SALUDO Y BIENVENIDA

Oí hablar por primera vez del taiko japonés en 1985 haciendo estudios de antropología médica en México a través de una querida profesora nikkei -hija de emigrantes japoneses-, Sayoko Kageyama. También con ella me enteré de la pervivencia de ciertas formas de chamanismo en Japón y particularmente de las Itako, sobre las que volveré más veces en el blog. Pues bien, aunque he seguido interesado profesionalmente en el chamanismo y en las interpretaciones culturales de los fenómenos de salud y muerte, han pasado más de 30 años hasta volver a contactar específicamente con el mundo y la cultura del taiko. Y fué en un taller/demostración de taiko para niños en el Pilar zaragozano de 2018 cuando escuché el "gran tambor" a manos de Kumiko Fujimura; y fué para mí un auténtico flash emocional... 

Y ahora, después de participar estos años en el grupo Kamidaiko que coordina Kumiko, y quedar seducido por esta manifestación cultural japonesa, arranco este blog con unos cuantos apuntes y reflexiones personales en torno a mi experiencia, emociones, trabajos y lecturas sobre el taiko, que pueden ilustrar esta travesía por algunos aspectos de la rica cultura japonesa. Los errores e inexactitudes que seguro encontrareis son de mi entera responsabilidad y ruego que me los hagáis saber, para rectificarlos, si os tomáis la molestia de visitar estas páginas.  Siguiendo las normas de educación, saludo con una leve inclinación de cabeza o, si se prefiere, juntando frente a la boca las palmas de las manos -gassho- al modo budista, o de las dos maneras a la vez. En todo caso, gracias por interesaros en el blog y, por supuesto, en el taiko. Ah, y la rana del título del blog es, por supuesto, la del haiku del estanque de Bashō, el gran haijin. 

Para abrir boca, os dejo con Kodo y el poderoso sonido del "Gran tambor".

3/14/24

4 ASPECTOS BÁSICOS DEL TAIKO



Espectaculo Keisho. Teatro Principal. Zaragoza 2019
Hay cuatro elementos que, para aquellos que lo escuchan, resultan relevantes y diferenciales en la práctica del taiko:


















1. EL GRUPO,  kumi-daiko

A diferencia del taiko histórico de ceremonia, templo o batalla que se solía tocar de forma individual, el taiko contemporáneo de interpretación se toca en grupo, en una especie de ritual comunitario, junto a compañeros que sostienen el ritmo en un espacio compartido, enriqueciendo el sonido y aportando seguridad. 



Armonizar la respiración con el compás habitual de 8 o 4 pulsos, y hacerlo sincrónicamente con todo el grupo, lanzando el golpe a la vez; sentirnos y sentir al grupo, escucharnos y escucharles son, por tanto, claves en la ejecución. Pero además el taiko no solo se escucha, también se ve; es música visual en un espacio dado, por lo que la fuerza sonora y el juego entre lo individual, lo grupal y el escenario, es una de las características que más llama la atención cuando se asiste o participa en un espectáculo de taiko. 

Me viene a la cabeza el haiku de Wakyu:

La rana salta
y en cuanto la oyen,
las demás saltan.


2. LA ENERGIA, Ki

Ki es, por un lado, el principio energético universal, la esencia divina de lo no-material, la fuerza espiritual de todo ser vivo y, por otro, para el taikista, el equilibrio, el mantenimiento de ese punto físico de equilibrio necesario para la estabilidad, la relajación y el buen contacto con el tambor. 


El taiko japonés presenta aspectos diferenciales con otras percusiones y, especialmente, en el uso intensivo del cuerpo, la respiración y el grito, generando una energía sincronizada en el grupo. Efectivamente, al taiko se le aporta mucha energía personal: la del golpe, la de la voz, la del cuerpo, la del agarre de los bachis, la del movimiento, la del grupo; y todo ello en un solo instante, repetitivo y rítmico. Y toda esa energía se dirige y concentra en el tambor.

Por su parte el taiko devuelve al grupo y al público el latido de esa energía generada, las sensaciones de fuerza personal, concentración y liberación de estrés. El taikista disfruta del momento y de la fuerza del grupo; nos sentimos bien y nos mantenemos activos y abiertos a la experiencia y la energía, a integrarlas y a asumir la mejora continua de su práctica y ejecución.



3. EL TAMBOR, Taiko

Aplaudo la disciplina de Kamidaiko de construir de manera artesanal sus propios taikos. La autoestima por lograrlo ya es, de por sí, muy importante, así como la elección del diseño, de la madera, de la piel, del color; pero además no hay que olvidar su gran carga simbólica; los etnólogos y antropólogos están de acuerdo en que el taiko deriva y nos remite a una todavía más antigua tradición chamánica, que en Japón se sitúa en el periodo Yayoi, el neolítico nipón, donde se inicia el cultivo del arroz y el culto a la fertilidad y a los antepasados.


Conviene recordar que en su rito de iniciación, el maestro y mentor del futuro chamán siberiano le induce al aspirante un sueño profundo bajo los efectos de ciertas substancias -probablemente, la seta amanita muscaria-. En ese sueño el aspirante construye su tambor -el tambor chamánico- con la madera del mítico “árbol de la vida”, el que tiene las raíces en la tierra y las ramas en el cielo; es decir, que une el mundo físico con el espiritual, lo visible con lo invisible. Y el sonido de ese tambor, único y permanente para cada chamán, es su ”caballo”, con el que viaja de la realidad física y material al mundo de los espíritus. Volveremos sobre este asunto...



4. EL VÍNCULO, Tsunagari

Tiene que ver con el amplio concepto de la unión mente-cuerpo y también, con la unión a la naturaleza y las energías, y con esa capacidad chamánica del tambor -de madera de un árbol y piel de un animal-, de transportar psíquica y emocionalmente a otras dimensiones. 


Y en el taiko este vínculo resulta muy importante, porque no tocamos solos; tocamos conectados e interactuando con nuestro grupo, y en un espacio con personas que escuchan, se emocionan y vibran con los ritmos y energía que transmitimos.

Mantener permanentemente el contacto visual con los compañeros del grupo es algo que no resulta fácil al principio, porque intimida, nos obliga a reconocer nuestros límites y dificultades y nos sobreexpone emocionalmente ante los demás.  Cuando se supera esa barrera, miramos y nos dejamos mirar, nos sentimos acompañados y, una vez equilibrados cuerpo y postura, nos apoyamos y nos contagiamos de la energía del otro y del grupo, perdemos el miedo al fallo y mejoramos nuestra estabilidad y bienestar.

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