En el antiguo "Nihon Shoki", una crónica más venerada que entendida, se menciona que el gran espejo de bronce de la leyenda de Amaterasu Ō-Mikami en la gruta sagrada, el que reflejó la luz que devolvió la esperanza al mundo, había sido consagrado en este santuario de Hinokuma. Y fue en esta tierra marcada por lo sagrado donde nació Tsuguko, la última hija del linaje Kawakami que fue consagrada como miko, monja y sirviente pura del santuario; en su vida, no conoció otro mundo fuera de los muros de piedra cubiertos de musgo, los caminos de grava blanca, y los Torii que se abrían como umbrales entre lo terrenal y lo eterno.
Creció escuchando los cantos de invocación que los sacerdotes recitaban al amanecer, y aprendiendo los gestos secretos de la danza kagura para el entretenimiento y apaciguamiento de los dioses. Allí le enseñaron a leer los cambios del musgo, a entender las pausas del canto de los cuervos, y a escuchar a los árboles como si fueran ancianos que recordasen el comienzo del mundo. Pero el mundo, incluso el sagrado, no permanece quieto y cuando el cielo comenzó a oscurecerse años más tarde en los tiempos sombríos, sería ella, la hija más joven del clan Kawakami, quien sería llamada a restaurar el equilibrio perdido.
En el tercer año de la era, cuando el cielo se tornó gris por semanas y las cosechas fallaron, un silencio inquietante se apoderó de los campos y aldeas. Los ríos bajaban lentos y turbios, como si también ellos hubieran sido alcanzados por la melancolía del cielo. Se hablaba en corrillos de amenazas, de espíritus agraviados por el olvido, de antiguos pactos rotos por la indiferencia de los hombres.
Fue entonces cuando un emisario llegó desde la capital, enviado por orden del Emperador Ninmyō. Viajaba escoltado por monjes yamabushi y portaba un pergamino lacrado con el sello imperial; era un decreto de restauración espiritual, ordenando que en el santuario de Hinokuma se realizara un kagura no mai a sus kami protectores, y restablecer así la armonía entre el cielo y la tierra. Como ofrenda sagrada, el emperador había enviado un taiko ceremonial forjado en los talleres del venerable templo Tōdai-ji. Un tambor inmenso con herrajes de oro bruñido y su piel tensada y claveteada con precisión ritual en tonos de añil profundo, como las sombras del crepúsculo sobre el mar. Se decía que el primer golpe que le dieron los monjes de Nara, había hecho temblar los cerezos aún dormidos por el invierno. Su eco era capaz de despertar incluso a los kami más antiguos, aquellos que dormían en las raíces de los cedros o en lo profundo de los estanques olvidados.
Los aldeanos, temerosos pero siempre reverentes, se reunieron en un claro del santuario, allí donde las grullas detenían su migración. Las miko, vestidas con sus mantos blancos y cintas carmesí, iniciaron la danza bajo la lluvia tenue. Y cuando el gran taiko retumbó por primera vez en Hinokuma, un viento repentino barrió las hojas secas del otoño, como si el bosque mismo se inclinara ante el sonido. Nadie dudó entonces que los dioses estaban escuchando.
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Santuario de Hinokuma, en Wakayama |




