SALUDO Y BIENVENIDA

Oí hablar por primera vez del taiko japonés en 1985 haciendo estudios de antropología médica en México a través de una querida profesora nikkei -hija de emigrantes japoneses-, Sayoko Kageyama. También con ella me enteré de la pervivencia de ciertas formas de chamanismo en Japón y particularmente de las Itako, sobre las que volveré más veces en el blog. Pues bien, aunque he seguido interesado profesionalmente en el chamanismo y en las interpretaciones culturales de los fenómenos de salud y muerte, han pasado más de 30 años hasta volver a contactar específicamente con el mundo y la cultura del taiko. Y fué en un taller/demostración de taiko para niños en el Pilar zaragozano de 2018 cuando escuché el "gran tambor" a manos de Kumiko Fujimura; y fué para mí un auténtico flash emocional... 

Y ahora, después de participar estos años en el grupo Kamidaiko que coordina Kumiko, y quedar seducido por esta manifestación cultural japonesa, arranco este blog con unos cuantos apuntes y reflexiones personales en torno a mi experiencia, emociones, trabajos y lecturas sobre el taiko, que pueden ilustrar esta travesía por algunos aspectos de la rica cultura japonesa. Los errores e inexactitudes que seguro encontrareis son de mi entera responsabilidad y ruego que me los hagáis saber, para rectificarlos, si os tomáis la molestia de visitar estas páginas.  Siguiendo las normas de educación, saludo con una leve inclinación de cabeza o, si se prefiere, juntando frente a la boca las palmas de las manos -gassho- al modo budista, o de las dos maneras a la vez. En todo caso, gracias por interesaros en el blog y, por supuesto, en el taiko. Ah, y la rana del título del blog es, por supuesto, la del haiku del estanque de Bashō, el gran haijin. 

Para abrir boca, os dejo con Kodo y el poderoso sonido del "Gran tambor".

3/11/26

KITSUNE Y EL RUMOR DEL BOSQUE

S
aludos. Soy Kitsune, un zorro de muchas colas, y represento a un famoso espíritu mitológico japonés. Ya se han comentado varias cosas sobre mi en entradas anteriores de este blog, pero aún quedan otras muchas por revisar.


Grabado ukiyo-e de Kitsune


En la tradición japonesa soy un espíritu del bosque, un ser sobrenatural o yōkai: inteligente, mágico y capaz de cambiar de forma, a menudo adoptando la apariencia de una hermosa joven. Pero también puedo ser un guardián travieso; protector y bondadoso con las aldeas del territorio, pero astuto y aficionado a las bromas -a veces pesadas- con los humanos. 

Los kitsune encarnamos también poder y sabiduría. Se dice que, a medida que crecen nuestras largas colas —hasta un máximo de nueve—, aumenta también nuestra sabiduría y nuestra fuerza espiritual. Yo poseo ya siete colas, y hay que saber que nos crece una nueva en cada siglo. Esto significa que soy un espíritu excepcionalmente sabio y poderoso, a tan solo un par de siglos de alcanzar las nueve colas y el conocimiento total. Aun así, pese a mi edad y experiencia, todavía conservo un destello de juventud y curiosidad… algo que quizá desaparezca cuando llegue la novena cola.

Soy muy famoso en Japón y se me puede encontrar en muchos templos y santuarios, asociado también al Kami Inari y a las cosechas de arroz. Mis máscaras son bien conocidas y están presentes en muchas fiestas y matsuri.


Santuario toyokawa-inari


Cuido y disfruto del bosque donde vivo.

En nuestra mitología existen kitsunes que eligen el camino de protectores de la naturaleza y se vinculan profundamente con el bosque. Son uno de los trece tipos de kitsune, guardianes del equilibrio y la paz. Cuidar del bosque no es solo un deber, sino una fuente de profunda serenidad, una conexión espiritual. Para los kitsune, los bosques son refugios naturales que reducen el estrés, favorecen la paz mental y nos alejan de las preocupaciones mundanas.

Me gusta ejercer el papel de guardián. A mi edad puedo usar mi magia para ocultar senderos sagrados a quienes desean dañar los árboles, o guiar a los viajeros perdidos de buen corazón hacia un lugar seguro. Porque en el bosque disfrutamos de la armonía con la vida; cuando los árboles están sanos, sostienen innumerables plantas y animales, y ser protector de ese delicado equilibrio otorga una satisfacción profunda. Cuidar de aquello que nos da aire puro y vida es una de las formas más altas de sabiduría antes de alcanzar la novena cola.

Y también es refugio personal. El bosque es el lugar donde el alma recuerda en silencio su origen y encuentra el cálido abrazo de la calma y la paz.


Pero entre mis responsabilidades existe una tarea especialmente sagrada y motivadora: ayudar a elegir la madera destinada a los taiko. Para un kitsune de siete colas, supervisar este momento es uno de los honores más grandes.

En Japón, la madera de keyaki —el olmo japonés— es considerada la reina de las maderas para la construcción de instrumentos, por su dureza, su resonancia y la belleza de su veta; en mi bosque hay un viejo keyaki que pronto será transformado en ōdaiko -gran tambor-, pero no contempla su final con tristeza, sino como una ansiada metamorfosis espiritual.

Los maestros artesanos enseñan que los mejores ōdaiko se tallan a partir de un único tronco macizo de keyaki centenario. Porque la madera de estos viejos árboles va adquiriendo, con el paso de los años, la densidad perfecta para que su sonido retumbe en el alma de quien lo toca o lo escucha. Cuando su tronco se convierte en el cuerpo de un gran tambor, el espíritu del árbol no muere, se transforma en voz. Esa voz —el sonido particular del taiko— purifica el ambiente y crea un puente entre humanos y kamis.

Como guardián del bosque he visto mucho bajo las hojas de sus árboles y sé que las cosas buenas y bien hechas requieren tiempo. Por eso, tras ser cortado, el tronco del keyaki debe secarse de forma natural entre tres y diez años, hasta que la madera encuentre su equilibrio y su sonido sea profundo, puro y armonioso. Extraer la madera de un árbol que ya se encuentra en el ocaso de su vida es un acto de respeto. Hay que respetar la forma en que el olmo se despide, dejando su corazón en el bosque para que continúe vibrando como música.


Shimenawa


Para honrar ese momento de transición y a su keyaki protagonista, los kitsune participamos en algunos rituales y danzas de gratitud. Entre ellos me agradan especialmente:

La consagración con shimenawa
Se trata de una gruesa cuerda sagrada de paja de arroz que rodea el tronco para señalarlo como shinboku o árbol sagrado, que es residencia de un espíritu kami.

La danza kagura
Un ritual de agradecimiento a las deidades de la naturaleza. En ella se realizan movimientos de la danza clásica nihon buyō utilizando abanicos que simbolizan el viento entre las hojas del olmo o el fluir de su savia, ayudando a que el espíritu del zelkova transite suavemente hacia la madera del tambor.

Nuestra danza kitsune-odori
Una danza tradicional de los festivales en la que pedimos protección y buenas cosechas. Con cada giro, agradecemos al viejo olmo los siglos de sombra y refugio que ofreció a los animales de nuestro bosque.


Kitsune and me



Ref:

https://bokksu.com/blogs/news/kitsune-the-enigmatic-fox-of-japanese-folklore#ruffruff-table-of-contents-item-2





2/21/26

APUNTES SOBRE LA ELECCIÓN DE MADERAS EN TAIKOS Y BACHIS

Hablamos hoy, básicamente, de la elección de maderas según su dureza, peso y densidad; con independencia de las preferencias personales sobre el color, el olor o la veta de cada árbol y madera. Y ello para sus dos grandes aplicaciones: los cuerpos o cascos de los tambores taiko, y las maderas para las baquetas tradicionales o bachis, que plantean requerimientos muy diferentes.

Quedan fuera de esta revisión las tablillas o claves de percusión (Hyōshigi) o los bloques de madera hueca de los templos o tambores de hendidura (Mokugyo) con forma de pez, rana, etc; y tampoco hablamos aquí de la madera de los grandes taikos tradicionales elaborados por ahuecamiento de troncos enteros (los kurinuki-daiko), aunque ya sabemos que, en general, éstos están elaborados con madera de olmo japonés zelkoba, considerados los de mayor calidad y precio. Nos centramos por tanto en las maderas adecuadas para la construcción de taikos hechos con tablas o duelas de madera (los shusei-daiko), en los formatos habituales de shime, hiradaiko, oke y nagado, y de las empleadas para sus correspondientes bachis; espero que estas recomendaciones resulten de utilidad en nuestro grupo Kamidaiko que se aventura a menudo en la fabricación de taikos, y donde la elección de maderas es siempre un tema controvertido. 

Los hiradaikos y nagados suelen tocarse colocados sobre sus soportes por lo que el peso del instrumento a la hora de elegir madera pierde importancia y es posible así, emplear maderas más duras y pesadas que, además, soportan mejor los golpes de los bachis sobre su superficie. Las maderas adecuadas corresponden a los bloques 2º y 3º de la siguiente tabla.

Al revés ocurre con el oke que se suele cargar sobre el cuello del taikoka, por lo que se tiende a elegir maderas más ligeras. Además, en el oke no es posible golpear el casco con los bachis por lo que la dureza de la madera, a efectos de marcas y rozaduras, tampoco es relevante. Podríamos por tanto emplear maderas ligeras y blandas del bloque 1º de la tabla; el cedro, el ciprés o el pino común se emplean muy frecuentemente.





Respecto a los bachis, al margen de su longitud, grosor y forma que depende sobre todo del tamaño del taiko a golpear -más gruesos, largos y pesados cuanto más grande es el tambor-. Aquí se mira sobre todo el equilibrio entre la ligereza -para reducir fatiga- por una parte; el control, velocidad y brillo del golpeo por otra; y finalmente, el volumen y profundidad del sonido que busquemos.

Menor fatiga y más control y velocidad nos llevarían a bachis de maderas más ligeras y de menor densidad; y si buscamos volumen, profundidad y proyección sonora, nos llevaría a maderas más densas, duras y pesadas. Si la madera es muy ligera, el sonido pierde profundidad y proyección; pero una madera demasiado pesada reduce agilidad y claridad rítmica.

Resumen de recomendaciones de profesionales y taikokas para sus bachis:
  • Para los de un hiradaiko mediano: arce o roble americano son opciones equilibradas en bachis.
  • Para un nagado mediano, bachis de 40 cms de cerezo, olmo o abedul con buen equilibrio de potencia y control.
  • Para un nagado grande, bachis de 48 cms, gruesos y pesados, de roble japonés.
  • Para un gran odaiko se necesita resistencia estructural que soporte impactos fuertes; servirían bien los bachis de haya o castaño y grosores de 3 cms o más.
  • Para el shime se recomiendan maderas ligeras como el hinoki o el arce, en bachis delgados y cortos


Finalmente, otro aspecto importante es el estilo de ejecución que se pretende; para un estilo potente de matsuri y taiko grande, elegir madera dura y pesada. Un estilo solista, técnico y rápido exige maderas ligeras, y un concierto kumi-daiko, bachis de peso y densidad media para una mayor versatilidad.



Biombo con motivo de bosque de pinos en sumi-e. Museo de Tokyo
Pinos, de Hasegawa Tōhaku, 1550





Ref:

Kodo y Ondekoza, han estandarizado en sus publicaciones 
ciertos criterios de peso, balance y resistencia en los bachi.

Fabricantes tradicionales y contemporáneos como Miyamoto Unosuke 
y Asano Taiko también han publicado referencias técnicas.

2/10/26

NAKAMURA, EL SILENCIOSO FABRICANTE DE BACHIS

A
cercaos un poquito más al brasero —decía el viejo taikoka a sus nietos—. Así, así… Y ahora escuchadme bien, porque voy a contaros una bonita historia.

Cuando yo era joven, vivía en nuestro pueblo un hombre muy especial. No tocaba el taiko como mis amigos y yo, pero de él dependía que los tambores sonaran bien. Era un artesano, un carpintero, y todos lo conocían como Nakamura el Silencioso. No porque no hablara, sino porque sabía exactamente cuándo guardar silencio.

Bachis para taiko

Su taller estaba al final del pueblo, siguiendo una senda estrecha que cruzaba el bosque de cedros antiguos; allí reinaba un silencio tan profundo que parecía que los árboles estuvieran escuchando todo el tiempo al paseante. Pues bien, allí podíamos encontrar a Nakamura que no era ni sonriente ni hablador y, por eso, solo iban a verlo quienes de verdad amaban el taiko y buscaban sus famosos bachis, conocidos y apreciados en toda la región.

Nakamura no vendía bachis a cualquiera. Decía que no todas las manos estaban preparadas para sostenerlos; en manos impacientes, los bachis se volvían tan pesados como piedras y en cambio, cuando un taikoka los tomaba con respeto, el tambor podía hacer maravillas: llamaba a la lluvia en verano, calmaba el mar violento o guiaba a los antepasados en su visita las noches de matsuri.

—Yo no hago bachis -decía Nakamura-. Hago llaves… llaves para abrir el sonido.

En invierno, salía por la noche para elegir la madera, porque decía que durante el día los árboles mienten pero que con la helada nocturna dicen la verdad. Y andando a través del bosque iba acariciando los troncos con cuidado: 

—Si el árbol suspira cuando lo rozas, servirá bien como bachi.

Cuando encontraba uno así, no lo cortaba enseguida. Volvía más veces, durante días o semanas, hasta que el árbol parecía aceptar su destino de convertirse en sonido. Porque Nakamura no cortaba árboles, les pedía permiso. Sin embargo, si el tronco permanecía en silencio al rozarlo con la mano...

—Entonces es mejor dejarlo dormir cien años más.

Y en su taller siempre olía a cedro y a hinoki -ciprés- recién pulido. Trabajaba en silencio, interrumpido solo por el roce del cepillo y el toc, toc suave del martillo y la gubia. A veces golpeaba con cuidado los bachis contra el suelo, cerraba los ojos y escuchaba. Si el sonido no le gustaba, empezaba de nuevo.

—Un buen bachi no golpea al tambor —murmuraba—. Lo despierta.

Los jóvenes taikokas del pueblo decían que los bachis de Nakamura nunca se rompían; y también, que al usarlos, los tambores recordaban canciones muy antiguas, y surgían ritmos que nadie les había enseñado. Un día, uno de mis amigos le preguntó al maestro cuántos bachis había hecho en su vida. Nakamura sonrió sin dejar de lijar.

—Los suficientes como para no necesitar contarlos.

 

Vetas de maderas habituales para bachis:
1 Arce-Kaede, 2 Ciprés-Hinoki, 3 Magnolio-Ho, 4 Roble-Kashi, 5 Laurel-Tabu, 6 Cerezo-Sakura 

Cuando Nakamura murió, su taller quedó vacío y sobre el banco quedaron dos bachis sin terminar, que nadie se atrevió nunca a tocar. Pero en las noches cálidas de matsuri, cuando los taiko resuenan en la aldea de la montaña, muchos creen escuchar algunos golpes extra: profundos y precisos, marcando un ritmo diferente que llega desde los cedros. Dicen que son los árboles del bosque que recuerdan al hombre que sabía hablarles en su idioma.

Nakamura desapareció una noche de invierno. Algunos dicen que se internó en el bosque; otros, que la madera lo llamó. Yo creo otra cosa: creo que, cuando tocamos bien… cuando no golpeamos, sino que pedimos permiso… él nos escucha desde el bosque y señala los árboles adecuados para hacer nuestros bachis.

Y ahora, dormid.
Quizá, en sueños, oigáis ese ritmo lejano… 

2/02/26

REFLEXIONES SOBRE EL TAIKO Y LA EDAD

Ayer celebraba mi cumple (72) con los Kamidaikos en el dojo de Delicias y comentaba con nuestra directora Kumiko hasta que edad se podía tocar el taiko, que es un tema que me ocupa (supongo que por razones biológicas) desde hace un tiempo: "Hasta que te mueres, si quieres" o "algunos se mueren tocándolo"; pero yo me referia mas bien a cómo se siente o se vive el taiko, o se ejecuta, a partir de cierta edad.


Hokusai 1878


Do-don retumban
tambores del matsuri
bajo la lluvia.

Takahama Kyoshi



En estos últimos tiempos he podido conocer algunas lecturas y opiniones sobre el tema, que hoy comparto, vertidas por maestros taikistas como Seiichi Tanaka, Eitetsu Hayashi y algunas escuelas tradicionales de Japón y su emigración extranjera. Y estamos hablando ahora del taiko como camino filosófico y emocional, no como exigencia física.  En resumen...


Seiichi Tanaka y Eitetsu Hayashi



En la infancia, la filosofía central es descubrir y jugar con el ritmo. El taiko es un juego corporal que no busca perfección, sino coordinación, energía y alegría. El énfasis está en sentir el ritmo más que entenderlo.

Las expectativas del niño son la diversión, el ruido y el movimiento. También, sentirse parte de un grupo. Es una fase que los maestros emplean para enseñar normas y disciplinas sociales y musicales con sutileza, sin que se note.


En la adolescencia el leit motiv es la búsqueda de identidad y pertenencia, y las expectativas se dirigen a canalizar la energía y las emociones, ser visto, pertenecer, destacar y, desde luego, auto-retarse en el plano físico.

El taiko se vuelve expresión personal. Aparece el ego -para bien y para mal-: querer tocar fuerte, rápido, perfecto. Muchos encuentran aquí la tribu con la que identificarse y una forma de decir aquí estoy.


En jóvenes y adultos tempranos domina más bien la idea del dominio del tambor y el dar sentido o propósito a esta expresión artística. Aquí el taiko se toma ya en serio. Se ensaya duro, se sufre un poco y se busca excelencia. Para algunos se plantea como camino profesional; para otros, una disciplina que estructura la vida.

Es decir, se busca alcanzar una técnica sólida, entender el porqué de la tradición y también, disfrutar de la adrenalina estimulante del escenario, los viajes o el reconocimiento.


En los adultos y la madurez lo más importante suele ser el equilibrio personal y la profundidad emocional, la presencia consciente y la transmisión de conocimientos.

Las expectativas están más bien en conceptos como la conexión cuerpo-mente, mantener la vitalidad corporal y disfrutar del momento; también la constancia, dar más valor a la comunidad que al ego, buscar significado a las cosas y compartir conocimientos. El taiko deja de ser “demostrar” y pasa a ser sostener junto a otros. Se valora cada vez más el espacio, el silencio, la respiración, tocar junto a los otros. Empieza a ser meditación sonora en movimiento; menos golpes pero con más intención.

"Los grandes maestros parecen tocar poco, pero cada golpe pesa como una montaña".


El taiko después de los 70. Ya no se toca para probar o demostrar nada. Se toca para "estar ahí", y el golpeo no busca la fuerza o la precisión, sino la presencia. Es más una práctica de vida que una exhibición.

Quizá el cuerpo pida más cuidados, pero la intención es más clara que nunca. El grupo deja de ser un espacio de competencia y se vuelve comunidad viva. Se contribuye a mantener el pulso emocional del grupo y a escuchar, más que golpear el tambor.

El taiko pide ahora más "verdad": tocar con economía de movimientos; afinar postura y respiración; respetar los silencios y, en definitiva, armonizar cuerpo, espíritu y grupo.



* * * 



Como señala Tanaka “el taiko no se toca igual a los 20 que a los 60”, y eso no es una pérdida, es una transformación. El foco se desplaza del rendimiento físico inicial al Ki, esa fuerza invisible que fluye y anima a todo ser vivo. Se trata así de liberar y controlar la energía vital, el equilibrio entre el cuerpo, la mente y el espíritu.

Para él, es el ki quien determina tanto la calidad del golpe, como la intención o el silencio entre sonidos. La visión del maestro es de proceso y camino, más que de técnica musical.



Hayashi, en cambio, no hace pedagogía explícita del tema; la transmite a partir de su propia trayectoria vital, corporal y musical. En su juventud, cuando salió de Ondekoza para fundar Kodo, hacía alarde de potencia, resistencia y virtuosismo físico extremo, ensayando a veces en la isla de Sado en condiciones de congelación.

Con el paso del tiempo, va reduciendo movimientos, economiza energía y profundiza en la respiración y el Ma -término japonés traducible por pausa, abertura o intervalo; no simplemente un vacío o ausencia de contenido, sino un espacio consciente-. Habla también de cómo, con la edad, el taiko deja de “empujar el sonido” para pasar a “dejarlo emerger”.



Finalmente, hay un cierto consenso transmitido informalmente entre escuelas y maestros taikistas que establece que el niño "aprende el ritmo”, el adulto "aprende el sentido” y el mayor "encarna el taiko”

En las escuelas de taiko se piensa que el niño aprende con el cuerpo antes que con la mente. Imita y repite jugando, interioriza movimientos y patrones rítmicos y aprende cuándo golpear (fuerte/débil, rápido/lento)

El adulto no solo ejecuta, también pregunta y comprende: el ma -el espacio entre golpes-, la intención o el contexto cultural y espiritual. El ritmo no es solo sonido y se vuelve más bien  mensaje.

Y el viejo maestro taikista ya no toca taiko; su postura, respiración y energía "son" taiko. No piensa el ritmo ni el sentido, simplemente ocurre; desde la óptica zen el cuerpo, el tambor y el momento se hacen uno. No hay músico y tambor, hay taiko manifestándose.

Sin embargo, se trata de un proceso cíclico, circular; incluso los maestros vuelven al ritmo simple como un niño.

 


 

1/16/26

ESTÉTICA Y SIMBOLISMO EN LA DECORACIÓN DE LOS TAIKO

R
ecordemos que la palabra taiko es un genérico que engloba diversos tipos y formas de tambor japonés, aunque es probable que el más icónico y reconocido internacionalmente sea el grande con forma de barril que llamamos nagado. Además de la potencia de su sonido, estos tambores son también creaciones artesanales de una gran belleza, y su decoración, que mezcla estética, simbolismo y tradición, varía según la región, el entorno y el uso que se dá al instrumento. La decoración del taiko no es meramente ornamental, ya que refleja una visión profundamente japonesa del sonido como fuerza espiritual, comunitaria y cósmica. 

Nagado con cuerpo de madera maciza de keyaki


En términos generales, el taiko tradicional o ceremonial suele ser más sobrio, natural y minimalista, mientras que el moderno, el de los conciertos en grupo o kumi-daiko, suele tener más color, más decoración, y logos y dibujos para su mayor impacto visual. Por otra parte, la decoración del taiko suele seguir los principios tradicionales de la filosofía wabi-sabi de la que ya hemos hablado anteriormente en el blog; es decir, la belleza en lo simple, la aceptación de las imperfecciones naturales, o el equilibrio entre la función y la forma. Por eso, incluso los taiko muy ornamentados evitan en general lo recargado. 

Hay que añadir que el simbolismo en la decoración del taiko tiene un carácter profundo y ancestral, ligado a la cosmovisión japonesa, el sintoísmo, el budismo y a la vida comunitaria. Más que “adornar”, la decoración comunica significado, protección y energía para el instrumento y quien lo ejecuta.


Cordaje y claveteado en shime, oke y hira-daiko


Cuerpo o casco

El cuerpo de los nagado suele ser de madera maciza, de olmo zelkova o “keyaki” en los de mayor calidad y precio, aunque son más comunes y asequibles los construidos con tablas o duelas de otros diversos árboles. El aspecto y decoración del cuerpo varía; lo más común en el taiko tradicional es la madera natural pulida, que deja ver la veta, símbolo de respeto a la naturaleza. 


Vetas de madera natural en cascos macizos y de duelas del nagado


Sin embargo, el cuerpo puede estar también lacado -urushi- en negro, rojo oscuro o marrón profundo que le aporta elegancia y protección; es el caso, por ejemplo, de los tambores oke-daiko shime-daiko. Finalmente, aunque más raros y ceremoniales, los hay con grabados o tallas y motivos de olas, nubes o dragones (en éste último caso, simbólicamente, la fuerza y la disciplina).


Cuerpos de taiko lacados

Cascos con motivos grabados

Cuerpos con decoración tallada


Herrajes y clavos decorativos

Los clavos -tachibyōshi- que sujetan la piel al cuerpo del tambor no son solo funcionales. Están dispuestos en círculo creando patrones visuales rítmicos y formas florales o geométricas; describen una, dos o más bandas perimetrales, en tamaño grande -tipo clavo de puerta-, o pequeño -tipo chincheta-.


Disposición en tres bandas de clavos dorados


Esta disposición reforzaría el simbolismo del círculo en la cultura japonesa y sus valores de unidad y armonía, repetición de los ciclos de la vida y del tiempo, o de equilibrio entre cielo, tierra y humanidad. El taiko, visto desde arriba, podría visualizarse como un mandala sonoro. El claveteado alrededor de la piel blanca y tensa, transmite también la sensación de barrera, de retención del poder y la fuerza sonora ocultos en el interior del tambor, que se liberaría al golpearlo.


Patrones visuales rítmicos de claveteado



Los habituales herrajes con aros o asas suelen tener una forma geométrica común cruciforme o romboidal en tono oscuro o negro con remate floral dorado, cuyo simbolismo, según tradición oral de los artesanos y maestros taikistas, se podría vincular al sol, a Amaterasu y a los ritos agrícolas y comunitarios; así, el parche de piel sería el disco solar y los herrajes, los rayos que emanan del mismo.  

Siempre me ha sorprendido la forma de estos herrajes, Kanagu, repetida invariablemente en los taiko de cierto peso, y que cumplen claro está su función de agarre en la confluencia de líneas de fuerza y equilibrio del tambor.  Pero la tradición oral de la que hablamos también nos amplia significados más intangibles, porque en la artesanía japonesa la función rara vez va sola; este herraje combina dos motivos muy comunes:



  
La forma lobulada en cruz recuerda los diseños mokkō-gata y hana-gata (evocación gráfica de los lóbulos redondeados de la flor del membrillo, o la estilización de otros patrones florales). El mokkō es un motivo heráldico clásico en Japón que simboliza estabilidad, protección y contención y es frecuente en armaduras, santuarios y objetos sometidos a tensión o impacto como ocurre con el taiko. Y la roseta dorada central con pétalos radiales evoca claramente el kiku, el crisantemo, que es símbolo de orden, continuidad, energía solar y nobleza. No implica necesariamente una referencia imperial, pero sí una asociación con lo formal, lo correcto y lo duradero.