|
|
| Espectaculo Keisho. Teatro Principal. Zaragoza 2019 |
Hay cuatro elementos que, para aquellos que lo escuchan, resultan
relevantes y diferenciales en la práctica del taiko:
A diferencia del taiko histórico de ceremonia, templo o batalla que se solía tocar de forma individual, el taiko contemporáneo de interpretación se toca en grupo, en una especie de ritual comunitario, junto a compañeros que sostienen el ritmo en un espacio compartido, enriqueciendo el sonido y aportando seguridad.
Armonizar la respiración con el compás habitual de 8 o 4 pulsos, y hacerlo
sincrónicamente con todo el grupo, lanzando el golpe a la vez; sentirnos y
sentir al grupo, escucharnos y escucharles son, por tanto, claves en la
ejecución. Pero además el taiko no solo se escucha, también se ve; es música
visual en un espacio dado, por lo que la fuerza sonora y el juego entre lo
individual, lo grupal y el escenario, es una de las características que más
llama la atención cuando se asiste o participa en un espectáculo de
taiko.
Me viene a la cabeza el haiku de Wakyu:
Ki es, por un lado, el principio energético universal, la esencia divina de lo no-material, la fuerza espiritual de todo ser vivo y, por otro, para el taikista, el equilibrio, el mantenimiento de ese punto físico de equilibrio necesario para la estabilidad, la relajación y el buen contacto con el tambor.
La rana salta
y en cuanto la oyen,
las demás saltan.
2. LA ENERGIA, Ki
Ki es, por un lado, el principio energético universal, la esencia divina de lo no-material, la fuerza espiritual de todo ser vivo y, por otro, para el taikista, el equilibrio, el mantenimiento de ese punto físico de equilibrio necesario para la estabilidad, la relajación y el buen contacto con el tambor.
El taiko japonés presenta aspectos diferenciales
con otras percusiones y, especialmente, en el uso intensivo del cuerpo, la
respiración y el grito, generando una energía sincronizada en el grupo.
Efectivamente, al taiko se le aporta mucha energía personal: la del golpe, la de la voz,
la del cuerpo, la del agarre de los bachis, la del movimiento, la del grupo;
y todo ello en un solo instante, repetitivo y rítmico. Y toda esa energía se
dirige y concentra en el tambor.
Por su parte el taiko devuelve al grupo y al público el latido de esa energía generada, las sensaciones de fuerza personal, concentración y liberación de estrés. El taikista disfruta del momento y de la fuerza del grupo; nos sentimos bien y nos mantenemos activos y abiertos a la experiencia y la energía, a integrarlas y a asumir la mejora continua de su práctica y ejecución.
Por su parte el taiko devuelve al grupo y al público el latido de esa energía generada, las sensaciones de fuerza personal, concentración y liberación de estrés. El taikista disfruta del momento y de la fuerza del grupo; nos sentimos bien y nos mantenemos activos y abiertos a la experiencia y la energía, a integrarlas y a asumir la mejora continua de su práctica y ejecución.
3. EL TAMBOR, Taiko
Aplaudo la disciplina de Kamidaiko de construir de manera artesanal sus propios taikos. La autoestima por lograrlo ya es, de por sí, muy importante, así como la elección del diseño, de la madera, de la piel, del color; pero además no hay que olvidar su gran carga simbólica; los etnólogos y antropólogos están de acuerdo en que el taiko deriva y nos remite a una todavía más antigua tradición chamánica, que en Japón se sitúa en el periodo Yayoi, el neolítico nipón, donde se inicia el cultivo del arroz y el culto a la fertilidad y a los antepasados.
Aplaudo la disciplina de Kamidaiko de construir de manera artesanal sus propios taikos. La autoestima por lograrlo ya es, de por sí, muy importante, así como la elección del diseño, de la madera, de la piel, del color; pero además no hay que olvidar su gran carga simbólica; los etnólogos y antropólogos están de acuerdo en que el taiko deriva y nos remite a una todavía más antigua tradición chamánica, que en Japón se sitúa en el periodo Yayoi, el neolítico nipón, donde se inicia el cultivo del arroz y el culto a la fertilidad y a los antepasados.
Conviene recordar que en su
rito de iniciación, el maestro y mentor del futuro chamán siberiano le
induce al aspirante un sueño profundo bajo los efectos de ciertas
substancias -probablemente, la seta amanita muscaria-. En ese sueño el
aspirante construye su tambor -el tambor chamánico- con la madera del
mítico “árbol de la vida”, el que tiene las raíces en la tierra y las
ramas en el cielo; es decir, que une el mundo físico con el espiritual,
lo visible con lo invisible. Y el sonido de ese tambor, único y
permanente para cada chamán, es su ”caballo”, con el que viaja de la
realidad física y material al mundo de los espíritus. Volveremos sobre
este asunto...
4. EL VÍNCULO, Tsunagari
Tiene que ver con el amplio concepto de la unión mente-cuerpo y también, con la unión a la naturaleza y las energías, y con esa capacidad chamánica del tambor -de madera de un árbol y piel de un animal-, de transportar psíquica y emocionalmente a otras dimensiones.
Tiene que ver con el amplio concepto de la unión mente-cuerpo y también, con la unión a la naturaleza y las energías, y con esa capacidad chamánica del tambor -de madera de un árbol y piel de un animal-, de transportar psíquica y emocionalmente a otras dimensiones.
Y en el taiko este vínculo resulta muy importante, porque no tocamos
solos; tocamos conectados e interactuando con nuestro grupo, y en un
espacio con personas que escuchan, se emocionan y vibran con los ritmos
y energía que transmitimos.
Mantener permanentemente el contacto visual con los compañeros del grupo es algo que no resulta fácil al principio, porque intimida, nos obliga a reconocer nuestros límites y dificultades y nos sobreexpone emocionalmente ante los demás. Cuando se supera esa barrera, miramos y nos dejamos mirar, nos sentimos acompañados y, una vez equilibrados cuerpo y postura, nos apoyamos y nos contagiamos de la energía del otro y del grupo, perdemos el miedo al fallo y mejoramos nuestra estabilidad y bienestar.
Mantener permanentemente el contacto visual con los compañeros del grupo es algo que no resulta fácil al principio, porque intimida, nos obliga a reconocer nuestros límites y dificultades y nos sobreexpone emocionalmente ante los demás. Cuando se supera esa barrera, miramos y nos dejamos mirar, nos sentimos acompañados y, una vez equilibrados cuerpo y postura, nos apoyamos y nos contagiamos de la energía del otro y del grupo, perdemos el miedo al fallo y mejoramos nuestra estabilidad y bienestar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario