n el pequeño pueblo costero de Yomitan en la isla de Okinawa, otro año estaba a punto de despedirse aquella misma noche. El aire traía como siempre el olor del mar, pero rodeado ahora de un silencio especial, como si los espíritus antiguos caminaran más cerca del pueblo, atentos al pulso de los vivos.
Antes de comenzar los preparativos de su tradicional danza eisa, todos los danzantes de Yomitan sabían que debían visitar a la Yuta del pueblo. Se llamaba Tsubura y vivía junto al bosque, donde los árboles siempre escuchan y recuerdan. La anciana mujer no sólo sanaba los cuerpos de estas gentes, también hablaba con los muertos familiares y podía leer los hilos invisibles del tiempo.
Aquella tarde, el joven Akira llegó a casa de la Yuta con el paranku bajo el brazo. Era la primera vez que iba a liderar el grupo de danza de fin de año en la aldea, y su corazón temblaba como una llama inquieta.
- No pienses que el tambor suena así por tus manos, le dijo Tsubura sin mirarlo. Vibra por aquello que te pesa en el corazón y de lo que aún no te has desprendido.
La Yuta esparció sal marina sobre la piel del tambor y encendió incienso. El humo ascendió en espirales, trazando caminos para las oraciones antiguas. Sus labios murmuraron nombres olvidados, llamando a los utaki, espacios sagrados y espíritus familiares que esa noche cruzarían el velo del tiempo para escuchar la eisa.
- Cuando llegue el último redoble, continuó, no pienses en el año que termina; entrégale aquello que ya no debe caminar contigo y debes liberar en el que empieza. El paranku te abrirá el camino.
Al caer la noche, la plaza se iluminó con muchos faroles. El ritmo comenzó lento y profundo y los danzantes avanzaron como una suave marea. Taikos y parankus acompañaban los giros y figuras de la danza, despertando el suelo bajo los pies y los cielos sobre las cabezas. Akira sentía cada golpe vibrar en su pecho, como si todas las voces de la aldea golpearan juntas con él.
En el instante final del año, recordó las palabras de la Yuta. Golpeó el tambor una última vez, no para pedir, sino para vaciar, para soltar. El sonido se elevó, cruzó el pueblo, el bosque y el mar, y los ancestros escucharon. El nuevo año nació ligero, purificado y luminoso.
Desde la penumbra del bosque, Tsubura sonrió en silencio. La danza eisa había cumplido su destino; no sólo celebraba el tiempo pasado y por venir, sino que lo sanaba para los okinawenses cumplidores del Obon.
Danza Eisa: es una danza que se realiza en Okinawa -archipiélago Ryukyu- el último día del Obon, la festividad de tradición budista donde se celebra la llegada de los espíritus de los antepasados difuntos para honrarlos y rendirles culto durante su visita a nuestro mundo, a la vez que éstos traen prosperidad y bienestar a sus familiares.Yuta: Medium espiritual de las Ryukyu. Pueden entrar en un estado de posesión durante el cual se comunican con deidades y espíritus de los muertos. En el proceso, manifiestan poderes espirituales y practican magia en forma de oráculos, augurios y ceremonias de curación.Paranku: es un instrumento clave para la danza eisa en Okinawa. De forma similar a la pandereta occidental, con piel tensada en una de sus caras. Los intérpretes de eisa lo sostienen con una mano y lo golpean con un bachi con la otra mientras bailan con energía. Es muy ligero y portátil para acompañar coreografías.Utaki: Seifa Utaki es un conjunto de lugares sagrados de la tradición animista okinawense. Fue precisamente a este lugar donde la diosa Amamikiyo descendió para dar a luz a sus hijos, que engendrarían posteriormente a los primeros habitantes del archipiélago Ryukyu.
