras que compartían con ellos un nombre de clan. Entre ellas, la más devota y antigua era la familia Kawakami que no era ni noble ni guerrera pero mantenía una devoción inquebrantable, y servía en Hinokuma como puente entre hombres y dioses, entre lo visible y lo invisible; también se decía que su sangre contenía la memoria de rituales ya olvidados por el mundo exterior.

En el antiguo "Nihon Shoki", una crónica más venerada que entendida, se menciona que el gran espejo de bronce de la leyenda de Amaterasu Ō-Mikami en la gruta sagrada, el que reflejó la luz que devolvió la esperanza al mundo, había sido consagrado en este santuario de Hinokuma. Y fue en esta tierra marcada por lo sagrado donde nació Tsuguko, la última hija del linaje Kawakami que fue consagrada como miko, monja y sirviente pura del santuario; en su vida, no conoció otro mundo fuera de los muros de piedra cubiertos de musgo, los caminos de grava blanca, y los Torii que se abrían como umbrales entre lo terrenal y lo eterno.

Creció escuchando los cantos de invocación que los sacerdotes recitaban al amanecer, y aprendiendo los gestos secretos de la danza kagura para el entretenimiento y apaciguamiento de los dioses. Allí le enseñaron a leer los cambios del musgo, a entender las pausas del canto de los cuervos, y a escuchar a los árboles como si fueran ancianos que recordasen el comienzo del mundo. Pero el mundo, incluso el sagrado, no permanece quieto y cuando el cielo comenzó a oscurecerse años más tarde en los tiempos sombríos, sería ella, la hija más joven del clan Kawakami, quien sería llamada a restaurar el equilibrio perdido.

El mensajero imperial

En el tercer año de la era, cuando el cielo se tornó gris por semanas y las cosechas fallaron, un silencio inquietante se apoderó de los campos y aldeas. Los ríos bajaban lentos y turbios, como si también ellos hubieran sido alcanzados por la melancolía del cielo. Se hablaba en corrillos de amenazas, de espíritus agraviados por el olvido, de antiguos pactos rotos por la indiferencia de los hombres.

Fue entonces cuando un emisario llegó desde la capital, enviado por orden del Emperador Ninmyō. Viajaba escoltado por monjes yamabushi y portaba un pergamino lacrado con el sello imperial; era un decreto de restauración espiritual, ordenando que en el santuario de Hinokuma se realizara un kagura no mai a sus kami protectores, y restablecer así la armonía entre el cielo y la tierra. Como ofrenda sagrada, el emperador había enviado un taiko ceremonial forjado en los talleres del venerable templo Tōdai-ji. Un tambor inmenso con herrajes de oro bruñido y su piel tensada y claveteada con precisión ritual en tonos de añil profundo, como las sombras del crepúsculo sobre el mar. Se decía que el primer golpe que le dieron los monjes de Nara, había hecho temblar los cerezos aún dormidos por el invierno. Su eco era capaz de despertar incluso a los kami más antiguos, aquellos que dormían en las raíces de los cedros o en lo profundo de los estanques olvidados.

Los aldeanos, temerosos pero siempre reverentes, se reunieron en un claro del santuario, allí donde las grullas detenían su migración. Las miko, vestidas con sus mantos blancos y cintas carmesí, iniciaron la danza bajo la lluvia tenue. Y cuando el gran taiko retumbó por primera vez en Hinokuma, un viento repentino barrió las hojas secas del otoño, como si el bosque mismo se inclinara ante el sonido. Nadie dudó entonces que los dioses estaban escuchando.


Santuario de Hinokuma, en Wakayama

9/22/25

UN RELATO DE ITAKOS. SUSURRO DE ESPIRITUS

E
n las frías montañas de Aomori al norte de Japon, donde la niebla se enrosca sigilosa como la serpiente entre los árboles, vivía Hanae, muy reconocida en su aldea como anciana itako, la médium o shaman; una de esas mujeres misteriosas capaces de contactar con los muertos, guiadas por las voces que, a pesar de su ceguera, pueden escuchar. Este don especial se lo transmitió su abuela, también itako, que siguiendo la tradición la había entrenado y tutelado, junto a muchos y largos silencios y la fría naturaleza de la región.

Allí, cerca de la aldea, se hallaba un lugar singular; la llamada cueva de los espíritus, 
una pequeña formación rocosa donde el viento se filtraba como un susurro lejano, y donde Hanae y su abuela habían pasado muchas horas en la oscuridad y el silencio de la gruta, aprendiendo a escuchar las voces de aquellos que ya no caminaban sobre la tierra, pero que seguían intentando comunicarse con los humanos, sobretodo familiares y allegados.



Itako ciega de Aomori iniciando la ceremonia del kuchiyose o diálogo con los muertos


Pues bien, una tarde de invierno una joven muchacha llamada Yuki llegó desesperada al umbral de la casa de Hanae. Había perdido a su hermano en un accidente, y aunque encontraron el cuerpo, su alma parecía haberse quedado atrapada entre los dos mundos, según sentía y relataba Yuki. Y nadie en la aldea sabía cómo ayudarla.

Yuki pidió a Hanae que la ayudara. La itako la observó en silencio, notando una gran ansiedad en sus ojos. Aceptó el encargo, pero le advirtió que el camino hacia el otro lado era incierto y peligroso. Para llegar a  contactar con su hermano, Hanae tendría que sumergirse en un trance profundo, donde las voces de los espíritus se entrelazan con su propia mente:

“El camino hacia el otro lado no es claro ni seguro, mi niña. Es un sendero donde la razón se desvanece y solo la voluntad de los espíritus nos guía. Prepárate, porque lo que verás y escucharás podría no ser lo que esperas.”

Esa misma noche, con el cielo iluminado por la luna llena, Hanae comenzó el rito del Kuchiyose; se sentó en su altar junto al taiko ceremonial, cubrió su rostro con una tela blanca, y comenzó a entonar cantos ancestrales mientras hacia sonar entre las manos su juzu o rosario de cuentas.

El viento susurraba a través de las rendijas de la casa, y los ojos de Hanae se cerraban en un sueño profundo y casi fuera del tiempo; el mundo exterior se desvaneció, y la itako se entregó por completo a las voces circundantes. La sala se llenó de una inquietante paz y, de repente, una figura comenzó a formarse en la mente de la itako. Era el hermano de Yuki, vestido con las mismas ropas del accidente; sus ojos, llenos de tristeza, miraban a Hanae desde otro lugar del tiempo y el espacio:

"¿Por qué no puedo irme?" preguntó su espíritu con voz temblorosa. "Estoy perdido, atrapado entre los mundos. No puedo encontrar la paz."

Hanae, con una voz suave pero firme, le respondió:

"Tu hermana te busca, te llama. Solo cuando aceptes tu partida, tu mismo y tu hermana podréis encontrar la paz. El río de la vida ya no te pertenece, hermano perdido"

El espíritu vaciló unos instantes, y luego, con una mirada triste, asintió:

"Haré lo que Yuki necesita."

Al abrir los ojos, Hanae regresó lentamente a la realidad, sintiendo la frialdad del aire a su alrededor y la tela blanca aún sobre su rostro. El silencio en la habitación era profundo, aunque no vacío. Yuki, de pie en una esquina, observaba sin decir palabra, como si hubiera sentido la transformación que acababa de ocurrir. La pesada tristeza que la había consumido por semanas comenzaba a desvanecerse, como la niebla al amanecer. La itako, agotada por la experiencia, susurró:

"Tu hermano ha encontrado al fin su camino. Ahora, es tu turno de dejarlo ir."

Con lágrimas en los ojos, Yuki agradeció a la anciana su esfuerzo, sabiendo que, aunque nunca podría olvidar a su hermano, ahora podría recordarle con paz. El espíritu había partido, y con ella, una gran parte de su dolor. 

Llegaban ya las primeras luces del amanecer y en el aire, solo quedaba el eco del último susurro de aquella querida y extraña presencia, una suave despedida que marcaba el fin de un capítulo y el inicio de otro.


Juzu, rosario de cuentas




Ref:
Film "Kaidan", de Masaki Kobayashi
Anime "Natsume Yuujinchou" de Yuki Midorikawa





9/11/25

TAIKO Y ESPIRITUALIDAD

T
raigo hoy aquí algunas reflexiones que recogen una visión del taiko que ha ido madurando en distintas escuelas y maestros como Den Tagayasu, Eitetsu Hayashi y Seiichi Tanaka, o grupos como Ondekoza y Kodo, y que muestran el taiko no solo como expresión musical, sino esencialmente como una disciplina y un puente de conexión con lo espiritual.





Meditación en movimiento

Tocar el taiko no consiste únicamente en golpear un tambor. Para muchas escuelas, tanto tradicionales como modernas, es una práctica integral que combina lo físico, lo mental y lo espiritual. Podríamos compararlo con el budō, el camino del guerrero en las artes marciales: un arte que exige alinear cuerpo, respiración y espíritu.

Esto requiere en lo personal:

Control del cuerpo y la respiración.
Gestión de las emociones.
Estabilidad mental y concentración.
Empatía y sincronización con quienes nos rodean. 
Reflexión e introspección constante.

Y en lo grupal:

Respeto mutuo. 
entrega desinteresada.
Disciplina compartida.
Apoyo y cooperación entre compañeros.

Así, el taiko se convierte en una meditación activa, donde el ego se disuelve y solo queda el ritmo y el presente. Se busca el estado de mushin, o mente vacía, donde la energía fluye libremente y sin obstáculos.



El sonido como energía espiritual

El sonido del taiko no solo se escucha: se siente. Su vibración profunda y envolvente funciona como un mantra hipnótico, cargado de simbolismo y ritualidad.

Golpear el tambor repetidamente puede llevar a estados de concentración y trance, ayudando a salir de la rutina diaria y conectar con un plano más espiritual. En ceremonias y rituales, el taiko marca transiciones, el inicio o fin de una meditación, el paso de lo profano a lo sagrado, o el cambio entre distintos momentos rituales. Es, en definitiva, un puente sonoro hacia otra dimensión de conciencia.



Comunidad y conexión

El taiko es también profundamente comunitario. Más allá de la técnica individual y el lucimiento, su esencia está mas bien en la unidad del grupo; todos los integrantes respirando al mismo ritmo, moviéndose con la misma intención, y haciendo resonar los tambores como un solo corazón compartido.

Este principio refleja el wa, la armonía colectiva tan apreciada en la cultura japonesa. Cada golpe deja de ser un gesto aislado para convertirse en parte de un flujo sonoro común. La sincronización genera una energía compartida: cuerpos latiendo al unísono, voces que refuerzan la fuerza vital, y tambores que envuelven a todos en una misma vibración.

Así, el taiko se transforma en un ritual de conexión, donde el sonido no solo comunica, sino que une. Cada participante encuentra su lugar dentro de un todo mayor, experimentando la música como un espacio espiritual compartido.




7/22/25

DE LAS RAICES CHAMÁNICAS DEL TAIKO JAPONÉS

A
bordamos en esta entrada algunas singularidades antropológicas de Japón que vinculan la percusión tradicional y el taiko en particular, con su origen ancestral y con la pervivencia popular de creencias animistas y mágicas en sus gentes y territorios.

Sabemos que el taiko, en su forma actual, fue introducido desde el continente asiático junto con el budismo hacia el siglo VI, integrándose rápidamente en los ritos religiosos tanto del budismo como del shintoísmo local. También se incorporó a festivales populares, desarrollando con el tiempo una personalidad propia, profundamente característica de la cultura musical japonesa.

Desde su raíz shintoísta, el uso del taiko se ha vinculado estrechamente con rituales que honran a los espíritus de la naturaleza, los kami. En muchas festividades y matsuri, el taiko actúa como saludo a las deidades y como medio de limpieza espiritual de los espacios sagrados, abriendo canales de conexión con lo divino. Para el shintoísmo, el sonido del tambor lleva unido un poder espiritual; sus ritmos son considerados ecos de la naturaleza y representan la voz misma de los kami. Así, el taiko marca habitualmente el inicio de las ceremonias en templos y santuarios, creando un puente entre el mundo humano y el espiritual.

Sin embargo, en su dimensión más espiritual, el taiko remite también a manifestaciones anteriores a las religiones institucionales de Japón, y se conecta con un pasado animista y chamánico, profundamente enraizado en sus prácticas de invocación, sanación y purificación. Dentro de ese chamanismo japonés, como también ocurre en otros contextos culturales y territorios, el tambor opera en dos niveles fundamentales: la energía y el ritmo, canales ancestrales de comunicación con lo espiritual. En los rituales chamánicos, se emplea para invocar, proteger, purificar o sanar y el sonido vibrante del taiko funciona como herramienta de mediación entre el mundo físico y el espiritual, facilitando trances y estados de conciencia alterados en los que la intención humana se alinea, en su creencia, con la energía cósmica.

Describiremos algunas dimensiones (y actores) de esta relación:



Como herramienta de invocación de los espíritus kami.

Los taikos tradicionales no son solo instrumentos musicales, sino también vehículos espirituales. En ceremonias shintoístas, el ritmo repetitivo del tambor sirve para convocar a los kami, que según el imaginario japonés habitan en la naturaleza o en sus elementos.

Particularmente en zonas rurales y en prácticas vinculadas a las Miko de templos y santuarios -las sacerdotisas shintoístas-, los taikos se utilizan para invocar espíritus, purificar espacios y proteger a la comunidad de influencias negativas. El sonido del tambor establece una vibración que despierta la presencia divina y conecta el plano humano con el espiritual. En concreto, las Kuchiyose Miko actúan como médiums de los espíritus, hablando en nombre de los difuntos y aún pueden encontrarse en algunas zonas, sobre todo en el noreste de Japón.


Mikos shintoistas, danza Kagura y Chieko Kojima.    Fot: Royumi-world.com & sophoco


Las miko representan una antigua forma femenina de mediación espiritual, relacionada con el chamanismo prebudista y el culto a los kami. Sus prácticas incluían el trance y la posesión espiritual -kamigakari-, actuando como médiums transmisores de los mensajes divinos a la comunidad.

Una de sus expresiones más conocidas es la danza ritual Kagura, cuyo significado literal es “entretenimiento de los dioses”. Esta danza sagrada, ejecutada por una miko, busca invocar a los kami y, en ocasiones, facilitar la posesión espiritual. Se divide en dos partes: una fase ritual que prepara el espacio y otra escénica, que entretiene tanto a los dioses como al público. Aunque muchas representaciones actuales han perdido su carácter ritual y espiritual, en el pasado estas danzas eran centrales en festividades religiosas.

El acompañamiento musical del Kagura incluye suzu (cascabeles) y taikos tocados por monjes, así como otros objetos rituales como los gohei (bastones con tiras de papel), o los espejos kagami, que refuerzan la conexión con el plano espiritual. El Tamafuri -sacudiendo el espíritu- es la práctica en la que las miko agitan el gohei para invocar a los kami y las energías espirituales positivas, y el Chinkon es el ritual de pacificación de los espíritus en el que las miko realizan movimientos específicos y cánticos para calmar su inquietud y atraer la paz; éste es, en origen, un ritual para asegurar y fortalecer o rejuvenecer el alma de una persona moribunda. 

Quiero recordar aquí a la gran Chieko Kojima que nos ha visitado varias veces en Zaragoza, desarrollando junto al dúo Tomorō, magníficos conciertos y masterclass para nuestro grupo Kamidaiko. Muchas de sus coreografías y performances incorporan los gestos fluidos y postura ritual, el vestuario ceremonial y la narrativa mitológica propios de las Miko del Kagura, aunque reinterpretado en lenguaje contemporáneo.

Pero más allá del Kagura, muchas danzas tradicionales vinculadas al taiko poseen claras raíces chamánicas. Especialmente en el contexto de los matsuri o rituales agrícolas, los movimientos coreográficos que acompañan al tambor convierten al cuerpo humano en un canal de energía espiritual. En estas ocasiones, el tambor no solo tiene una función musical, sino que regula el flujo de las energías físicas y espirituales.



En los ritos de purificación.

En ceremonias shintoístas y festividades populares, el taiko se emplea habitualmente en rituales de purificación. Durante los matsuri, además de su valor musical, su sonido sirve para expulsar espíritus malignos, eliminar energías negativas y crear una atmósfera propicia para la comunión con lo divino.

Este uso se asemeja a otras prácticas chamánicas presentes en muchas culturas, donde la música y la percusión actúan como vehículos para restaurar el equilibrio espiritual. Los ritmos del taiko purifican el espacio energético y facilitan la sanación o la comunicación espiritual. Su sonido puro y rítmico expulsa las energías negativas, ahuyenta los espíritus malignos, limpia espacios rituales, concentra la energía espiritual del/la chamán, e invoca a los espíritus ancestrales y deidades benévolas.


Las Itako de Aomori en ceremonial de Kuchiyose.     Fot: Henry Johnson


Durante el festival de las Itako en el monte Osore, al norte de Honshū, dedicado especialmente a los muertos familiares y la conexión con los antepasados, hay procesiones y ceremonias donde a menudo se escucha el taiko tocado por monjes o asistentes al festival, y acompaña algunas fases públicas de los rituales, especialmente las de apertura o cierre, donde se purifica el recinto entero o se llama la atención de los ancestros.

Las Itako, médiums ciegas de la prefectura de Aomori, representan una tradición espiritual japonesa fuertemente asociada al trance y la comunicación con los muertos -ceremonia del kuchiyose-. En sus rituales utilizan diversos instrumentos de percusión como suzu, pequeños tambores chamánicos, tsuzumi (taikos de hombro) o simples tablillas (hyoshigi). Estos elementos son esenciales para inducir el trance y facilitar el kamigakari o posesión. 

 

Itako ciega tocando el Azusa Yumi (Arco de Catalpa) en el ritual del Kuchiyose


Su ritual típico incluye:

- Toques iniciales de campanillas y pequeños tambores.
- Invocación: a través de cantos y percusión rítmica (con azusa yumi / música de los dioses).
- Trance: sostenido por el ritmo acelerado.
- Purificación final: mediante golpes de tambor y sal esparcida en círculo.



11/22/24

舞踏, BUTŌ, BUTOH

 

EXPO 👉 "MAS ALLÁ DE LOS LIMITES"

20 ANIVERS.  ASOCIACION CULTURAL ARAGON-JAPON

DANZA BUTOH        👉       👈       TAIKO


Huguette Sidoine 

Gonzalo Catalinas

Kamidaiko


CENTRO JOAQUIN RONCAL       👆       16 NOVIEMBRE






* * *



Nueva fusión butoh-taiko en el 20 aniversario de Aragon-Japon y, de nuevo, una experiencia emocionante y creativa, porque el butoh va mas allá de las convenciones en la danza, y nos invita a la exploración de preguntas eternas sobre la vida y la muerte, la desesperación o lo absurdo de la experiencia humana. Además, podemos reconocer fácilmente ciertos elementos clave de su expresión visual, como el desnudo y el blanco, los movimientos lentos y controlados al extremo y, por supuesto, la dimensión emocional y la improvisación.

Aunque su origen es profundamente japonés, como respuesta cultural especifica de postguerra, sus temas humanos poseen atracción universal. Su carácter revolucionario radica en la manera en que aborda lo existencial: despoja la danza de barreras narrativas y rechaza la belleza convencional, invitando al espectador a confrontarse con sentimientos intensos y, a menudo, incómodos.













Huguette, Gonzalo, Daniel, Albert y Kumiko en la performance inaugural








11/04/24

TAIKO EN EL BUTOH

U

n profundo momento de espiritualidad marcó nuestro último ensayo. Huguette Sidoine y Gonzalo Catalinas, profesores de danza en Zaragoza, visitaron nuestro "Dōjō" en el CC Delicias para explorar la posibilidad del encuentro entre los taikos de Kamidaiko y su danza Butoh, que tendrá lugar el 16 de noviembre en la presentación de la expo "Arte más allá de los límites" en el Centro Joaquin Roncal.


Gonzalo y Huguette.  Fot: Polina Aleshkin y Pepe Matute


Tanto el taiko moderno como el Butoh son expresiones artísticas japonesas que emergieron tras la Segunda Guerra Mundial. De la rabia y el horror provocados por las imágenes de Hirosima nació el Butoh, la danza de la oscuridad, impulsado por los bailarines Ohno Kazuo y Hijikata Tatsumi que desarrollaron la base técnica para representar esas imágenes y la intensidad de los sentimientos que evocaban.

Con movimientos lentos, improvisados y profundamente expresivos, el Butoh desafía las convenciones y juega con lo grotesco, lo tabú, lo extremo y lo absurdo. Además, aborda cuestiones fundamentales de la existencia humana, intentando responder a la eterna pregunta de quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo.

La danza en sí misma es una manifestación de esta búsqueda, ya que la improvisación es aquí esencial. Los intérpretes deben permitir que su cuerpo hable y se exprese libremente. Por ello, es común que en este estilo de danza no haya decorados ni vestuarios establecidos; frecuentemente, los bailarines actúan desnudos o pintados de blanco, y muchas veces el enfoque es puramente conceptual y minimalista. 

Ya habíamos tenido en ocasiones anteriores la experiencia de la fusión butoh-taiko, y siempre ha resultado muy satisfactoria para participantes y publico, por la atmósfera y emoción generadas en el espectáculo.  


Lectura de haikus con Butoh, Taiko, Shakuhachi y Koto


En este ensayo, nuestro grupo acompañó la evolución de las voces, movimientos y estados de trance escénico de los danzantes Huguette y Gonzalo con tambores hiradaiko y oke-daiko, así como las claves de madera hyosighi, con una muy positiva improvisación y resultado.  

Kumiko hizo el video que se adjunta:



Gonzalo y Huguette en el ensayo del CC Delicias

6/25/24

CHIEKO, DANZA KAGURA Y CHAMANISMO

R

ecientemente hemos podido disfrutar de las performances danza-taiko que nos ha brindado en Zaragoza la excepcional Chieko Kojima. En ellas, Kojima desarrolla interpretaciones innovadoras de las danzas del repertorio clásico japonés, como el Nihon Buyo y el Kagura, asociadas al teatro kabuki y a las danzas rituales del shintoismo. En esta entrada me gustaría profundizar un poco más en el origen y contexto ancestral de la segunda, el Kagura, y su vinculación al primitivo chamanismo japonés.


Chieko Kojima reinterpretando danzas rituales


El Kagura es una forma de danza ritual del sintoísmo que literalmente significa "entretenimiento de los dioses", y se realiza para honrar a las deidades sintoístas -Kami-, invocar su presencia y asegurar su favor y protección. Estas danzas son una forma de comunicación y veneración hacia esos espíritus de la naturaleza y hacia los ancestros.

Los bailarines del Kagura actúan como mediadores entre lo humano y lo divino, similar al rol que han desempeñado los chamanes en muchas otras culturas y territorios; así, en ciertos rituales, los bailarines/as pueden ser poseídos temporalmente por las fuerzas espirituales. El Kagura emplea máscaras, vestimentas especiales y objetos rituales que tienen carácter simbólico y un profundo significado espiritual, desempeñando un importante papel en la cohesión de las comunidades japonesas, especialmente en las festividades y ceremonias agrícolas, al transmitir y preservar su tradición e identidad cultural.

5/10/24

DE LOS RITMOS CHAMÁNICOS DE PERCUSIÓN


Chamanes prehistoricos
Chamán zoomorfo de la gruta de Trois Freres -Francia- (13000 años)
y Dogu Jomon -Japón- (4000 años) utilizado en ritos chamánicos

E
l tambor chamánico es un instrumento ancestral utilizado en las diversas culturas indígenas de todo el mundo para propósitos ceremoniales, curativos y rituales. Los ritmos que se tocan en el tambor chamánico varían según el territorio cultural específico y el propósito de la ceremonia o del viaje chamánico. 

Hay, sin embargo, ritmos comunes a muchas tradiciones chamánicas; uno de los básicos y fundamentales es el ritmo repetitivo y constante, que se usa para inducir estados de trance o acompañar prácticas de sanación; por ejemplo, el llamado ritmo del Fuego, en el que todos los golpes se dan en el centro del tambor a un pulso constante. Además de éste, existen otros ritmos más complejos utilizados para propósitos específicos; así, algunos ritmos pueden imitar el galope de un caballo, el vuelo de un pájaro o el flujo de un río. Estos ritmos pueden ayudar al chamán y a los participantes en su conexión con la naturaleza y con los espíritus animales o totémicos.

4/27/24

YUTA Y NORO, DE LAS ISLAS RYUKYU Y OKINAWA



Yuta y Noro de Okinawa.  Fot:  Chris Willson. Okinawa. Japan Chris@TRAVEL67.com  

E
l archipiélago de las Ryûkyû, de clima subtropical, está situado al suroeste de Japón en la actual Provincia de Okinawa, en pleno Mar de China del Pacífico. 

Desde un punto de vista cultural, Okinawa tenía tradiciones mitológicas y religiosas diferentes a las del resto de Japón. Originalmente, las islas Ryûkyû constituían una sociedad matriarcal y las sacerdotisas y chamanes, llamadas “Noro” y “Yuta” practicaban los ritos religiosos relacionados con muchos aspectos de la vida y la muerte. Aún hoy en día, son ellas las que se ocupan de las fiestas religiosas. 

4/26/24

HABLEMOS DE LOS AINU (I)

 

AINU   fotografías: ©Michele y Tom Grimm/Alamy


AINUS

Las poblaciones japonesas derivan genéticamente de la doble ascendencia de los cazadores-recolectores-pescadores indígenas Jomon, que habitaron el archipiélago japonés desde entre 16.000 y 3.000 años atrás y, posteriormente, de los agricultores Yayoi que emigraron desde el continente asiático y vivieron en Japón desde aproximadamente el año 900 aec. hasta el 300 dec. Estas confluencias, movimientos y amalgamas genéticas conforman la población yamato dominante en el Japón contemporáneo. 

Por otra parte, hasta hace unos 15.000 años, antes del final del último periodo glaciar, podía llegarse a Japón caminando desde el continente asiático por tres grandes lenguas de hielo que después quedaron bajo el mar. Pues bien, hace unos 14.000 años, pueblos del noreste asiático llegaron también a Japón a través de la entonces única entrada abierta, la del norte, que tardó en ser utilizada debido a que esa zona tuvo temperaturas demasiado bajas hasta ese momento; son los antepasados de la minoría étnica Ainu. Son, por tanto, un pueblo indígena japonés que genéticamente procede de prehistóricas emigraciones caucásicas y que se concentran hoy, ya muy mestizados, en la isla de Hokkaido y en los territorios rusos de islas Kuriles, Kamchatka y Sakhalin. Sus características físicas, cultura y lengua son, no obstante, diferentes a las de los yamato; es decir, al resto de Japón. 

4/24/24

LAS ITAKO DE AOMORI II


Itako: Kuchiyose


El tránsito de la muerte y el monte Osore

Osorezan, volcán activo en la prefectura de Aomori al norte de Honshu, es uno de los montes sagrados de Japón por considerarlo la entrada al inframundo; según la tradición, la última parada del alma de los muertos en su camino al más allá. Para el shintoismo, antes de alcanzar la naturaleza divina, los espíritus habitan dentro de las montañas y regresan a casa por Año Nuevo, el Obon y los equinoccios. Y según el budismo japonés, cuando morimos debemos cruzar el río Sanzu para entrar en la otra vida. Este paso al más allá es el estrecho arroyo que conduce del Osorezan al lago Usori; de hecho, hay 3 pasos sobre el río, de menor a mayor dificultad, que se asignan según la calidad moral de la vida llevada por el difunto.

Bodaiji es un templo budista del siglo IX -el templo donde acuden los muertos-, y la atracción principal en la zona, a los pies del Osorezan. Está construido alrededor de piscinas de agua sulfúrica burbujeante y caliente y el templo permite a los visitantes utilizar su onsen de aguas termales. Cerca del templo se encuentra el puente rojo sobre el rio Sanzu que, en la tradición, marca la separación entre los mundos físico y espiritual. Este es el escenario ritual de las itako o mujeres-chamán ciegas, muy abundantes en el pasado y muy reducidas y envejecidas hoy, que afirmaban ser capaces de comunicarse con los muertos en el rito del kuchiyose.

Las itako visten el kimono blanco de iniciación y consagración a su kami, el tubo de bambú idaiji a la espalda (de acreditación de su aprendizaje) y el rosario de cuentas -irataka juzu- heredados de su maestra y mentora. Su iniciación implica un largo ayuno a la intemperie invernal y la aceptación final por el consejo de las Itako. No utilizan drogas ni otras sustancias para inducir el trance; lo hacen sobretodo mediante el canto que también tiene un efecto psicológico en los oyentes. Es la ruta que utilizan para viajar a otros mundos, el pasadizo por el cual el espíritu desciende al mundo humano y regresa al mundo espiritual. Es el “lugar” donde ser humano y espíritu pueden entablar conversación. 

Las cuentas del irataka llevan colmillos de jabalí y trozos de cuerno de ciervo a modo de talismán -animales de poder-, así como monedas antiguas para costear la barca que cruza el río Sanzu para acceder al más allá. Las canciones o salmos de estas médiums chamánicas se acompañan con la percusión del roce rítmico del irataka, el taiko, el bastón de campanitas -suzu- o el arco de catalpa -azusa yumi-.

Su ritual más conocido se concentra en los días del festival anual de Bodaiji, del 22 al 24 de julio. Desafortunadamente, los cantos y sutras de las itako pronto desaparecerán: no hay ya sucesoras que aprendan el arte del kuchiyose.


Ref: Shinohara Tadashi https://www.nippon.com/es/japan-topics/g02228/
y   https://jbpress.ismedia.jp/articles/-/69379

4/23/24

LAS ITAKO DE AOMORI


Itakos de Aomori:    https://mtditako.net/blog/index.php/2021/02/24/20210224_2/


Kuchiyose y Oshirasama

Encuadrables en el chamanismo japonés (junto a las Miko, Yamabushis, Ainus de Hokkaidō, o Noros de Okinawa) por su capacidad de contactar con el mundo de los espíritus, la veneración a la naturaleza y el culto a los antepasados, a través del trance provocado por el canto y, en menor medida, por la percusión. En el pasado, las itako eran consideradas como guardianas de los caminos espirituales y respetadas y reverenciadas por la sociedad japonesa. Durante el periodo Edo (1603-1868) adquirieron gran popularidad y viajaban de pueblo en pueblo ofreciendo sus servicios como videntes, brindando consuelo espiritual a las personas que buscaban respuesta o consejo. Su habilidad para comunicarse con los espíritus les otorgaba un estatus especial.

Su ceremonia y ritual más importante es el Kuchiyose, o invocación al espíritu del antepasado, literalmente para “prestarle la boca”, frotando el juzu y cantando salmos rituales. Durante los tres días de octubre del festival Osorezan en el templo de Bodaiji, las Itako acuden a practicar el kuchiyose con el público que las espera. Después de orar en el templo al inicio del día, bajo el rítmico sonido de un hiradaiko colgante ejecutado por un monje de Bodaiji, las itako se desplazan a la explanada de las tiendas instaladas para atender a su clientela. Regresan cada Obon anual al “monte Osore de los antepasados”. 

Un segundo ritual de las itako, menos extendido, es el Oshirasama asobase que consiste en “despertar” a los kami, manejando los muñecos oshirasama que se veneran en enero en muchas casas japonesas. Este es un ritual muy peculiar que entronca claramente con su primitivo origen chamánico. La itako ciega usa dos palos de madera de unos 30 cms, adornados con telas brillantes increíbles (palos de oración que también usan los Ainu) y que se supone representan a una chica legendaria y a su caballo. El oshira-saimon, es la canción ritual que la itako canta, mientras baila y agita a las muñecas.

La canción cuenta la curiosa historia de Tamaya-gozen y su caballo Sedankurige; todos los días Tamaya-gozen cuidaba del caballo, hasta que finalmente niña y caballo se enamoraron el uno del otro. Este amor secreto hace enfermar al caballo y el padre de Tamaya-gozen llama a los adivinos para averiguar la fuente del problema, y cuando se entera, lleno de rabia, mata al caballo y lo despelleja. Tamaya-gozen, devastada por el dolor, reza frente a su piel pero, de repente, ésta envuelve a la niña y vuela al cielo con ella. En ese momento, desde el cielo cae una lluvia de insectos blancos y negros sobre una morera que comienzan a comer sus hojas (son los primeros gusanos de seda y, la familia de Tamaya-gozen, primera productora y comerciante de seda en la tierra).


Ref: Shinohara Tadashi https://www.nippon.com/es/japan-topics/g02228/
Ref: Tadashi Shinohara https://jbpress.ismedia.jp/articles/-/69379

4/21/24

VESTIGIOS DE CHAMANISMO EN JAPÓN





A
bordamos este tema por su vinculación histórica y cultural con la evolución del taiko japonés. La mayor parte de investigadores y especialistas señalan que las características esenciales del shinto (culto a la naturaleza, comunicación con antepasados, o ciertas formas de ritualidad como el Kagura) son reflejo de una religiosidad previa de naturaleza chamánica. 


Aun hoy existen todavía algunas figuras de origen chamánico más o menos activas en Japón:

Las Itako de la provincia de Aomori, que son médiums ciegas especializadas en posesión oracular (el Kami o el antepasado hablan a través de ellas) por medio de la ceremonia de Kuchiyose. También en este bloque entrarían las Miko, sacerdotisas y médiums de los santuarios del Shinto oficial, que estaban especializadas en danzas rituales de posesión, pero que han ido perdiendo esa función a favor de una actual a caballo entre las relaciones públicas y las guías turísticas de los santuarios. 

Las candidatas  a Miko iniciaban el entrenamiento entre los 7 y los 15 años. Eran enviadas a diversos santuarios sintoístas y se convertían en candidatas a Kagura Miko. Tras graduarse, pasaban a ser Hachijo Mai Komori no Kagura Miko. Unas 20 niñas eran asignadas a un maestro y aprendian kagura,  kuchiyose, y hasta ventiseis artes especiales; entre ellas adivinación de cuentas, invocaciones, devociones sobre las almas de los muertos, adivinación de deidades, etc.