SALUDO Y BIENVENIDA

Oí hablar por primera vez del taiko japonés en 1985 haciendo estudios de antropología médica en México a través de una querida profesora nikkei -hija de emigrantes japoneses-, Sayoko Kageyama. También con ella me enteré de la pervivencia de ciertas formas de chamanismo en Japón y particularmente de las Itako, sobre las que volveré más veces en el blog. Pues bien, aunque he seguido interesado profesionalmente en el chamanismo y en las interpretaciones culturales de los fenómenos de salud y muerte, han pasado más de 30 años hasta volver a contactar específicamente con el mundo y la cultura del taiko. Y fué en un taller/demostración de taiko para niños en el Pilar zaragozano de 2018 cuando escuché el "gran tambor" a manos de Kumiko Fujimura; y fué para mí un auténtico flash emocional... 

Y ahora, después de participar estos años en el grupo Kamidaiko que coordina Kumiko, y quedar seducido por esta manifestación cultural japonesa, arranco este blog con unos cuantos apuntes y reflexiones personales en torno a mi experiencia, emociones, trabajos y lecturas sobre el taiko, que pueden ilustrar esta travesía por algunos aspectos de la rica cultura japonesa. Los errores e inexactitudes que seguro encontrareis son de mi entera responsabilidad y ruego que me los hagáis saber, para rectificarlos, si os tomáis la molestia de visitar estas páginas.  Siguiendo las normas de educación, saludo con una leve inclinación de cabeza o, si se prefiere, juntando frente a la boca las palmas de las manos -gassho- al modo budista, o de las dos maneras a la vez. En todo caso, gracias por interesaros en el blog y, por supuesto, en el taiko. Ah, y la rana del título del blog es, por supuesto, la del haiku del estanque de Bashō, el gran haijin. 

Para abrir boca, os dejo con Kodo y el poderoso sonido del "Gran tambor".

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6/15/26

UN PEPINO EN EL RIO. Cuento de verano

E
n estos días cálidos de inicio del verano nos viene al encuentro un antiguo cuento japonés que relata una historia de yōkais -seres sobrenaturales- del rio que cuelgo hoy en el blog. No tiene nada que ver con el mundo del taiko, salvo el paisaje, pero me gusta mucho; ya disculparan...



Kappas en el rio



Dicen los ancianos que, cuando el verano alcanza su plenitud en la montaña y las cigarras entonan su canto interminable bajo el sol dorado de la estación, los espíritus del agua despiertan y recorren en silencio el cauce de los ríos.

En aquella remota aldea con un río de aguas claras donde se reflejan las estrellas incluso de día, vivía una jovencita llamada Aki. Cada verano ayudaba a su abuelo a cuidar un pequeño huerto que era motivo de orgullo para toda la comarca, pues de aquella tierra fértil brotaban los pepinos más hermosos que nadie hubiera visto jamás.

Una tarde de agosto, cuando el aire tiembla bajo el calor y las sombras se alargan sobre los campos, Aki descubrió entre las hojas un fruto extraordinario. Era un pepino largo y perfecto, de un verde tan intenso que parecía haber guardado en su piel el color mismo del río.

La muchacha sonrió al verlo y pensó primero en llevarlo a casa. Sin embargo, recordó una antigua tradición que los mayores respetaban desde tiempo inmemorial. Decían que, durante los días más cálidos del año, convenía ofrecer un pepino al espíritu que habita las corrientes de agua, el yōkai del rio; se referían al famoso y misterioso Kappa (*). De ese modo, el guardián de las aguas permanecería complacido y bendeciría el río con su calma, sin molestar ni a bañistas ni a pescadores.

Siguiendo la costumbre, Aki escribió cuidadosamente su nombre sobre la piel brillante del pepino. Después lo depositó sobre la corriente y observó cómo el agua lo llevaba río abajo, alejándolo poco a poco hasta hacerlo desaparecer entre reflejos de plata. Entonces regresó a casa sin imaginar que aquel sencillo gesto cambiaría el destino de aquel verano.

Al amanecer del día siguiente, una extraña maravilla le aguardaba en el huerto. Las plantas que la víspera parecían agostadas por el calor, se erguían ahora vigorosas y llenas de vida. Sus hojas relucían cubiertas de rocío, y la tierra exhalaba un aroma fresca, como si hubiera sido bendecida durante la noche.

Los días pasaron, y la abundancia aumentó hasta convertirse en prodigio. Nunca antes las cosechas habían sido tan generosas. Aki no lograba explicar el misterio de aquel favor invisible y una noche, guiada por la curiosidad y por un presentimiento imposible de explicar, caminó hasta la orilla del río. La luna llena reposaba sobre las aguas como una flor de luz, y el murmullo de la corriente sonaba como una vieja y conocida canción.

Y entonces lo vio.

Junto a la orilla apareció una pequeña figura apenas más alta que un niño. Su espalda estaba protegida por un caparazón semejante al de las tortugas, sus manos eran palmeadas y sobre su cabeza descansaba una especie de cuenco lleno de agua cristalina que reflejaba el resplandor lunar.

Era un yōkai. Era el Kappa.

Entre sus manos sostenía el mismo pepino que Aki había entregado al río y, durante unos instantes, ninguno de los dos habló. No hicieron falta palabras. El espíritu contempló a la muchacha con ojos serenos y, con la exquisita cortesía que se atribuye a los habitantes del mundo invisible, realizó una profunda reverencia.

Luego señaló en silencio la dirección del huerto del abuelo.

Aki comprendió. Aquella abundancia, aquella inesperada prosperidad, habían sido un regalo nacido de la gratitud.

La luna iluminó por un momento la sonrisa de la joven. Y aunque pertenecían a mundos distintos, separados por el velo que divide a los hombres de los espíritus, ambos compartieron un instante de entendimiento tan puro y fugaz como el reflejo de una estrella en el agua. Después, el Kappa se inclinó una vez más y se sumergió en el río. Las ondas brillaron bajo la luz plateada y la criatura desapareció para siempre entre las corrientes.

Desde entonces, cada verano, cuando llegan los días más cálidos y el río canta bajo el cielo estrellado, Aki deja un pepino sobre las aguas.

Nunca volvió a ver al espíritu del río; sin embargo, las cosechas siguieron siendo abundantes, las aguas permanecieron tranquilas y, algunas noches de luna llena, la muchacha creyó escuchar entre el murmullo de la corriente un grito amable que llegaba desde las profundidades.

Y así nació la leyenda de la amistad silenciosa entre una joven de corazón puro y el antiguo espíritu guardián de las aguas.



Kappa. Imagen contemporánea



(*) El kappa es un yōkai muy asociado al verano porque habita ríos, estanques y zonas donde los niños van a bañarse en los meses cálidos. Muchas historias tradicionales sobre este ser sirven como advertencia para no acercarse al agua sin las precauciones necesarias. En la familia yokai, el kappa es posiblemente una de las criaturas imaginarias más temidas del período Edo,  junto con Kitsune y Tengu, creencias animistas heredadas del sintoísmo. 

Y la relación entre kappas y pepinos es una de las más famosas del folclore japonés. De hecho, se dice que los kappas adoran los pepinos más que cualquier otra comida (a excepción del hígado de las personas), y por eso existe incluso un plato japonés llamado Kappamaki -rollito de sushi de pepino-.



Kappamaki




REF:

5/27/26

EL TAIKO YOKAI

H
ablamos hoy de unos yōkai muy particulares.


Los Tsukumogami son una clase de yōkai o espíritus sobrenaturales japoneses que nacen de objetos domésticos que han cumplido cien años de existencia; en la mitología japonesa, se cree que después de un siglo, incluso un objeto inanimado recibe un alma y cobra vida, volviéndose consciente y, a veces, travieso. Ocurre a menudo con paraguas, linternas o sandalias, entre otros.

Entre los instrumentos musicales transformados en yokai Tsukumogami, es famoso el Biwa boku-boku, instrumento musical japonés de cuerda parecido a un laúd, que habría despertado como espíritu. En algunas representaciones aparece como un monje con cabeza de biwa, cantando historias antiguas o incluso manifestando emociones humanas. Los tsukumogami reflejan una idea muy presente en la cultura japonesa; que los objetos tienen una esencia espiritual y merecen respeto, especialmente los objetos antiguos o muy usados.





Cuando en este contexto hablamos de taikos yōkai, nos referimos a instrumentos musicales de percusión  que debido a su longevidad y al uso espiritual que a menudo tienen, son candidatos perfectos para convertirse en Tsukumogami:

Según la tradición, un taiko que ha sido golpeado y cuidado con respeto durante un siglo desarrolla una voluntad propia. Si el objeto fue bien tratado, suele ser amigable; si fue abandonado o maltratado, puede volverse vengativo contra sus antiguos dueños.

En muchos relatos modernos, los tsukumogami musicales suelen conservar memoria de quienes los tocaron, y actuar como médiums entre aquellos y los vivos.

Como es esperable, un Taiko Tsukumogami suele manifestarse a través de su sonido; puede empezar a sonar sin que nadie lo toque por la noche, o seguir por su cuenta determinados ritmos en ciertas situaciones.



Grabados ukijo-e representando al Taiko Tsukumogami y un Tsuzumi espectral





*  *  *

 


Raiko Horikawa es el ejemplo más famoso de los taiko Tsukumogami en la moderna cultura popular -específicamente en los videojuegos Touhou Project-. Representa a un taiko que se convirtió en Tsukumogami y tiene la habilidad de hacer que cualquier cosa siga el ritmo que marca. Y Touhou Project es una popular serie de videojuegos japoneses del género bullet hell -disparos intensos con muchos proyectiles-, creada casi en su totalidad por una sola persona, ZUN.

La historia se desarrolla en un mundo ficticio llamado Gensokyo, un lugar donde humanos y seres sobrenaturales (yōkai, espíritus, dioses) conviven. La protagonista, Raiko, se distingue por su inteligencia y su deseo de libertad, y a diferencia de otros objetos que cobran vida por rencor, Raiko es un tambor que disfruta de ser golpeado por la gente.  

Tiene conciencia humana gracias a la magia de un "mazo milagroso", aunque se da cuenta de que este poder es temporal y la hace dependiente de él y muy agresiva.  Para no volver a ser un objeto inanimado, toma una decisión arriesgada: Renuncia al mazo y a su antiguo cuerpo de Taiko, y roba una caja de batería pop moderna del mundo exterior. Ahora se mantiene viva gracias a la energía continua de los músicos modernos, lo que la hace un espíritu autosuficiente.

   

Anime de Raiko




3/11/26

KITSUNE Y EL RUMOR DEL BOSQUE

S
aludos. Soy Kitsune, un zorro de muchas colas, y represento a un famoso espíritu mitológico japonés. Ya se han comentado varias cosas sobre mi en entradas anteriores de este blog, pero aún quedan otras muchas por revisar.


Grabado ukiyo-e de Kitsune


En la tradición japonesa soy un espíritu del bosque, un ser sobrenatural o yōkai: inteligente, mágico y capaz de cambiar de forma, a menudo adoptando la apariencia de una hermosa joven. Pero también puedo ser un guardián travieso; protector y bondadoso con las aldeas del territorio, pero astuto y aficionado a las bromas -a veces pesadas- con los humanos. 

Los kitsune encarnamos también poder y sabiduría. Se dice que, a medida que crecen nuestras largas colas —hasta un máximo de nueve—, aumenta también nuestra sabiduría y nuestra fuerza espiritual. Yo poseo ya siete colas, y hay que saber que nos crece una nueva en cada siglo. Esto significa que soy un espíritu excepcionalmente sabio y poderoso, a tan solo un par de siglos de alcanzar las nueve colas y el conocimiento total. Aun así, pese a mi edad y experiencia, todavía conservo un destello de juventud y curiosidad… algo que quizá desaparezca cuando llegue la novena cola.

Soy muy famoso en Japón y se me puede encontrar en muchos templos y santuarios, asociado también al Kami Inari y a las cosechas de arroz. Mis máscaras son bien conocidas y están presentes en muchas fiestas y matsuri.


Santuario toyokawa-inari


Cuido y disfruto del bosque donde vivo.

En nuestra mitología existen kitsunes que eligen el camino de protectores de la naturaleza y se vinculan profundamente con el bosque. Son uno de los trece tipos de kitsune, guardianes del equilibrio y la paz. Cuidar del bosque no es solo un deber, sino una fuente de profunda serenidad, una conexión espiritual. Para los kitsune, los bosques son refugios naturales que reducen el estrés, favorecen la paz mental y nos alejan de las preocupaciones mundanas.

Me gusta ejercer el papel de guardián. A mi edad puedo usar mi magia para ocultar senderos sagrados a quienes desean dañar los árboles, o guiar a los viajeros perdidos de buen corazón hacia un lugar seguro. Porque en el bosque disfrutamos de la armonía con la vida; cuando los árboles están sanos, sostienen innumerables plantas y animales, y ser protector de ese delicado equilibrio otorga una satisfacción profunda. Cuidar de aquello que nos da aire puro y vida es una de las formas más altas de sabiduría antes de alcanzar la novena cola.

Y también es refugio personal. El bosque es el lugar donde el alma recuerda en silencio su origen y encuentra el cálido abrazo de la calma y la paz.


Pero entre mis responsabilidades existe una tarea especialmente sagrada y motivadora: ayudar a elegir la madera destinada a los taiko. Para un kitsune de siete colas, supervisar este momento es uno de los honores más grandes.

En Japón, la madera de keyaki —el olmo japonés— es considerada la reina de las maderas para la construcción de instrumentos, por su dureza, su resonancia y la belleza de su veta; en mi bosque hay un viejo keyaki que pronto será transformado en ōdaiko -gran tambor-, pero no contempla su final con tristeza, sino como una ansiada metamorfosis espiritual.

Los maestros artesanos enseñan que los mejores ōdaiko se tallan a partir de un único tronco macizo de keyaki centenario. Porque la madera de estos viejos árboles va adquiriendo, con el paso de los años, la densidad perfecta para que su sonido retumbe en el alma de quien lo toca o lo escucha. Cuando su tronco se convierte en el cuerpo de un gran tambor, el espíritu del árbol no muere, se transforma en voz. Esa voz —el sonido particular del taiko— purifica el ambiente y crea un puente entre humanos y kamis.

Como guardián del bosque he visto mucho bajo las hojas de sus árboles y sé que las cosas buenas y bien hechas requieren tiempo. Por eso, tras ser cortado, el tronco del keyaki debe secarse de forma natural entre tres y diez años, hasta que la madera encuentre su equilibrio y su sonido sea profundo, puro y armonioso. Extraer la madera de un árbol que ya se encuentra en el ocaso de su vida es un acto de respeto. Hay que respetar la forma en que el olmo se despide, dejando su corazón en el bosque para que continúe vibrando como música.


Shimenawa


Para honrar ese momento de transición y a su keyaki protagonista, los kitsune participamos en algunos rituales y danzas de gratitud. Entre ellos me agradan especialmente:

La consagración con shimenawa
Se trata de una gruesa cuerda sagrada de paja de arroz que rodea el tronco para señalarlo como shinboku o árbol sagrado, que es residencia de un espíritu kami.

La danza kagura
Un ritual de agradecimiento a las deidades de la naturaleza. En ella se realizan movimientos de la danza clásica nihon buyō utilizando abanicos que simbolizan el viento entre las hojas del olmo o el fluir de su savia, ayudando a que el espíritu del zelkova transite suavemente hacia la madera del tambor.

Nuestra danza kitsune-odori
Una danza tradicional de los festivales en la que pedimos protección y buenas cosechas. Con cada giro, agradecemos al viejo olmo los siglos de sombra y refugio que ofreció a los animales de nuestro bosque.


Kitsune and me



Ref:

https://bokksu.com/blogs/news/kitsune-the-enigmatic-fox-of-japanese-folklore#ruffruff-table-of-contents-item-2





1/16/26

ESTÉTICA Y SIMBOLISMO EN LA DECORACIÓN DE LOS TAIKO

R
ecordemos que la palabra taiko es un genérico que engloba diversos tipos y formas de tambor japonés, aunque es probable que el más icónico y reconocido internacionalmente sea el grande con forma de barril que llamamos nagado. Además de la potencia de su sonido, estos tambores son también creaciones artesanales de una gran belleza, y su decoración, que mezcla estética, simbolismo y tradición, varía según la región, el entorno y el uso que se dá al instrumento. La decoración del taiko no es meramente ornamental, ya que refleja una visión profundamente japonesa del sonido como fuerza espiritual, comunitaria y cósmica. 

Nagado con cuerpo de madera maciza de keyaki


En términos generales, el taiko tradicional o ceremonial suele ser más sobrio, natural y minimalista, mientras que el moderno, el de los conciertos en grupo o kumi-daiko, suele tener más color, más decoración, y logos y dibujos para su mayor impacto visual. Por otra parte, la decoración del taiko suele seguir los principios tradicionales de la filosofía wabi-sabi de la que ya hemos hablado anteriormente en el blog; es decir, la belleza en lo simple, la aceptación de las imperfecciones naturales, o el equilibrio entre la función y la forma. Por eso, incluso los taiko muy ornamentados evitan en general lo recargado. 

Hay que añadir que el simbolismo en la decoración del taiko tiene un carácter profundo y ancestral, ligado a la cosmovisión japonesa, el sintoísmo, el budismo y a la vida comunitaria. Más que “adornar”, la decoración comunica significado, protección y energía para el instrumento y quien lo ejecuta.


Cordaje y claveteado en shime, oke y hira-daiko


Cuerpo o casco

El cuerpo de los nagado suele ser de madera maciza, de olmo zelkova o “keyaki” en los de mayor calidad y precio, aunque son más comunes y asequibles los construidos con tablas o duelas de otros diversos árboles. El aspecto y decoración del cuerpo varía; lo más común en el taiko tradicional es la madera natural pulida, que deja ver la veta, símbolo de respeto a la naturaleza. 


Vetas de madera natural en cascos macizos y de duelas del nagado


Sin embargo, el cuerpo puede estar también lacado -urushi- en negro, rojo oscuro o marrón profundo que le aporta elegancia y protección; es el caso, por ejemplo, de los tambores oke-daiko shime-daiko. Finalmente, aunque más raros y ceremoniales, los hay con grabados o tallas y motivos de olas, nubes o dragones (en éste último caso, simbólicamente, la fuerza y la disciplina).


Cuerpos de taiko lacados

Cascos con motivos grabados

Cuerpos con decoración tallada


Herrajes y clavos decorativos

Los clavos -tachibyōshi- que sujetan la piel al cuerpo del tambor no son solo funcionales. Están dispuestos en círculo creando patrones visuales rítmicos y formas florales o geométricas; describen una, dos o más bandas perimetrales, en tamaño grande -tipo clavo de puerta-, o pequeño -tipo chincheta-.


Disposición en tres bandas de clavos dorados


Esta disposición reforzaría el simbolismo del círculo en la cultura japonesa y sus valores de unidad y armonía, repetición de los ciclos de la vida y del tiempo, o de equilibrio entre cielo, tierra y humanidad. El taiko, visto desde arriba, podría visualizarse como un mandala sonoro. El claveteado alrededor de la piel blanca y tensa, transmite también la sensación de barrera, de retención del poder y la fuerza sonora ocultos en el interior del tambor, que se liberaría al golpearlo.


Patrones visuales rítmicos de claveteado



Los habituales herrajes con aros o asas suelen tener una forma geométrica común cruciforme o romboidal en tono oscuro o negro con remate floral dorado, cuyo simbolismo, según tradición oral de los artesanos y maestros taikistas, se podría vincular al sol, a Amaterasu y a los ritos agrícolas y comunitarios; así, el parche de piel sería el disco solar y los herrajes, los rayos que emanan del mismo.  

Siempre me ha sorprendido la forma de estos herrajes, Kanagu, repetida invariablemente en los taiko de cierto peso, y que cumplen claro está su función de agarre en la confluencia de líneas de fuerza y equilibrio del tambor.  Pero la tradición oral de la que hablamos también nos amplia significados más intangibles, porque en la artesanía japonesa la función rara vez va sola; este herraje combina dos motivos muy comunes:



  
La forma lobulada en cruz recuerda los diseños mokkō-gata y hana-gata (evocación gráfica de los lóbulos redondeados de la flor del membrillo, o la estilización de otros patrones florales). El mokkō es un motivo heráldico clásico en Japón que simboliza estabilidad, protección y contención y es frecuente en armaduras, santuarios y objetos sometidos a tensión o impacto como ocurre con el taiko. Y la roseta dorada central con pétalos radiales evoca claramente el kiku, el crisantemo, que es símbolo de orden, continuidad, energía solar y nobleza. No implica necesariamente una referencia imperial, pero sí una asociación con lo formal, lo correcto y lo duradero.

1/09/26

Y LAS CARROZAS RECUERDAN TU NOMBRE. Un cuento para la noche de Reyes

D

icen que, cuando cae la noche antes del desfile del Gion Matsuri, el famoso festival de verano de Kioto, las carrozas Yamahoko despiertan, y son tan altas que parecen montañas que caminan; no es que se muevan -sus grandes ruedas de madera siguen firmes sobre los adoquines-, pero el espíritu que las habita, sueña y sobretodo, recuerda. Recuerda a los matsuri, a sus gentes y a la alegría eterna de la ciudad de los jardines.


Kamidaiko y la Carroza de Reyes 2026 de Zaragoza


La carroza más antigua de todas, la Naginata-hoko, conserva entre las grietas de sus maderas miles de nombres de artesanos, niños, músicos, portadores y dioses que compartieron sus matsuri. Cada año se le añaden algunos nuevos, y cada año también se desvanece alguno antiguo, como la tinta bajo la lluvia. Pero aquella noche, mientras Kioto dormía, la carroza sintió algo distinto. Uno de esos nombres se removió y tembló en su interior, pidiendo no desaparecer.

-Aún no, susurró-; todavía hay alguien que me recuerda.

Las Yamahoko de Kioto no pueden salir solas en el desfile. Necesitan de un personaje especial, y ese alguien es el niño sagrado, al que llaman Chigo.  El Chigo es un niño pequeño normal, elegido entre las familias de la ciudad que, como todos los niños, ríe, juega, se cansa y sueña; pero durante los días del matsuri se transforma y cumple una tarea muy importante: representar la memoria de Kioto y el cuidado y respeto a la ciudad y sus gentes.

Para hacerlo, viste ropas hermosas que inspiran ese respeto, no toca el suelo con los pies -para no mezclar lo cotidiano con lo ritual, lo ordinario con lo extraordinario- y permanece tranquilo y atento en la carroza principal. No comprende las cosas que ocurren alrededor con palabras sino con sensaciones, y a través de los ritos que se repiten cada año, el niño permite que los recuerdos y los nombres no se pierdan del todo, que la memoria de la ciudad continúe.

A la llamada de la Naginata-hoko respondieron desde otras calles las Yamahoko hermanas, y sus maderas crujieron suavemente, como montañas que respiran.

-Es el niño, dijo la Kanko-hoko, otra de las carrozas-. El chigo de este año nos está escuchando.

Y así fue. En una casa cercana, el niño dormía vestido con ropajes blancos; de pronto despertó y abrió los ojos, llenos de una luz serena, sin miedo ni inquietud. Ya amanecía cuando lo subieron a la Naginata-hoko. El desfile comenzó y la ciudad entera vibró: los taiko, las shinobue, las cuerdas tensandose, el lento avanzar de las carrozas...

Entonces, cuando la Naginata-hoko se puso en marcha, el niño apoyó las manos en la madera y vio lo que nadie más veía: Vio a los kami descender como destellos de color en el cielo estrellado, y a las tristezas, dolores y enfermedades huir en la oscuridad cortadas por las naginatas; y vio también a las carrozas elevarse, como farolillos de luz, no sobre ruedas, sino sobre recuerdos y nombres compartidos.

Escuchó asimismo un último susurro, la voz de aquel nombre que se negaba a ser olvidado:

        -Mientras alguien nos recuerde a nosotros y a la ciudad con respeto, Kioto estará a salvo.

Cuando el desfile terminó, el niño ya no recordaba la voz, ni el crujido de sogas y maderas, ni el retumbar de los tambores, pero sonreía. Y la Naginata-hoko, satisfecha, permitió alejarse serenamente aquel nombre antiguo, ahora ya olvidado, y todas las Yamahoko volvieron a descansar hasta el siguiente Gion.

Kioto, una vez más, quedó protegida y tranquila.







Cuento inspirado en relatos de:

Yasunari Kawabata: "Kioto"
Miyazawa Kenji: "Historias mágicas"
Ursula Le Guin: «El poder de los nombres»

11/05/25

CUENTO DEL HERRERO Y EL TAIKO DEL TRUENO

A
propósito de la inauguración de la nave de Forja Ferrero   
 
                                  
el herrero Tetsunosuke forjando el tambor de Raijin


Cuento del herrero y el taiko del trueno   


En los días antiguos, cuando los kami aún caminaban entre los hombres existía, en un oculto valle junto al monte Aso en la isla de Kyushu, un katanakaji -forjador de espadas- llamado Tetsunosuke no Kaji. Su fragua ardía desde el alba hasta la caída del sol, y el sonido de su martillo era como el latido del corazón de la tierra.

Pero aquel año, los cielos parecían haberse dormido. Las nubes huyeron, los ríos callaron, y la voz del trueno se apagó. El pueblo clamó en los templos por el agua, pero ni los odaikos sagrados ni los cantos lograban despertar la lluvia.

Una noche de luna menguante, cuando el herrero templaba una hoja de katana para el santuario, oyó un rumor profundo, más hondo que el retumbar del monte: un taiko resonaba entre las montañas. Dejó su martillo y siguió el eco hasta el claro donde los cedros se abren al cielo. Allí lo aguardaba un anciano de ojos de tormenta y barba blanca como la espuma del mar. El anciano habló, y su voz traía olor a ozono y viento:
  • “Yo soy Raijin, el que danza en las nubes y hace sonar los truenos. Mi tambor sagrado se ha quebrado, y sin su sonido no puedo llamar al agua del cielo. Forja para mí, herrero, un nuevo taiko, no de madera muerta sino de metal viviente, templado en el fuego y en la fe.”
El herrero inclinó la cabeza hasta tocar la tierra en señal de respeto y veneración, y durante siete noches y siete días no comió ni durmió. Fundió hierro, bronce y plata, y mezcló lágrimas y sudor en el metal. Con cada golpe de martillo, Tetsunosuke levantaba una plegaria hacia Raijin.

Cuando el séptimo amanecer tiñó el cielo, el taiko estaba terminado. El casco del tambor brillaba como una luna enrojecida, y su piel vibraba sin que nadie la golpeara. Entonces, Raijin tomó sus bachis de relámpago y golpeó el taiko de metal una sola vez.
  • ¡DOOOOON!
Un trueno poderoso rasgó el firmamento. Las nubes se arremolinaron, los vientos despertaron, y la lluvia descendió hacia el valle con gran júbilo. Los aldeanos danzaron bajo las aguas que hacían renacer los campos de arroz. Pero cuando buscaron al herrero, hallaron solo su fragua encendida y, sobre la piedra, el martillo hincado en la misma.

Desde entonces, cuando los taikos resuenan en los matsuri y el trueno responde desde lo alto, los ancianos dicen:
  • “Escuchad bien: ese ruido lejano es el katanakaji Tetsunosuke, que aún forja el tambor del trueno para que la lluvia no se olvide de caer.”

10/01/25

EL TOMOE DE LOS TAIKOS

Q

ue es ese dibujo, ese signo en forma de remolino, que vemos muchas veces dibujado sobre la piel de los taikos? ¿cual es su origen y su significado?. Hablemos un poco de ello

El "Tomoe" es un símbolo tradicional japonés, muy reconocido, que aparece con frecuencia en el arte, la arquitectura, los objetos ceremoniales y también, en los instrumentos musicales. A menudo la piel de los tambores taiko está decorada con este símbolo que parece un remolino o espiral; en concreto, el Mitsudomoe, que es la versión de triple coma.


En general, se representa en forma de comas que giran alrededor de un punto central; las versiones más comunes son: El Ichidomoe, de un solo remolino, el Futatsudomoe de dos remolinos entrelazados y el Mitsudomoe, de tres remolinos, que es la más común y la que se suele ver en los taikos. Se ven incluso versiones tomoe de cuatro comas, que recuerdan al lauburu vasco, y que suelen simbolizar deseos de prosperidad y salud.

El tomoe tiene orígenes muy antiguos, conectados con simbologías budistas y animistas. En la cultura japonesa, ha sido asociado con los movimientos cíclicos del agua, el viento, el fuego o el cielo; como reflejo de energías opuestas y complementarias, o como protección espiritual en templos sintoístas y objetos rituales. En el caso del mitsudomoe, se interpreta como la unión del cielo, la tierra y la humanidad, o también como conexión cuerpo-mente-espíritu.


Tomoe y taiko

El Tomoe en los taikos no solo cumple función decorativa, sino que refuerza el vínculo espiritual del tambor con la tradición y la energía ancestral. Indica un respeto a lo sagrado, reflejado históricamente en su uso en rituales religiosos, festivales matsuri, y ceremonias; grupos profesionales de taiko como Kodo lo utilizan como parte de su identidad visual.




Desde el punto de vista estrictamente musical, el diseño espiral del tomoe representa muy bien el flujo continuo, la rotación cíclica y la energía constante del taiko. Este paralelismo entre el movimiento visual del tomoe y el movimiento rítmico del taiko inspira a algunos intérpretes a ver su música como una danza circular de energía. Asi, los taikistas de Kodo o Taikoza giran sus cuerpos y se mueven en patrones circulares que reflejan ese movimiento en espiral del tomoe. Además, en algunos rituales y matsuris, se cree que el tomoe dibujado en el tambor protege al intérprete y potencia su espiritualidad sonora, reforzando el carácter sagrado o ritual del sonido y energía del taiko.

Por otra parte, la relación del tomoe con la experiencia chamánica es profunda, aunque algo velada por el paso del tiempo y la integración de este símbolo en el sintoísmo y otras tradiciones japonesas más formalizadas. Sabemos que antes de la consolidación del sintoísmo estatal y el budismo, Japón, como muchas otras culturas antiguas, tenía formas de espiritualidad marcadamente animistas. En esas tradiciones, los símbolos espirales o de movimiento circular como el tomoe, representaban el flujo de la energía espiritual, la del viento, del agua y del fuego, o la del movimiento del universo. El tomoe, con su forma espiral, podría representar el torbellino creador de la energía vital, algo muy presente en las visiones chamánicas de las distintas culturas del mundo.

Trance, tomoe y tambor. 
En las prácticas animistas, el tambor es uno de los instrumentos centrales y su ritmo repetitivo induce estados alterados de conciencia; el tomoe en el taiko tiene sus raíces en esta relación, ya que el sonido circular del tambor acompaña los viajes espirituales y la invocación de los espíritus. Funcionaría como un sello protector o canalizador de la energía espiritual que induce el taiko.

Algunos especialistas vinculan el tomoe con los kami del trueno y del viento, Raijin y Fūjin, ambos muy importantes en la cosmología japonesa. El trueno, asociado con el sonido del tambor, y el viento, con el movimiento del espíritu, refuerzan al tomoe como símbolo de potencias invisibles que pueden ser canalizadas a través de la música y el ritual. Es también conocido que en muchas culturas chamánicas, la espiral representa la transformación del alma, el camino hacia lo invisible, y el retorno al origen. El tomoe, especialmente en su forma triple o mitsudomoe, puede simbolizar el viaje del chamán, su vida, muerte y renacimiento, o las tres etapas del trance; la separación del cuerpo, el viaje espiritual y el retorno.

Por tanto, el tomoe es un símbolo profundamente conectado con las antiguas creencias japonesas sobre el movimiento del espíritu, la naturaleza cíclica del universo, y la mediación entre lo visible y lo invisible, y su uso en los tambores taiko podría tener, desde tiempos antiguos, un propósito espiritual, mucho más allá de lo artístico y lo ceremonial.

Miko, tomoe y chamanismo japonés

El tomoe, como símbolo de movimiento energético y espiritual, podemos ligarlo al rol chamánico de las sacerdotisas shintoistas miko. La danza kagura de las miko describe muchas veces movimientos circulares o en espiral, reflejando ese flujo del tomoe, y sus ropas ceremoniales también incorporan motivos circulares o remolinos, evocando el significado de este símbolo. El tomoe, que se integró desde el principio en el sintoísmo y la estética japonesa tiene, como se ha comentado, ese trasfondo arcaico y espiritual que representaría el flujo de la vida y la muerte, el viaje del alma y la conexión en movimiento de los mundos visibles e invisibles, humanos y espirituales.

En definitiva y en el ámbito de nuestro interés como taikistas, el uso del tomoe puede entenderse como una herencia simbólica de las prácticas chamánicas antiguas, un reflejo del papel del tambor japonés como puente entre lo físico y lo espiritual, y una reverencia simbólica hacia el poder del sonido como vehículo del espíritu.






REF:

"The Elements of Japanese Design" de John Dower
"The Catalpa Bow: A Study of Shamanistic Practices in Japan" de Carmen Blacker
"Taiko Boom: Japanese Drumming in Place and Motion" de Shawn Bender
"Questioning image of Japan as a miko country: representation of shamanism in ancient Japanese myths" de M. Shchepetunina

9/25/25

LEYENDA DE TSUGUKO Y EL TAIKO CELESTIAL

L
eyenda de Tsuguko.  Una crónica del antiguo Yamato


Miko shintoista.  Fot: DR Guylene Le Mignot


El santuario de Hinokuma

En los tiempos antiguos, cuando la corte de Heian dictaba los ritmos del mundo desde sus pabellones de oro y madera de ciprés, había en las colinas de Yamato un santuario llamado Hinokuma no Miya; un lugar envuelto en la niebla matutina y el silencio sagrado, consagrado a la gran diosa del sol, cuya luz era la fuente de toda vida y orden en el mundo. Este santuario apartado de la pompa de la capital, era guardado desde generaciones por los ujigami, kamis protectores y familias enteras que compartían con ellos un nombre de clan. Entre ellas, la más devota y antigua era la familia Kawakami que no era ni noble ni guerrera pero mantenía una devoción inquebrantable, y servía en Hinokuma como puente entre hombres y dioses, entre lo visible y lo invisible; también se decía que su sangre contenía la memoria de rituales ya olvidados por el mundo exterior.

En el antiguo "Nihon Shoki", una crónica más venerada que entendida, se menciona que el gran espejo de bronce de la leyenda de Amaterasu Ō-Mikami en la gruta sagrada, el que reflejó la luz que devolvió la esperanza al mundo, había sido consagrado en este santuario de Hinokuma. Y fue en esta tierra marcada por lo sagrado donde nació Tsuguko, la última hija del linaje Kawakami que fue consagrada como miko, monja y sirviente pura del santuario; en su vida, no conoció otro mundo fuera de los muros de piedra cubiertos de musgo, los caminos de grava blanca, y los Torii que se abrían como umbrales entre lo terrenal y lo eterno.

Creció escuchando los cantos de invocación que los sacerdotes recitaban al amanecer, y aprendiendo los gestos secretos de la danza kagura para el entretenimiento y apaciguamiento de los dioses. Allí le enseñaron a leer los cambios del musgo, a entender las pausas del canto de los cuervos, y a escuchar a los árboles como si fueran ancianos que recordasen el comienzo del mundo. Pero el mundo, incluso el sagrado, no permanece quieto y cuando el cielo comenzó a oscurecerse años más tarde en los tiempos sombríos, sería ella, la hija más joven del clan Kawakami, quien sería llamada a restaurar el equilibrio perdido.

El mensajero imperial

En el tercer año de la era, cuando el cielo se tornó gris por semanas y las cosechas fallaron, un silencio inquietante se apoderó de los campos y aldeas. Los ríos bajaban lentos y turbios, como si también ellos hubieran sido alcanzados por la melancolía del cielo. Se hablaba en corrillos de amenazas, de espíritus agraviados por el olvido, de antiguos pactos rotos por la indiferencia de los hombres.

Fue entonces cuando un emisario llegó desde la capital, enviado por orden del Emperador Ninmyō. Viajaba escoltado por monjes yamabushi y portaba un pergamino lacrado con el sello imperial; era un decreto de restauración espiritual, ordenando que en el santuario de Hinokuma se realizara un kagura no mai a sus kami protectores, y restablecer así la armonía entre el cielo y la tierra. Como ofrenda sagrada, el emperador había enviado un taiko ceremonial forjado en los talleres del venerable templo Tōdai-ji. Un tambor inmenso con herrajes de oro bruñido y su piel tensada y claveteada con precisión ritual en tonos de añil profundo, como las sombras del crepúsculo sobre el mar. Se decía que el primer golpe que le dieron los monjes de Nara, había hecho temblar los cerezos aún dormidos por el invierno. Su eco era capaz de despertar incluso a los kami más antiguos, aquellos que dormían en las raíces de los cedros o en lo profundo de los estanques olvidados.

Los aldeanos, temerosos pero siempre reverentes, se reunieron en un claro del santuario, allí donde las grullas detenían su migración. Las miko, vestidas con sus mantos blancos y cintas carmesí, iniciaron la danza bajo la lluvia tenue. Y cuando el gran taiko retumbó por primera vez en Hinokuma, un viento repentino barrió las hojas secas del otoño, como si el bosque mismo se inclinara ante el sonido. Nadie dudó entonces que los dioses estaban escuchando.


Santuario de Hinokuma, en Wakayama

8/31/25

EL CUENTACUENTOS TAIKISTA: HARUKI Y EL TAMBOR DEL BOSQUE

H
ace mucho, mucho tiempo, en lo alto del monte Haguro(*), rodeado por el susurro de miles de antiguos cedros que se alzaban hacia el cielo, se encontraba el templo de montaña donde los monjes yamabushi practicaban su disciplina.

En ese templo vivía también un niño llamado Haruki. Huérfano desde pequeño, no conocía otra familia que la de los monjes que vivían en aquel lugar sagrado.  Sin embargo nunca se sentía solo pues los monjes, el bosque de cedros, las aves y los animales que habitaban entre las raíces, eran sus amigos más cercanos.

El monje más anciano, el maestro Eikan, de mirada profunda y paso silencioso, guiaba a sus jóvenes discípulos en el camino del Shugendō. Siempre hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras eran como el viento que atraviesa el bosque; suaves y llenas de sabiduría.

Cada día, Haruki ayudaba en el templo; barría las escalinatas de piedra que subían por la montaña, traía agua fresca del manantial sagrado y cuidaba el jardín zen que se encontraba cerca del antiguo salón principal de meditación. Allí, cubierto con un paño de seda, descansaba un gran taiko, que decían estaba tallado del tronco de un cedro del bosque.

Una tarde, mientras colocaba flores de sakura en el altar, Haruki no pudo contener su curiosidad:

—Maestro Eikan... ¿por qué nadie toca ese tambor?

El anciano lo miró con una sonrisa que parecía reflejar un misterio de siglos.

—Ese taiko procede de un cedro que creció en lo más profundo del bosque sagrado —respondió con voz suave—. Dicen que no suena con las manos, sino con el corazón. Es un guardián dormido que protege el monte Haguro y a quienes caminan en armonía con la naturaleza.

 

Fot: Yurii Zushchyk 


Desde aquel día, Haruki visitaba el taiko cada tarde. Al principio, solo lo observaba en silencio, pero una tarde lluviosa se atrevió a apoyar las palmas con suavidad sobre la piel del tambor.

¡don… don… don…!

El sonido resonó profundo, como el eco del bosque que habitaba alrededor de la pagoda de cinco pisos, el Gojūnotō, y cómo el latido del corazón de la propia montaña.

Pero con el tiempo, las manos de Haruki comenzaron a crear otros ritmos inspirados en el crujir de las hojas, el murmullo del arroyo y el canto lejano de los cuervos. Entonces, algo maravilloso ocurrió: ciervos curiosos, mapaches juguetones, garzas elegantes y hasta los traviesos tanukis comenzaron a acercarse al templo, atraídos por la música que parecía despertar el espíritu del bosque.

Dias después, en una noche de luna llena, Haruki fue despertado por un sonido alegre y peculiar:

¡don doko don..., don doko don...!

Sigilosamente salió al jardín, que estaba iluminado por una luz plateada, y descubrió una mágica escena: los tanukis, reunidos bajo un sakura en flor, golpeaban sus barrigas como tambores y bailaban al ritmo de la noche. Desde aquel dia, Haruki tocaba el taiko todavía con más pasión, inventando ritmos que hacían danzar a todo el bosque y traían paz al templo sagrado de los Yamabushi. 

Y otro día, Haruki corrió hacia el Maestro Eikan y le preguntó:

—Maestro, cuando tocó el taiko, los animales vienen. ¿Por qué?

El anciano cerró los ojos y respiró profundamente, como escuchando el alma del monte.

—Tu música no nace de tus manos, Haruki —dijo finalmente—, nace de tu alma. Has despertado al tambor guardián, y con él, a los kami de la montaña.

Esa misma noche, bajo la luna llena que brillaba sobre la pagoda, una figura luminosa apareció entre los cedros. Era una anciana de cabello plateado y ojos como luciérnagas; era un kami del bosque.

—Pequeño Haruki —dijo con voz dulce como el musgo—, has despertado el taiko encantado. Tu música trae armonía y alegría. ¿Qué deseas como recompensa?

Haruki pensó en todo lo que podría pedir, pero enseguida recordó a su Maestro, a los animales, al templo y al bosque.

—Solo deseo que, al escuchar este tambor, todos se sientan felices… incluso si están tristes o solos.

El kami sonrió y el taiko brilló con una cálida luz dorada, como una linterna que guía en la niebla.

Desde entonces, cada vez que Haruki toca el taiko en el monte Haguro, la tristeza se vuelve alegría, la soledad es una gran compañía, y el bosque entero baila al ritmo del tambor sagrado.

Y el Maestro Eikan, en voz baja, siempre le repite:

—El corazón que da sin pedir… siempre recibe en abundancia.

 

 REF:

"The Catalpa Bow" de Carmen Blacker
"Bunbuku Chagama" Folklore of Japan. Kids Web Japan
“Kwaidan” de Lafcadio Hearn
"Myths and Legends of Japan" de F. Hadland Davis




Escaleras del monte Haguro.     Fot: japan-guide.com



Monte Haguro: Es uno de los lugares de culto a la montaña más antiguos de Japon.

Monjes yamabushi: "Los que se acuestan en la montaña"; estos ascetas viven en plena naturaleza, realizando rituales de disciplina rigurosa y meditación para purificar el espíritu y conectar con los kami.

Shugendō: es una práctica mística y espiritual tradicional de Japón surgida en la época pre-feudal. El objetivo de sus practicantes, los Yamabushi, es llegar a la iluminación. Para ello es necesaria la experiencia natural a través de la vida ascética en las montañas

Flores de sakura: La flor de cerezo simboliza la belleza efímera de la vida y la transitoriedad de la existencia, y reflejan el valor de los momentos fugaces y la inevitabilidad del cambio

Gojūnotō: construida originalmente en el Período Heinan, hacia el 900, esta pagoda de cinco pisos tiene 30 metros de altura y una estructura de madera sin barnizar, diseñada para integrarse con la naturaleza circundante

Tanukis: Mapaches japoneses, que son también legendarios yōkai pícaros y traviesos, maestros en el disfraz y el cambio de forma que pueden hallarse en muchos templos y santuarios; tocan el tambor con su propia barriga o sus testículos 

Kami: en el sintoísmo, es la palabra que honra a los espíritus protectores sagrados y nobles, y a sus virtudes y autoridad