SALUDO Y BIENVENIDA
6/22/26
EN PRIMERA FILA CON KAMIDAIKO, EN EXPOTAKU ZGZ 26
6/15/26
UN PEPINO EN EL RIO. Cuento de verano
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| Kappas en el rio |
En aquella remota aldea con un río de aguas claras donde se reflejan las estrellas incluso de día, vivía una jovencita llamada Aki. Cada verano ayudaba a su abuelo a cuidar un pequeño huerto que era motivo de orgullo para toda la comarca, pues de aquella tierra fértil brotaban los pepinos más hermosos que nadie hubiera visto jamás.
Una tarde de agosto, cuando el aire tiembla bajo el calor y las sombras se alargan sobre los campos, Aki descubrió entre las hojas un fruto extraordinario. Era un pepino largo y perfecto, de un verde tan intenso que parecía haber guardado en su piel el color mismo del río.
La muchacha sonrió al verlo y pensó primero en llevarlo a casa. Sin embargo, recordó una antigua tradición que los mayores respetaban desde tiempo inmemorial. Decían que, durante los días más cálidos del año, convenía ofrecer un pepino al espíritu que habita las corrientes de agua, el yōkai del rio; se referían al famoso y misterioso Kappa (*). De ese modo, el guardián de las aguas permanecería complacido y bendeciría el río con su calma, sin molestar ni a bañistas ni a pescadores.
Siguiendo la costumbre, Aki escribió cuidadosamente su nombre sobre la piel brillante del pepino. Después lo depositó sobre la corriente y observó cómo el agua lo llevaba río abajo, alejándolo poco a poco hasta hacerlo desaparecer entre reflejos de plata. Entonces regresó a casa sin imaginar que aquel sencillo gesto cambiaría el destino de aquel verano.
Al amanecer del día siguiente, una extraña maravilla le aguardaba en el huerto. Las plantas que la víspera parecían agostadas por el calor, se erguían ahora vigorosas y llenas de vida. Sus hojas relucían cubiertas de rocío, y la tierra exhalaba un aroma fresca, como si hubiera sido bendecida durante la noche.
Los días pasaron, y la abundancia aumentó hasta convertirse en prodigio. Nunca antes las cosechas habían sido tan generosas. Aki no lograba explicar el misterio de aquel favor invisible y una noche, guiada por la curiosidad y por un presentimiento imposible de explicar, caminó hasta la orilla del río. La luna llena reposaba sobre las aguas como una flor de luz, y el murmullo de la corriente sonaba como una vieja y conocida canción.
Y entonces lo vio.
Junto a la orilla apareció una pequeña figura apenas más alta que un niño. Su espalda estaba protegida por un caparazón semejante al de las tortugas, sus manos eran palmeadas y sobre su cabeza descansaba una especie de cuenco lleno de agua cristalina que reflejaba el resplandor lunar.
Era un yōkai. Era el Kappa.
Entre sus manos sostenía el mismo pepino que Aki había entregado al río y, durante unos instantes, ninguno de los dos habló. No hicieron falta palabras. El espíritu contempló a la muchacha con ojos serenos y, con la exquisita cortesía que se atribuye a los habitantes del mundo invisible, realizó una profunda reverencia.
Luego señaló en silencio la dirección del huerto del abuelo.
Aki comprendió. Aquella abundancia, aquella inesperada prosperidad, habían sido un regalo nacido de la gratitud.
La luna iluminó por un momento la sonrisa de la joven. Y aunque pertenecían a mundos distintos, separados por el velo que divide a los hombres de los espíritus, ambos compartieron un instante de entendimiento tan puro y fugaz como el reflejo de una estrella en el agua. Después, el Kappa se inclinó una vez más y se sumergió en el río. Las ondas brillaron bajo la luz plateada y la criatura desapareció para siempre entre las corrientes.
Desde entonces, cada verano, cuando llegan los días más cálidos y el río canta bajo el cielo estrellado, Aki deja un pepino sobre las aguas.
Nunca volvió a ver al espíritu del río; sin embargo, las cosechas siguieron siendo abundantes, las aguas permanecieron tranquilas y, algunas noches de luna llena, la muchacha creyó escuchar entre el murmullo de la corriente un grito amable que llegaba desde las profundidades.
Y así nació la leyenda de la amistad silenciosa entre una joven de corazón puro y el antiguo espíritu guardián de las aguas.
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| Kappa. Imagen contemporánea |
5/31/26
CONCIERTO EN JOTAPON 2026
Celebramos siempre esta iniciativa del barrio zaragozano de La Jota que favorece sin duda el diálogo cultural y, desde luego, agradecemos su invitación a presentar una tradición japonesa de interés creciente, como es la percusión con tambores taiko.
Este nuevo concierto ha tenido una ejecución brillante por parte de mis compañeros de Kamidaiko, como ha reconocido con sus aplausos el público asistente. Muy buena sincronización de golpes y mucha energía de movimientos. Los temas elegidos han sido "Kamidaiko", "Dokkoi", "Ippo", "Tobu", "Taiko Asobi", "Oggi" y "Natsu Matsuri"
Dejo aquí una selección de imágenes a modo de reportaje:
5/27/26
EL TAIKO YOKAI
Entre los instrumentos musicales transformados en yokai Tsukumogami, es famoso el Biwa boku-boku, instrumento musical japonés de cuerda parecido a un laúd, que habría despertado como espíritu. En algunas representaciones aparece como un monje con cabeza de biwa, cantando historias antiguas o incluso manifestando emociones humanas. Los tsukumogami reflejan una idea muy presente en la cultura japonesa; que los objetos tienen una esencia espiritual y merecen respeto, especialmente los objetos antiguos o muy usados.
Según la tradición, un taiko que ha sido golpeado y cuidado con respeto durante un siglo desarrolla una voluntad propia. Si el objeto fue bien tratado, suele ser amigable; si fue abandonado o maltratado, puede volverse vengativo contra sus antiguos dueños.
En muchos relatos modernos, los tsukumogami musicales suelen conservar memoria de quienes los tocaron, y actuar como médiums entre aquellos y los vivos.
Como es esperable, un Taiko Tsukumogami suele manifestarse a través de su sonido; puede empezar a sonar sin que nadie lo toque por la noche, o seguir por su cuenta determinados ritmos en ciertas situaciones.
Raiko Horikawa es el ejemplo más famoso de los taiko Tsukumogami en la moderna cultura popular -específicamente en los videojuegos Touhou Project-. Representa a un taiko que se convirtió en Tsukumogami y tiene la habilidad de hacer que cualquier cosa siga el ritmo que marca. Y Touhou Project es una popular serie de videojuegos japoneses del género bullet hell -disparos intensos con muchos proyectiles-, creada casi en su totalidad por una sola persona, ZUN.
La historia se desarrolla en un mundo ficticio llamado Gensokyo, un lugar donde humanos y seres sobrenaturales (yōkai, espíritus, dioses) conviven. La protagonista, Raiko, se distingue por su inteligencia y su deseo de libertad, y a diferencia de otros objetos que cobran vida por rencor, Raiko es un tambor que disfruta de ser golpeado por la gente.
Tiene conciencia humana gracias a la magia de un "mazo milagroso", aunque se da cuenta de que este poder es temporal y la hace dependiente de él y muy agresiva. Para no volver a ser un objeto inanimado, toma una decisión arriesgada: Renuncia al mazo y a su antiguo cuerpo de Taiko, y roba una caja de batería pop moderna del mundo exterior. Ahora se mantiene viva gracias a la energía continua de los músicos modernos, lo que la hace un espíritu autosuficiente.
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| Anime de Raiko |
4/22/26
SE VA EL INVIERNO. ÚLTIMOS EVENTOS DE KAMIDAIKO
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| Kamidaiko en Borja. Cianotipia sobre papel de lino |
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| Kitsune hizo de speaker |
Este año se han programado varios días de actividades y en concreto para nuestra actuación, el sábado 11 y el domingo 12 de abril en el futuro jardín japonés del parque Labordeta; la inclemencia del tiempo ha impedido hacerlo los dos días, y solo se actuó el sábado. Una pena, pero este año me ha pillado fuera de Zaragoza. De todas formas, entre amigos y seguidores, siempre se recoge un buen material documental con el que ilustrar los eventos.
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| Sumi-e en mural colectivo |
A pesar de todo se han podido desarrollar muchas cosas para satisfaccion del público zaragozano:
- fotos de las “modelos con kimono”
- pintura Sumi-e colectiva en gran formato sobre sakuras (cerezos).
- sesion de Radio taiso (gimnasia japonesa por radio)
- baile de Bon-odori
- concierto de taiko con Kamidaiko
- y Picnic de almuerzo bajo los cerezos
3/11/26
KITSUNE Y EL RUMOR DEL BOSQUE
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| Grabado ukiyo-e de Kitsune |
En la tradición japonesa soy un espíritu del bosque, un ser sobrenatural o yōkai: inteligente, mágico y capaz de cambiar de forma, a menudo adoptando la apariencia de una hermosa joven. Pero también puedo ser un guardián travieso; protector y bondadoso con las aldeas del territorio, pero astuto y aficionado a las bromas -a veces pesadas- con los humanos.
Los kitsune encarnamos también poder y sabiduría. Se dice que, a medida que crecen nuestras largas colas —hasta un máximo de nueve—, aumenta también nuestra sabiduría y nuestra fuerza espiritual. Yo poseo ya siete colas, y hay que saber que nos crece una nueva en cada siglo. Esto significa que soy un espíritu excepcionalmente sabio y poderoso, a tan solo un par de siglos de alcanzar las nueve colas y el conocimiento total. Aun así, pese a mi edad y experiencia, todavía conservo un destello de juventud y curiosidad… algo que quizá desaparezca cuando llegue la novena cola.
Soy muy famoso en Japón y se me puede encontrar en muchos templos y santuarios, asociado también al Kami Inari y a las cosechas de arroz. Mis máscaras son bien conocidas y están presentes en muchas fiestas y matsuri.
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| Santuario toyokawa-inari |
Cuido y disfruto del bosque donde vivo.
En nuestra mitología existen kitsunes que eligen el camino de protectores de la naturaleza y se vinculan profundamente con el bosque. Son uno de los trece tipos de kitsune, guardianes del equilibrio y la paz. Cuidar del bosque no es solo un deber, sino una fuente de profunda serenidad, una conexión espiritual. Para los kitsune, los bosques son refugios naturales que reducen el estrés, favorecen la paz mental y nos alejan de las preocupaciones mundanas.
Me gusta ejercer el papel de guardián. A mi edad puedo usar mi magia para ocultar senderos sagrados a quienes desean dañar los árboles, o guiar a los viajeros perdidos de buen corazón hacia un lugar seguro. Porque en el bosque disfrutamos de la armonía con la vida; cuando los árboles están sanos, sostienen innumerables plantas y animales, y ser protector de ese delicado equilibrio otorga una satisfacción profunda. Cuidar de aquello que nos da aire puro y vida es una de las formas más altas de sabiduría antes de alcanzar la novena cola.
Y también es refugio personal. El bosque es el lugar donde el alma recuerda en silencio su origen y encuentra el cálido abrazo de la calma y la paz.
Pero entre mis responsabilidades existe una tarea especialmente sagrada y motivadora: ayudar a elegir la madera destinada a los taiko. Para un kitsune de siete colas, supervisar este momento es uno de los honores más grandes.
En Japón, la madera de keyaki —el olmo japonés— es considerada la reina de las maderas para la construcción de instrumentos, por su dureza, su resonancia y la belleza de su veta; en mi bosque hay un viejo keyaki que pronto será transformado en ōdaiko -gran tambor-, pero no contempla su final con tristeza, sino como una ansiada metamorfosis espiritual.
Los maestros artesanos enseñan que los mejores ōdaiko se tallan a partir de un único tronco macizo de keyaki centenario. Porque la madera de estos viejos árboles va adquiriendo, con el paso de los años, la densidad perfecta para que su sonido retumbe en el alma de quien lo toca o lo escucha. Cuando su tronco se convierte en el cuerpo de un gran tambor, el espíritu del árbol no muere, se transforma en voz. Esa voz —el sonido particular del taiko— purifica el ambiente y crea un puente entre humanos y kamis.
Como guardián del bosque he visto mucho bajo las hojas de sus árboles y sé que las cosas buenas y bien hechas requieren tiempo. Por eso, tras ser cortado, el tronco del keyaki debe secarse de forma natural entre tres y diez años, hasta que la madera encuentre su equilibrio y su sonido sea profundo, puro y armonioso. Extraer la madera de un árbol que ya se encuentra en el ocaso de su vida es un acto de respeto. Hay que respetar la forma en que el olmo se despide, dejando su corazón en el bosque para que continúe vibrando como música.
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| Shimenawa |
Para honrar ese momento de transición y a su keyaki protagonista, los kitsune participamos en algunos rituales y danzas de gratitud. Entre ellos me agradan especialmente:
La consagración con shimenawa
Se trata de una gruesa cuerda sagrada de paja de arroz que rodea el tronco para señalarlo como shinboku o árbol sagrado, que es residencia de un espíritu kami.
La danza kagura
Un ritual de agradecimiento a las deidades de la naturaleza. En ella se realizan movimientos de la danza clásica nihon buyō utilizando abanicos que simbolizan el viento entre las hojas del olmo o el fluir de su savia, ayudando a que el espíritu del zelkova transite suavemente hacia la madera del tambor.
Nuestra danza kitsune-odori
Una danza tradicional de los festivales en la que pedimos protección y buenas cosechas. Con cada giro, agradecemos al viejo olmo los siglos de sombra y refugio que ofreció a los animales de nuestro bosque.
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| Kitsune and me |
Ref:
2/10/26
NAKAMURA, EL SILENCIOSO FABRICANTE DE BACHIS
Cuando yo era joven, vivía en nuestro pueblo un hombre muy especial. No tocaba el taiko como mis amigos y yo, pero de él dependía que los tambores sonaran bien. Era un artesano, un carpintero, y todos lo conocían como Nakamura el Silencioso. No porque no hablara, sino porque sabía exactamente cuándo guardar silencio.
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| Bachis para taiko |
Su taller estaba al final del pueblo, siguiendo una senda estrecha que cruzaba el bosque de cedros antiguos; allí reinaba un silencio tan profundo que parecía que los árboles estuvieran escuchando todo el tiempo al paseante. Pues bien, allí podíamos encontrar a Nakamura que no era ni sonriente ni hablador y, por eso, solo iban a verlo quienes de verdad amaban el taiko y buscaban sus famosos bachis, conocidos y apreciados en toda la región.
Nakamura no vendía bachis a cualquiera. Decía que no todas las manos estaban preparadas para sostenerlos; en manos impacientes, los bachis se volvían tan pesados como piedras y en cambio, cuando un taikoka los tomaba con respeto, el tambor podía hacer maravillas: llamaba a la lluvia en verano, calmaba el mar violento o guiaba a los antepasados en su visita las noches de matsuri.
—Yo no hago bachis -decía Nakamura-. Hago llaves… llaves para abrir el sonido.
En invierno, salía por la noche para elegir la madera, porque decía que durante el día los árboles mienten pero que con la helada nocturna dicen la verdad. Y andando a través del bosque iba acariciando los troncos con cuidado:
—Si el árbol suspira cuando lo rozas, servirá bien como bachi.
Cuando encontraba uno así, no lo cortaba enseguida. Volvía más veces, durante días o semanas, hasta que el árbol parecía aceptar su destino de convertirse en sonido. Porque Nakamura no cortaba árboles, les pedía permiso. Sin embargo, si el tronco permanecía en silencio al rozarlo con la mano...
—Entonces es mejor dejarlo dormir cien años más.
Y en su taller siempre olía a cedro y a hinoki -ciprés- recién pulido. Trabajaba en silencio, interrumpido solo por el roce del cepillo y el toc, toc suave del martillo y la gubia. A veces golpeaba con cuidado los bachis contra el suelo, cerraba los ojos y escuchaba. Si el sonido no le gustaba, empezaba de nuevo.
—Un buen bachi no golpea al tambor —murmuraba—. Lo despierta.
Los jóvenes taikokas del pueblo decían que los bachis de Nakamura nunca se rompían; y también, que al usarlos, los tambores recordaban canciones muy antiguas, y surgían ritmos que nadie les había enseñado. Un día, uno de mis amigos le preguntó al maestro cuántos bachis había hecho en su vida. Nakamura sonrió sin dejar de lijar.
—Los suficientes como para no necesitar contarlos.
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| Vetas de maderas habituales para bachis: 1 Arce-Kaede, 2 Ciprés-Hinoki, 3 Magnolio-Ho, 4 Roble-Kashi, 5 Laurel-Tabu, 6 Cerezo-Sakura |
Cuando Nakamura murió, su taller quedó vacío y sobre el banco quedaron dos bachis sin terminar, que nadie se atrevió nunca a tocar. Pero en las noches cálidas de matsuri, cuando los taiko resuenan en la aldea de la montaña, muchos creen escuchar algunos golpes extra: profundos y precisos, marcando un ritmo diferente que llega desde los cedros. Dicen que son los árboles del bosque que recuerdan al hombre que sabía hablarles en su idioma.
Nakamura desapareció una noche de invierno. Algunos dicen que se internó en el bosque; otros, que la madera lo llamó. Yo creo otra cosa: creo que, cuando tocamos bien… cuando no golpeamos, sino que pedimos permiso… él nos escucha desde el bosque y señala los árboles adecuados para hacer nuestros bachis.
Y ahora, dormid.
Quizá, en sueños, oigáis ese ritmo lejano…
1/16/26
ESTÉTICA Y SIMBOLISMO EN LA DECORACIÓN DE LOS TAIKO
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| Cordaje y claveteado en shime, oke y hira-daiko |
El cuerpo de los nagado suele ser de madera maciza, de olmo zelkova o “keyaki” en los de mayor calidad y precio, aunque son más comunes y asequibles los construidos con tablas o duelas de otros diversos árboles. El aspecto y decoración del cuerpo varía; lo más común en el taiko tradicional es la madera natural pulida, que deja ver la veta, símbolo de respeto a la naturaleza.
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| Vetas de madera natural en cascos macizos y de duelas del nagado |
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| Cuerpos de taiko lacados |
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| Cascos con motivos grabados |
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| Cuerpos con decoración tallada |
Los clavos -tachibyōshi- que sujetan la piel al cuerpo del tambor no son solo funcionales. Están dispuestos en círculo creando patrones visuales rítmicos y formas florales o geométricas; describen una, dos o más bandas perimetrales, en tamaño grande -tipo clavo de puerta-, o pequeño -tipo chincheta-.
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| Disposición en tres bandas de clavos dorados |
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| Patrones visuales rítmicos de claveteado |


















































