tro relato de fin de año
Cuando los relojes marcan la medianoche, los taikos despiertan y comienzan a latir. No es solo uno, hay decenas, grandes y pequeños, de piel tensa y corazón vivo; su sonido levanta la escarcha del suelo, hace temblar las fachadas y agita banderolas y estandartes; toda la ciudad late con ellos, y cada golpe de los tambores resuena como un conjuro:
don... doko... don... doko...
Sobre una de las carrozas, cuelgan las máscaras kitsune, esos zorros yokais que habitan entre lo humano y lo divino. Algunas ríen con cierta ironía, pero otras parecen llorar; porque se dice que en la nochevieja -ōmisoka-, si miras una máscara kitsune durante el tañido del taiko, podrías ver como mueve sus labios; si la máscara sonríe… es porque ha elegido tu alma.
Entre la multitud, una mujer, Aya, danza con una de esas máscaras en el rostro, blanca y dorada con el hilo rojo de su atadura cayendo sobre el cuello. Los taikos marcan el paso y su silueta parece ondular y tejerse entre el humo y la nieve. El joven Haru, al verla, no supo si era mujer o espíritu, pero su corazón respondió enseguida al ritmo del tambor.
El estruendo crecía. Quince kitsunes, cien taikos, mil latidos. Las carrozas avanzaban lentamente; las máscaras comenzaron a vibrar y agitarse con la música, y sus sombras danzaban a su aire sobre la madera de la carroza. Haru se acercó siguiendo el compás hasta quedar frente a Aya, que alzó la máscara mostrando unos ojos que brillaban con tanta luz como las linternas que la rodeaban.
—¿Eres real? —susurró él.
Ella sonrió.
—Esta noche, amigo desconocido, todos lo somos.
La cabalgata continuó hasta que el último golpe de los taikos resonó con la fuerza del amanecer. Las máscaras kitsune giraron sus rostros hacia el cielo y, por un instante, parecieron reír entre el sonido del viento y las campanillas de las carrozas.
Cuando la música cesó, Aya ya no estaba. Sólo quedaba su máscara sobre el suelo, y el eco lejano de un taiko que, según dicen, aún resuena cada fin de año, el dia que los kitsune regresan a danzar entre los humanos.
Relato inspirado en:
"Los cuentos de la luna pálida" de Kenji Mizoguchi
"Hombres sin mujeres" de Haruki Murakami
"Kwaidan" de Lafcadio Hearn

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