SALUDO Y BIENVENIDA

Oí hablar por primera vez del taiko japonés en 1985 haciendo estudios de antropología médica en México a través de una querida profesora nikkei -hija de emigrantes japoneses-, Sayoko Kageyama. También con ella me enteré de la pervivencia de ciertas formas de chamanismo en Japón y particularmente de las Itako, sobre las que volveré más veces en el blog. Pues bien, aunque he seguido interesado profesionalmente en el chamanismo y en las interpretaciones culturales de los fenómenos de salud y muerte, han pasado más de 30 años hasta volver a contactar específicamente con el mundo y la cultura del taiko. Y fué en un taller/demostración de taiko para niños en el Pilar zaragozano de 2018 cuando escuché el "gran tambor" a manos de Kumiko Fujimura; y fué para mí un auténtico flash emocional... 

Y ahora, después de participar estos años en el grupo Kamidaiko que coordina Kumiko, y quedar seducido por esta manifestación cultural japonesa, arranco este blog con unos cuantos apuntes y reflexiones personales en torno a mi experiencia, emociones, trabajos y lecturas sobre el taiko, que pueden ilustrar esta travesía por algunos aspectos de la rica cultura japonesa. Los errores e inexactitudes que seguro encontrareis son de mi entera responsabilidad y ruego que me los hagáis saber, para rectificarlos, si os tomáis la molestia de visitar estas páginas.  Siguiendo las normas de educación, saludo con una leve inclinación de cabeza o, si se prefiere, juntando frente a la boca las palmas de las manos -gassho- al modo budista, o de las dos maneras a la vez. En todo caso, gracias por interesaros en el blog y, por supuesto, en el taiko. Ah, y la rana del título del blog es, por supuesto, la del haiku del estanque de Bashō, el gran haijin. 

Para abrir boca, os dejo con Kodo y el poderoso sonido del "Gran tambor".

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1/02/26

KAMIDAIKO Y LA CABALGATA DE REYES

La previsión meteorológica para estos Reyes de 2026 no es la mejor para los desfiles al aire libre por las calles de Zaragoza. Es posible, incluso, que nieve...

Por eso, para desechar posibles pensamientos de huida y dar mayor sentido a la presencia de los taikos japoneses de Kamidaiko en la Cabalgata de los Reyes Magos -mas allá de situar a éstos legendariamente en el “Oriente”-, he estado revisando algunas fuentes y textos y encontrado cierta relación de nuestros Reyes con tradiciones budistas de India, China y Japón, que pueden dar alguna interesante pista sobre el asunto y sus conexiones, y que paso a comentar.



El grupo Kamidaiko ataviado para la Cabalgata de Reyes 2026 de Zaragoza


En primer lugar, los Tres Reyes de la India. En algunas narrativas y textos budistas muy antiguos, se hace mención a tres figuras sabias o reyes de la India que visitan al niño Buda iluminado en su nacimiento; sin embargo, ese viaje y peregrinación está mucho más relacionado con la búsqueda y veneración de la sabiduría que con los regalos materiales de nuestros Reyes Magos, aunque es cierto que el oro, el incienso y la mirra también representan simbólicamente para el cristianismo, la realeza, la divinidad y la humanidad de Cristo.


Aquellos tres monarcas -los de la India- son considerados pilares históricos en la consolidación y expansión del budismo y en la compilación de sus textos originales, y recordados a menudo por su enorme impacto en la historia de esta religión; una tradición que utiliza la figura de los tres reyes para simbolizar la llegada de la sabiduría y la iluminación desde algún lugar remoto, y que representarían también tres elementos fundamentales del budismo, como son la sabiduría, la ética y la meditación y, por tanto, su camino hacia la iluminación.




Según otra importante tradición budista, así como en algunas leyendas y mitos chinos, se habla de los "Tres Tesoros" o "Trayas", como elementos fundamentales de la fe, que representarían lo que todos los budistas deben venerar y seguir, los mismos que he mencionado antes para los reyes de la India. Es decir, el Buddha o ser iluminado, que desde su nacimiento muestra señales de ser un ser especial o divino y es el ejemplo más alto de lo que todos los seres humanos pueden lograr a través de la práctica espiritual; el Dharma o las enseñanzas del Buda y su doctrina de la iluminación como ley universal y camino hacia la liberación del sufrimiento; y el Sangha o comunidad de practicantes monjes y laicos budistas que siguen sus enseñanzas.


Este concepto de los Tres Tesoros podemos verlo como una especie de "trinidad" budista, y su mitología hace referencia muchas veces a sabios o sabias que visitan a seres iluminados o divinos.




Y por último, podemos también hablar de Los Tres Grandes Sabios -San Daizai- de la tradición budista japonesa, aunque es verdad que no son sabios en el mismo sentido que los Reyes Magos. Estas figuras representan más bien enseñanzas espirituales y de la sabiduría profunda. En algunas leyendas y enseñanzas, los San Daizai son sabios o grandes maestros que desempeñan un papel similar, aunque de un rango inferior, al de los Tres Tesoros, en relación a los caminos de la sabiduría y a los principios doctrinales del budismo.


El término San Daizai puede referirse a diferentes tríos de figuras budistas veneradas a lo largo de la historia de Japón, y su interpretación varía según la escuela budista o sus leyendas. Algunas interpretaciones incluyen a figuras de monjes venerables que podrían considerarse representaciones de esa sabiduría y enseñanza, pero que no son parte de su núcleo doctrinal como los Tres Tesoros. Estos monjes sabios, aunque contemporáneos de la misma era de reformas budistas -el periodo Kamakura de los siglos XII y XIII-, representaron tres caminos diferentes e igualmente influyentes de esa reforma: Hōnen introdujo la simplicidad, Shinran la fe radical laica, y Nichiren la exclusividad del Sutra del Loto para la iluminación, marcando profundas divisiones y evoluciones en el budismo japonés.




*  *  *




Y ahora un pequeño reportaje de nuestra participación en la Noche de Reyes zaragozana de 2026. 

 

12/13/25

EL PARANKU DE AKIRA. Fin de año en Yomitan

E
n el pequeño pueblo costero de Yomitan en la isla de Okinawa, otro año estaba a punto de despedirse aquella misma noche. El aire traía como siempre el olor del mar, pero rodeado ahora de un silencio especial, como si los espíritus antiguos caminaran más cerca del pueblo, atentos al pulso de los vivos.



Danza Eisa y Paranku de Okinawa.  Fot: Tarumi Kengo



Antes de comenzar los preparativos de su tradicional danza eisa, todos los danzantes de Yomitan sabían que debían visitar a la Yuta del pueblo. Se llamaba Tsubura y vivía junto al bosque, donde los árboles siempre escuchan y recuerdan. La anciana mujer no sólo sanaba los cuerpos de estas gentes, también hablaba con los muertos familiares y podía leer los hilos invisibles del tiempo.

Aquella tarde, el joven Akira llegó a casa de la Yuta con el paranku bajo el brazo. Era la primera vez que iba a liderar el grupo de danza de fin de año en la aldea, y su corazón temblaba como una llama inquieta.

- No pienses que el tambor suena así por tus manos, le dijo Tsubura sin mirarlo. Vibra por aquello que te pesa en el corazón y de lo que aún no te has desprendido.

La Yuta esparció sal marina sobre la piel del tambor y encendió incienso. El humo ascendió en espirales, trazando caminos para las oraciones antiguas. Sus labios murmuraron nombres olvidados, llamando a los utaki, espacios sagrados y espíritus familiares que esa noche cruzarían el velo del tiempo para escuchar la eisa.

- Cuando llegue el último redoble, continuó, no pienses en el año que termina; entrégale aquello que ya no debe caminar contigo y debes liberar en el que empieza. El paranku te abrirá el camino.

Al caer la noche, la plaza se iluminó con muchos faroles. El ritmo comenzó lento y profundo y los danzantes avanzaron como una suave marea. Taikos y parankus acompañaban los giros y figuras de la danza, despertando el suelo bajo los pies y los cielos sobre las cabezas. Akira sentía cada golpe vibrar en su pecho, como si todas las voces de la aldea golpearan juntas con él.

En el instante final del año, recordó las palabras de la Yuta. Golpeó el tambor una última vez, no para pedir, sino para vaciar, para soltar. El sonido se elevó, cruzó el pueblo, el bosque y el mar, y los ancestros escucharon. El nuevo año nació ligero, purificado y luminoso.

Desde la penumbra del bosque, Tsubura sonrió en silencio. La danza eisa había cumplido su destino; no sólo celebraba el tiempo pasado y por venir, sino que lo sanaba para los okinawenses cumplidores del Obon.


Danza Eisa:  es una danza que se realiza en Okinawa -archipiélago Ryukyu- el último día del Obon, la festividad de tradición budista donde se celebra la llegada de los espíritus de los antepasados difuntos para honrarlos y rendirles culto durante su visita a nuestro mundo, a la vez que éstos traen prosperidad y bienestar a sus familiares.

Yuta:  Medium espiritual de las Ryukyu. Pueden entrar en un estado de posesión durante el cual se comunican con deidades y espíritus de los muertos. En el proceso, manifiestan poderes espirituales y practican magia en forma de oráculos, augurios y ceremonias de curación.

Paranku:  es un instrumento clave para la danza eisa en Okinawa. De forma similar a la pandereta occidental, con piel tensada en una de sus caras. Los intérpretes de eisa lo sostienen con una mano y lo golpean con un bachi con la otra mientras bailan con energía. Es muy ligero y portátil para acompañar coreografías. 

Utaki:  Seifa Utaki es un conjunto de lugares sagrados de la tradición animista okinawense. Fue precisamente a este lugar donde la diosa Amamikiyo descendió para dar a luz a sus hijos, que engendrarían posteriormente a los primeros habitantes del archipiélago Ryukyu.



 

11/10/25

LA CARROZA DE KITSUNE

O
tro relato de fin de año


Máscara kitsune y carroza japonesa con taiko
Máscara kitsune y carroza con taiko


kitsune


Noche de invierno en Kioto. Esta última noche del año teje un fino silencio sobre las viejas avenidas y las carrozas esperan, cubiertas de sedas de colores asomando sobre la nieve, con muchas linternas que titilan como luciérnagas atrapadas. 
El aire tiene un aroma dulce a sopa de fideos, madera y sake.

Cuando los relojes marcan la medianoche, los taikos despiertan y comienzan a latir. No es solo uno, hay decenas, grandes y pequeños, de piel tensa y corazón vivo; su sonido levanta la escarcha del suelo, hace temblar las fachadas y agita banderolas y estandartes;  t
oda la ciudad late con ellos, y cada golpe de los tambores resuena como un conjuro: 

don... doko... don... doko... 

Sobre una de las carrozas, cuelgan las máscaras kitsune, esos zorros yokais que habitan entre lo humano y lo divino. Algunas ríen con cierta ironía, pero otras parecen llorar; porque se dice que en la nochevieja misoka-, si miras una máscara kitsune durante el tañido del taiko, podrías ver como mueve sus labios;  si la máscara sonríe… es porque ha elegido tu alma.

Entre la multitud, una mujer, Aya, danza con una de esas máscaras en el rostro, blanca y dorada con el hilo rojo de su atadura cayendo sobre el cuello. Los taikos marcan el paso y su silueta parece ondular y tejerse entre el humo y la nieve. El joven Haru, al verla, no supo si era mujer o espíritu, pero su corazón respondió enseguida al ritmo del tambor.

El estruendo crecía. Quince kitsunes, cien taikos, mil latidos. Las carrozas avanzaban lentamente; las máscaras comenzaron a vibrar y agitarse con la música, y sus sombras danzaban a su aire sobre la madera de la carroza. Haru se acercó siguiendo el compás hasta quedar frente a Aya, que alzó la máscara mostrando unos ojos que brillaban con tanta luz como las linternas que la rodeaban.

—¿Eres real? —susurró él.

Ella sonrió.

—Esta noche, amigo desconocido, todos lo somos.

La cabalgata continuó hasta que el último golpe de los taikos resonó con la fuerza del amanecer. Las máscaras kitsune giraron sus rostros hacia el cielo y, por un instante, parecieron reír entre el sonido del viento y las campanillas de las carrozas.

Cuando la música cesó, Aya ya no estaba. 
Sólo quedaba su máscara sobre el suelo, y el eco lejano de un taiko que, según dicen, aún resuena cada fin de año, el dia que los kitsune regresan a danzar entre los humanos.




Relato inspirado en:

"Los cuentos de la luna pálida" de Kenji Mizoguchi
"Hombres sin mujeres" de Haruki Murakami
"Kwaidan" de Lafcadio Hearn

10/01/25

EL TOMOE DE LOS TAIKOS

Q

ue es ese dibujo, ese signo en forma de remolino, que vemos muchas veces dibujado sobre la piel de los taikos? ¿cual es su origen y su significado?. Hablemos un poco de ello

El "Tomoe" es un símbolo tradicional japonés, muy reconocido, que aparece con frecuencia en el arte, la arquitectura, los objetos ceremoniales y también, en los instrumentos musicales. A menudo la piel de los tambores taiko está decorada con este símbolo que parece un remolino o espiral; en concreto, el Mitsudomoe, que es la versión de triple coma.


En general, se representa en forma de comas que giran alrededor de un punto central; las versiones más comunes son: El Ichidomoe, de un solo remolino, el Futatsudomoe de dos remolinos entrelazados y el Mitsudomoe, de tres remolinos, que es la más común y la que se suele ver en los taikos. Se ven incluso versiones tomoe de cuatro comas, que recuerdan al lauburu vasco, y que suelen simbolizar deseos de prosperidad y salud.

El tomoe tiene orígenes muy antiguos, conectados con simbologías budistas y animistas. En la cultura japonesa, ha sido asociado con los movimientos cíclicos del agua, el viento, el fuego o el cielo; como reflejo de energías opuestas y complementarias, o como protección espiritual en templos sintoístas y objetos rituales. En el caso del mitsudomoe, se interpreta como la unión del cielo, la tierra y la humanidad, o también como conexión cuerpo-mente-espíritu.


Tomoe y taiko

El Tomoe en los taikos no solo cumple función decorativa, sino que refuerza el vínculo espiritual del tambor con la tradición y la energía ancestral. Indica un respeto a lo sagrado, reflejado históricamente en su uso en rituales religiosos, festivales matsuri, y ceremonias; grupos profesionales de taiko como Kodo lo utilizan como parte de su identidad visual.




Desde el punto de vista estrictamente musical, el diseño espiral del tomoe representa muy bien el flujo continuo, la rotación cíclica y la energía constante del taiko. Este paralelismo entre el movimiento visual del tomoe y el movimiento rítmico del taiko inspira a algunos intérpretes a ver su música como una danza circular de energía. Asi, los taikistas de Kodo o Taikoza giran sus cuerpos y se mueven en patrones circulares que reflejan ese movimiento en espiral del tomoe. Además, en algunos rituales y matsuris, se cree que el tomoe dibujado en el tambor protege al intérprete y potencia su espiritualidad sonora, reforzando el carácter sagrado o ritual del sonido y energía del taiko.

Por otra parte, la relación del tomoe con la experiencia chamánica es profunda, aunque algo velada por el paso del tiempo y la integración de este símbolo en el sintoísmo y otras tradiciones japonesas más formalizadas. Sabemos que antes de la consolidación del sintoísmo estatal y el budismo, Japón, como muchas otras culturas antiguas, tenía formas de espiritualidad marcadamente animistas. En esas tradiciones, los símbolos espirales o de movimiento circular como el tomoe, representaban el flujo de la energía espiritual, la del viento, del agua y del fuego, o la del movimiento del universo. El tomoe, con su forma espiral, podría representar el torbellino creador de la energía vital, algo muy presente en las visiones chamánicas de las distintas culturas del mundo.

Trance, tomoe y tambor. 
En las prácticas animistas, el tambor es uno de los instrumentos centrales y su ritmo repetitivo induce estados alterados de conciencia; el tomoe en el taiko tiene sus raíces en esta relación, ya que el sonido circular del tambor acompaña los viajes espirituales y la invocación de los espíritus. Funcionaría como un sello protector o canalizador de la energía espiritual que induce el taiko.

Algunos especialistas vinculan el tomoe con los kami del trueno y del viento, Raijin y Fūjin, ambos muy importantes en la cosmología japonesa. El trueno, asociado con el sonido del tambor, y el viento, con el movimiento del espíritu, refuerzan al tomoe como símbolo de potencias invisibles que pueden ser canalizadas a través de la música y el ritual. Es también conocido que en muchas culturas chamánicas, la espiral representa la transformación del alma, el camino hacia lo invisible, y el retorno al origen. El tomoe, especialmente en su forma triple o mitsudomoe, puede simbolizar el viaje del chamán, su vida, muerte y renacimiento, o las tres etapas del trance; la separación del cuerpo, el viaje espiritual y el retorno.

Por tanto, el tomoe es un símbolo profundamente conectado con las antiguas creencias japonesas sobre el movimiento del espíritu, la naturaleza cíclica del universo, y la mediación entre lo visible y lo invisible, y su uso en los tambores taiko podría tener, desde tiempos antiguos, un propósito espiritual, mucho más allá de lo artístico y lo ceremonial.

Miko, tomoe y chamanismo japonés

El tomoe, como símbolo de movimiento energético y espiritual, podemos ligarlo al rol chamánico de las sacerdotisas shintoistas miko. La danza kagura de las miko describe muchas veces movimientos circulares o en espiral, reflejando ese flujo del tomoe, y sus ropas ceremoniales también incorporan motivos circulares o remolinos, evocando el significado de este símbolo. El tomoe, que se integró desde el principio en el sintoísmo y la estética japonesa tiene, como se ha comentado, ese trasfondo arcaico y espiritual que representaría el flujo de la vida y la muerte, el viaje del alma y la conexión en movimiento de los mundos visibles e invisibles, humanos y espirituales.

En definitiva y en el ámbito de nuestro interés como taikistas, el uso del tomoe puede entenderse como una herencia simbólica de las prácticas chamánicas antiguas, un reflejo del papel del tambor japonés como puente entre lo físico y lo espiritual, y una reverencia simbólica hacia el poder del sonido como vehículo del espíritu.






REF:

"The Elements of Japanese Design" de John Dower
"The Catalpa Bow: A Study of Shamanistic Practices in Japan" de Carmen Blacker
"Taiko Boom: Japanese Drumming in Place and Motion" de Shawn Bender
"Questioning image of Japan as a miko country: representation of shamanism in ancient Japanese myths" de M. Shchepetunina

9/25/25

LEYENDA DE TSUGUKO Y EL TAIKO CELESTIAL

L
eyenda de Tsuguko.  Una crónica del antiguo Yamato


Miko shintoista.  Fot: DR Guylene Le Mignot


El santuario de Hinokuma

En los tiempos antiguos, cuando la corte de Heian dictaba los ritmos del mundo desde sus pabellones de oro y madera de ciprés, había en las colinas de Yamato un santuario llamado Hinokuma no Miya; un lugar envuelto en la niebla matutina y el silencio sagrado, consagrado a la gran diosa del sol, cuya luz era la fuente de toda vida y orden en el mundo. Este santuario apartado de la pompa de la capital, era guardado desde generaciones por los ujigami, kamis protectores y familias enteras que compartían con ellos un nombre de clan. Entre ellas, la más devota y antigua era la familia Kawakami que no era ni noble ni guerrera pero mantenía una devoción inquebrantable, y servía en Hinokuma como puente entre hombres y dioses, entre lo visible y lo invisible; también se decía que su sangre contenía la memoria de rituales ya olvidados por el mundo exterior.

En el antiguo "Nihon Shoki", una crónica más venerada que entendida, se menciona que el gran espejo de bronce de la leyenda de Amaterasu Ō-Mikami en la gruta sagrada, el que reflejó la luz que devolvió la esperanza al mundo, había sido consagrado en este santuario de Hinokuma. Y fue en esta tierra marcada por lo sagrado donde nació Tsuguko, la última hija del linaje Kawakami que fue consagrada como miko, monja y sirviente pura del santuario; en su vida, no conoció otro mundo fuera de los muros de piedra cubiertos de musgo, los caminos de grava blanca, y los Torii que se abrían como umbrales entre lo terrenal y lo eterno.

Creció escuchando los cantos de invocación que los sacerdotes recitaban al amanecer, y aprendiendo los gestos secretos de la danza kagura para el entretenimiento y apaciguamiento de los dioses. Allí le enseñaron a leer los cambios del musgo, a entender las pausas del canto de los cuervos, y a escuchar a los árboles como si fueran ancianos que recordasen el comienzo del mundo. Pero el mundo, incluso el sagrado, no permanece quieto y cuando el cielo comenzó a oscurecerse años más tarde en los tiempos sombríos, sería ella, la hija más joven del clan Kawakami, quien sería llamada a restaurar el equilibrio perdido.

El mensajero imperial

En el tercer año de la era, cuando el cielo se tornó gris por semanas y las cosechas fallaron, un silencio inquietante se apoderó de los campos y aldeas. Los ríos bajaban lentos y turbios, como si también ellos hubieran sido alcanzados por la melancolía del cielo. Se hablaba en corrillos de amenazas, de espíritus agraviados por el olvido, de antiguos pactos rotos por la indiferencia de los hombres.

Fue entonces cuando un emisario llegó desde la capital, enviado por orden del Emperador Ninmyō. Viajaba escoltado por monjes yamabushi y portaba un pergamino lacrado con el sello imperial; era un decreto de restauración espiritual, ordenando que en el santuario de Hinokuma se realizara un kagura no mai a sus kami protectores, y restablecer así la armonía entre el cielo y la tierra. Como ofrenda sagrada, el emperador había enviado un taiko ceremonial forjado en los talleres del venerable templo Tōdai-ji. Un tambor inmenso con herrajes de oro bruñido y su piel tensada y claveteada con precisión ritual en tonos de añil profundo, como las sombras del crepúsculo sobre el mar. Se decía que el primer golpe que le dieron los monjes de Nara, había hecho temblar los cerezos aún dormidos por el invierno. Su eco era capaz de despertar incluso a los kami más antiguos, aquellos que dormían en las raíces de los cedros o en lo profundo de los estanques olvidados.

Los aldeanos, temerosos pero siempre reverentes, se reunieron en un claro del santuario, allí donde las grullas detenían su migración. Las miko, vestidas con sus mantos blancos y cintas carmesí, iniciaron la danza bajo la lluvia tenue. Y cuando el gran taiko retumbó por primera vez en Hinokuma, un viento repentino barrió las hojas secas del otoño, como si el bosque mismo se inclinara ante el sonido. Nadie dudó entonces que los dioses estaban escuchando.


Santuario de Hinokuma, en Wakayama

8/11/25

LA SONRISA DE OKAME Y EL PODER DE LA MÁSCARA

E

n un pequeño pueblo de montaña, en los Alpes de Honshu, donde la niebla se cuela entre los tejados y los cerezos florecen en invierno (*), vivía una anciana llamada Sayo. Esta mujer había heredado una antigua tienda de máscaras teatrales que llevaba generaciones en su familia.

Entre todas las máscaras de su tienda, -onis, samuráis y yokais-, había una que nunca se vendía, ni se prestaba, ni se tocaba: la máscara de Okame, con sus mejillas redondas y sonrosadas, la frente amplia y esa sonrisa eterna que parecía saber mucho más de lo que mostraba. 

Los ancianos del pueblo hablaban de que aquella máscara no era simplemente una bella artesanía; se decía que contenía el espíritu de una mujer olvidada por el tiempo, una Miko que bailaba en los santuarios shinto, cuando los humanos aún hablaban con los kami.


Máscara de Okame


Una noche de tormenta, mientras los truenos desgarraban el cielo, un joven forastero llegó al pueblo. Su nombre era Ichiro, un actor errante en busca de inspiración. Se refugió en la tienda de Sayo, atraído por las mascaras teatrales mostradas en la puerta, la calidez de sus linternas y el misterioso resplandor que parecía emanar de la máscara de Okame.

— Esa no está en venta-, advirtió Sayo con voz seca cuando se percató de su interés.

Pero Ichiro no podía apartar la vista de aquel objeto precioso. Había algo en esa sonrisa que le hablaba directamente al alma, como si la máscara supiera cuales eran sus dudas y preocupaciones, incluso más de lo que el mismo sabía. Esa noche, desobedeciendo la advertencia, Ichiro volvió a la tienda. El viento abrió la puerta como si le invitara, y allí, bajo la luz temblorosa, tomó la máscara y se la puso. Y en ese instante, todo cambió alrededor.

Ya no estaba en la tienda, sino en un magnífico teatro de bambú dorado, bajo una luna enorme y sonriente. Alrededor, cientos de máscaras flotaban en el aire, observándole, y un taiko oculto marcaba el ritmo de la escena. Sin saber por qué, Ichiro, cubierto con el rostro de Okame, comenzó a danzar. Hay que recordar aquí que, en el teatro tradicional japonés, los papeles femeninos los interpretan actores varones con máscara.


Actor de Noh con máscara femenina


Sus movimientos, que parecían volar sobre el escenario, eran seguidos por destellos de luz y brotes de alegría. La máscara no le cubría, más bien le transformaba. Ya no era el actor perdido y sin trabajo: era la alegría misma, la fortuna y la belleza.

Al amanecer, Sayo encontró la tienda intacta, excepto por una cosa: la máscara de Okame ya no estaba y, en su lugar, una nueva máscara había aparecido. Tenía los rasgos del forastero Ichiro, pero con los ojos cerrados en paz y una sonrisa dulce como la brisa de primavera.

Desde entonces, los artistas que buscan sentido e inspiración en su arte peregrinan hasta el pueblo. Algunos dicen que, si su alma está vacía, la nueva máscara le devuelve al escenario -el honbutai del teatro Noh-, con los bolsillos llenos de silencio. Pero si su espíritu aún baila y está abierto a la imaginación y la sorpresa, aunque solo sea un poco, ella le lleva al lugar donde los sueños ríen... recitan y bailan bajo la máscara.



* Remito a una entrada anterior con el tema de los sakura (cerezos) de nieve:   
https://www.blogger.com/blog/post/edit/5097428209403847977/8438930596740054539?hl=es
           

 


Ref:
Lafcadio Hearn – Kwaidan (1904 ): Relatos clásicos de fantasmas y espíritus del Japón antiguo.
Zeami Motokiyo, obras para teatro Noh, con máscaras de presencia espiritual.

7/22/25

DE LAS RAICES CHAMÁNICAS DEL TAIKO JAPONÉS

A
bordamos en esta entrada algunas singularidades antropológicas de Japón que vinculan la percusión tradicional y el taiko en particular, con su origen ancestral y con la pervivencia popular de creencias animistas y mágicas en sus gentes y territorios.

Sabemos que el taiko, en su forma actual, fue introducido desde el continente asiático junto con el budismo hacia el siglo VI, integrándose rápidamente en los ritos religiosos tanto del budismo como del shintoísmo local. También se incorporó a festivales populares, desarrollando con el tiempo una personalidad propia, profundamente característica de la cultura musical japonesa.

Desde su raíz shintoísta, el uso del taiko se ha vinculado estrechamente con rituales que honran a los espíritus de la naturaleza, los kami. En muchas festividades y matsuri, el taiko actúa como saludo a las deidades y como medio de limpieza espiritual de los espacios sagrados, abriendo canales de conexión con lo divino. Para el shintoísmo, el sonido del tambor lleva unido un poder espiritual; sus ritmos son considerados ecos de la naturaleza y representan la voz misma de los kami. Así, el taiko marca habitualmente el inicio de las ceremonias en templos y santuarios, creando un puente entre el mundo humano y el espiritual.

Sin embargo, en su dimensión más espiritual, el taiko remite también a manifestaciones anteriores a las religiones institucionales de Japón, y se conecta con un pasado animista y chamánico, profundamente enraizado en sus prácticas de invocación, sanación y purificación. Dentro de ese chamanismo japonés, como también ocurre en otros contextos culturales y territorios, el tambor opera en dos niveles fundamentales: la energía y el ritmo, canales ancestrales de comunicación con lo espiritual. En los rituales chamánicos, se emplea para invocar, proteger, purificar o sanar y el sonido vibrante del taiko funciona como herramienta de mediación entre el mundo físico y el espiritual, facilitando trances y estados de conciencia alterados en los que la intención humana se alinea, en su creencia, con la energía cósmica.

Describiremos algunas dimensiones (y actores) de esta relación:



Como herramienta de invocación de los espíritus kami.

Los taikos tradicionales no son solo instrumentos musicales, sino también vehículos espirituales. En ceremonias shintoístas, el ritmo repetitivo del tambor sirve para convocar a los kami, que según el imaginario japonés habitan en la naturaleza o en sus elementos.

Particularmente en zonas rurales y en prácticas vinculadas a las Miko de templos y santuarios -las sacerdotisas shintoístas-, los taikos se utilizan para invocar espíritus, purificar espacios y proteger a la comunidad de influencias negativas. El sonido del tambor establece una vibración que despierta la presencia divina y conecta el plano humano con el espiritual. En concreto, las Kuchiyose Miko actúan como médiums de los espíritus, hablando en nombre de los difuntos y aún pueden encontrarse en algunas zonas, sobre todo en el noreste de Japón.


Mikos shintoistas, danza Kagura y Chieko Kojima.    Fot: Royumi-world.com & sophoco


Las miko representan una antigua forma femenina de mediación espiritual, relacionada con el chamanismo prebudista y el culto a los kami. Sus prácticas incluían el trance y la posesión espiritual -kamigakari-, actuando como médiums transmisores de los mensajes divinos a la comunidad.

Una de sus expresiones más conocidas es la danza ritual Kagura, cuyo significado literal es “entretenimiento de los dioses”. Esta danza sagrada, ejecutada por una miko, busca invocar a los kami y, en ocasiones, facilitar la posesión espiritual. Se divide en dos partes: una fase ritual que prepara el espacio y otra escénica, que entretiene tanto a los dioses como al público. Aunque muchas representaciones actuales han perdido su carácter ritual y espiritual, en el pasado estas danzas eran centrales en festividades religiosas.

El acompañamiento musical del Kagura incluye suzu (cascabeles) y taikos tocados por monjes, así como otros objetos rituales como los gohei (bastones con tiras de papel), o los espejos kagami, que refuerzan la conexión con el plano espiritual. El Tamafuri -sacudiendo el espíritu- es la práctica en la que las miko agitan el gohei para invocar a los kami y las energías espirituales positivas, y el Chinkon es el ritual de pacificación de los espíritus en el que las miko realizan movimientos específicos y cánticos para calmar su inquietud y atraer la paz; éste es, en origen, un ritual para asegurar y fortalecer o rejuvenecer el alma de una persona moribunda. 

Quiero recordar aquí a la gran Chieko Kojima que nos ha visitado varias veces en Zaragoza, desarrollando junto al dúo Tomorō, magníficos conciertos y masterclass para nuestro grupo Kamidaiko. Muchas de sus coreografías y performances incorporan los gestos fluidos y postura ritual, el vestuario ceremonial y la narrativa mitológica propios de las Miko del Kagura, aunque reinterpretado en lenguaje contemporáneo.

Pero más allá del Kagura, muchas danzas tradicionales vinculadas al taiko poseen claras raíces chamánicas. Especialmente en el contexto de los matsuri o rituales agrícolas, los movimientos coreográficos que acompañan al tambor convierten al cuerpo humano en un canal de energía espiritual. En estas ocasiones, el tambor no solo tiene una función musical, sino que regula el flujo de las energías físicas y espirituales.



En los ritos de purificación.

En ceremonias shintoístas y festividades populares, el taiko se emplea habitualmente en rituales de purificación. Durante los matsuri, además de su valor musical, su sonido sirve para expulsar espíritus malignos, eliminar energías negativas y crear una atmósfera propicia para la comunión con lo divino.

Este uso se asemeja a otras prácticas chamánicas presentes en muchas culturas, donde la música y la percusión actúan como vehículos para restaurar el equilibrio espiritual. Los ritmos del taiko purifican el espacio energético y facilitan la sanación o la comunicación espiritual. Su sonido puro y rítmico expulsa las energías negativas, ahuyenta los espíritus malignos, limpia espacios rituales, concentra la energía espiritual del/la chamán, e invoca a los espíritus ancestrales y deidades benévolas.


Las Itako de Aomori en ceremonial de Kuchiyose.     Fot: Henry Johnson


Durante el festival de las Itako en el monte Osore, al norte de Honshū, dedicado especialmente a los muertos familiares y la conexión con los antepasados, hay procesiones y ceremonias donde a menudo se escucha el taiko tocado por monjes o asistentes al festival, y acompaña algunas fases públicas de los rituales, especialmente las de apertura o cierre, donde se purifica el recinto entero o se llama la atención de los ancestros.

Las Itako, médiums ciegas de la prefectura de Aomori, representan una tradición espiritual japonesa fuertemente asociada al trance y la comunicación con los muertos -ceremonia del kuchiyose-. En sus rituales utilizan diversos instrumentos de percusión como suzu, pequeños tambores chamánicos, tsuzumi (taikos de hombro) o simples tablillas (hyoshigi). Estos elementos son esenciales para inducir el trance y facilitar el kamigakari o posesión. 

 

Itako ciega tocando el Azusa Yumi (Arco de Catalpa) en el ritual del Kuchiyose


Su ritual típico incluye:

- Toques iniciales de campanillas y pequeños tambores.
- Invocación: a través de cantos y percusión rítmica (con azusa yumi / música de los dioses).
- Trance: sostenido por el ritmo acelerado.
- Purificación final: mediante golpes de tambor y sal esparcida en círculo.



3/16/25

ALGO MÁS SOBRE LA MASCARA DAIKIJIN

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ablemos un poco mas sobre esta mascara que aparece eventualmente en los espectaculos de nuestro grupo Kamidaiko. Se trata de Daikijin.

El término Dai significa "grande", ki significa "diablo" y jin significa "dios". Por lo tanto, se puede traducir como dios o Kami "del Gran Diablo". Al igual que muchos otros kami y yōkais, estos seres son espíritus de naturaleza moral ambivalente y, a pesar de su apariencia fiera y terrible, también se utilizan en ceremonias de aldea como espíritus protectores.


Mascara Daikijin


No lloreis, niños; da miedo pero es bueno... 

Muchas otras religiones reflejan esa tensión entre el bien y el mal del diablo o los demonios. Mientras que los Oni o diablos japoneses son criaturas temibles, a menudo se convierten en Oni debido a alguna antigua desgracia, más o menos involuntaria. Los Oni llegaron a Japón junto con el budismo en algún momento del siglo VI y pueden ser tanto hombres como mujeres; se representan con tonos de piel rojo y azul habitualmente, cuernos que sobresalen de sus frentes y, a veces, tres ojos. Además de sus caras aterradoras, los Oni son conocidos por su fuerza y tamaño gigantescos, lo que los hace bastante intimidantes en general. Aunque temibles, no es raro ver sus imágenes a lo largo de todo Japón y sus fiestas. De hecho, la gente usa máscaras de Oni en festivales, rituales y obras de teatro, a modo de amuleto, considerando las máscaras una táctica para combatir "fuego con fuego" o "el mal con el mal".


Espectáculo con Onis


Volvamos a Daikijin. Aunque se sabe poco de su origen, su imagen es bastante popular. Tiene una cara blanca pálida con cabello claro largo y tupido. A menudo se le describe con una larga barba blanca y un bigote, lo que le da una apariencia similar a la de un león. De su frente sobresalen dos grandes cuernos blancos, y tiene ojos dorados y enojados. Su gran boca roja está abierta, mostrando una dentadura afilada con caninos dorados. A veces, Daikijin se representa como el espíritu de una persona influyente que sufrió abusos en vida y regresa con deseos de venganza. Tener al rey de los demonios en tu cuerpo sería una señal para que otros demonios más pequeños se mantengan alejados. De ahí su éxito como tatuaje.

La máscara japonesa de Daikijin representa en realidad a Daikokuten, el dios de la Gran Oscuridad, uno de los siete dioses de la fortuna en la tradición japonesa. Daikokuten es conocido también como el dios de la riqueza, la abundancia y la prosperidad, y se le asocia con la agricultura, el comercio y la alimentación. 

En cuanto a la máscara misma, los rasgos faciales son amplios y expresivos, reflejando paradójicamente la benevolencia, generosidad y carácter alegre que también acompañan a este kami, y algunas máscaras pueden mostrar una sonrisa o una expresión de fuerza, representando tanto su poder físico como espiritual. En resumen, la máscara de Daikijin simboliza riqueza, abundancia, protección y sabiduría, además de ser un recordatorio de la importancia de la generosidad y el uso adecuado de los recursos. 

Una curiosidad. Sa asociación con la abundancia y la prosperidad ha dado lugar en Japón a una costumbre peculiar conocida como Fuku-nubisi. Esta práctica se basa en la creencia de que quien roba figuritas representando a dioses y diosas asegura buena suerte y fortuna, siempre y cuando no sea atrapado en el acto. La práctica tiene su auge en los mercados de fin de año, donde proliferan templos que exhiben estas imágenes de dioses.

12/10/24

EL CEREZO DEL VIEJO SAMURAI. OTRA HISTORIA DE YOKAIS

Muchas historias y leyendas rodean la primaveral fiesta del Hanami, o de contemplación de las flores del cerezo, que a Kamidaiko le gusta cada año acompañar alegremente con sus taikos. Y entre ellas, rescato una que me conmovió cuando la leí hace un tiempo en el libro de Hearn "Esprits et créatures de Japon"; es la historia de un cerezo singular, que tiene que ver con el frio invernal, y que comparto con los que tengan la amabilidad de acompañarme en el blog.


Uso no yona...
Jiu-roku-zakura
Saki ni keri!





En Wakégóri, un distrito de la provincia de lyo, existe un viejo y famoso cerezo llamado Jiu-roku-sakura  -cerezo del decimosexto día-, pues florece cada año al decimosexto día del primer mes del antiguo calendario lunar, y solo entonces; de modo que su época de floración coincide con el período del gran frío, aunque, como es sabido, la tendencia natural de los cerezos es esperar la llegada de la primavera antes de aventurarse a germinar. Sin embargo, el Jiu-roku-sakura florece con una vida que no le es -o al menos no le era originalmente- propia, porque en este árbol habita el espíritu de un hombre.



El hombre en cuestión era un samurái de lyo, y el árbol crecía en su huerto, floreciendo en la época prevista, es decir, hacia finales de marzo o principios de abril. De niño, acostumbraba a jugar bajo ese árbol, y sus padres, abuelos y bisabuelos habían colgado de sus ramas en flor, estación tras estación, durante más de cien años, vistosas y coloridas tiras de papel con poemas de alabanza. Sin embargo para el samurái, que tras una larga vida había sobrevivido a sus hijos, ya no había nada a lo cual consagrar su amor, a no ser por ese árbol.

¡Y hete aquí que en el verano de cierto año el árbol se marchitó y murió!.

¡Cuánto lloró el anciano la pérdida de su árbol!; hasta tal punto, que sus amables vecinos le buscaron un joven y hermoso cerezo y se lo plantaron en el huerto... con el fin, esperaban, de consolarlo. Y él se lo agradeció, y fingió alegrarse, pero en verdad su corazón seguía abrumado por el dolor, pues había amado tanto al viejo árbol que nada lograba aliviar el desconsuelo por su perdida.




Al cabo tuvo el hombre una feliz ocurrencia, y, cuando corría el decimosexto día del primer mes, recordó una forma de salvar al moribundo cerezo. Acudió solo a su huerto y se inclinó junto al ajado árbol, y le habló con estas palabras: «Dígnate ahora florecer de nuevo, pues seré yo quien muera en tu lugar», de acuerdo a una antigua creencia según la cual, con el permiso de los dioses, uno puede entregar su vida a cambio de la de otra persona, criatura o incluso árbol; así, la transferencia de la propia vida se expresa con el término japonés "migawari ni tatsu", actuar como sustituto.

Luego, bajo el cerezo, el viejo samurai extendió un manto blanco y varios cobertores, se sentó encima de ellos y se hizo solemnemente el harakiri. Su espíritu le fue transferido al árbol, y en ese preciso instante lo hizo germinar. Y de este modo, año tras año, sigue floreciendo el decimosexto día del primer mes, en la estación de la nieve.






Jiu-Roku-Zakura, cuento de Lafcadio Hearn

"Esprits et créatures de Japon"

Éditions Soleil, 2020