SALUDO Y BIENVENIDA

Oí hablar por primera vez del taiko japonés en 1985 haciendo estudios de antropología médica en México a través de una querida profesora nikkei -hija de emigrantes japoneses-, Sayoko Kageyama. También con ella me enteré de la pervivencia de ciertas formas de chamanismo en Japón y particularmente de las Itako, sobre las que volveré más veces en el blog. Pues bien, aunque he seguido interesado profesionalmente en el chamanismo y en las interpretaciones culturales de los fenómenos de salud y muerte, han pasado más de 30 años hasta volver a contactar específicamente con el mundo y la cultura del taiko. Y fué en un taller/demostración de taiko para niños en el Pilar zaragozano de 2018 cuando escuché el "gran tambor" a manos de Kumiko Fujimura; y fué para mí un auténtico flash emocional... 

Y ahora, después de participar estos años en el grupo Kamidaiko que coordina Kumiko, y quedar seducido por esta manifestación cultural japonesa, arranco este blog con unos cuantos apuntes y reflexiones personales en torno a mi experiencia, emociones, trabajos y lecturas sobre el taiko, que pueden ilustrar esta travesía por algunos aspectos de la rica cultura japonesa. Los errores e inexactitudes que seguro encontrareis son de mi entera responsabilidad y ruego que me los hagáis saber, para rectificarlos, si os tomáis la molestia de visitar estas páginas.  Siguiendo las normas de educación, saludo con una leve inclinación de cabeza o, si se prefiere, juntando frente a la boca las palmas de las manos -gassho- al modo budista, o de las dos maneras a la vez. En todo caso, gracias por interesaros en el blog y, por supuesto, en el taiko. Ah, y la rana del título del blog es, por supuesto, la del haiku del estanque de Bashō, el gran haijin. 

Para abrir boca, os dejo con Kodo y el poderoso sonido del "Gran tambor".

8/11/25

LA SONRISA DE OKAME Y EL PODER DE LA MÁSCARA

E

n un pequeño pueblo de montaña, en los Alpes de Honshu, donde la niebla se cuela entre los tejados y los cerezos florecen en invierno (*), vivía una anciana llamada Sayo. Esta mujer había heredado una antigua tienda de máscaras teatrales que llevaba generaciones en su familia.

Entre todas las máscaras de su tienda, -onis, samuráis y yokais-, había una que nunca se vendía, ni se prestaba, ni se tocaba: la máscara de Okame, con sus mejillas redondas y sonrosadas, la frente amplia y esa sonrisa eterna que parecía saber mucho más de lo que mostraba. 

Los ancianos del pueblo hablaban de que aquella máscara no era simplemente una bella artesanía; se decía que contenía el espíritu de una mujer olvidada por el tiempo, una Miko que bailaba en los santuarios shinto, cuando los humanos aún hablaban con los kami.


Máscara de Okame


Una noche de tormenta, mientras los truenos desgarraban el cielo, un joven forastero llegó al pueblo. Su nombre era Ichiro, un actor errante en busca de inspiración. Se refugió en la tienda de Sayo, atraído por las mascaras teatrales mostradas en la puerta, la calidez de sus linternas y el misterioso resplandor que parecía emanar de la máscara de Okame.

— Esa no está en venta-, advirtió Sayo con voz seca cuando se percató de su interés.

Pero Ichiro no podía apartar la vista de aquel objeto precioso. Había algo en esa sonrisa que le hablaba directamente al alma, como si la máscara supiera cuales eran sus dudas y preocupaciones, incluso más de lo que el mismo sabía. Esa noche, desobedeciendo la advertencia, Ichiro volvió a la tienda. El viento abrió la puerta como si le invitara, y allí, bajo la luz temblorosa, tomó la máscara y se la puso. Y en ese instante, todo cambió alrededor.

Ya no estaba en la tienda, sino en un magnífico teatro de bambú dorado, bajo una luna enorme y sonriente. Alrededor, cientos de máscaras flotaban en el aire, observándole, y un taiko oculto marcaba el ritmo de la escena. Sin saber por qué, Ichiro, cubierto con el rostro de Okame, comenzó a danzar. Hay que recordar aquí que, en el teatro tradicional japonés, los papeles femeninos los interpretan actores varones con máscara.


Actor de Noh con máscara femenina


Sus movimientos, que parecían volar sobre el escenario, eran seguidos por destellos de luz y brotes de alegría. La máscara no le cubría, más bien le transformaba. Ya no era el actor perdido y sin trabajo: era la alegría misma, la fortuna y la belleza.

Al amanecer, Sayo encontró la tienda intacta, excepto por una cosa: la máscara de Okame ya no estaba y, en su lugar, una nueva máscara había aparecido. Tenía los rasgos del forastero Ichiro, pero con los ojos cerrados en paz y una sonrisa dulce como la brisa de primavera.

Desde entonces, los artistas que buscan sentido e inspiración en su arte peregrinan hasta el pueblo. Algunos dicen que, si su alma está vacía, la nueva máscara le devuelve al escenario -el honbutai del teatro Noh-, con los bolsillos llenos de silencio. Pero si su espíritu aún baila y está abierto a la imaginación y la sorpresa, aunque solo sea un poco, ella le lleva al lugar donde los sueños ríen... recitan y bailan bajo la máscara.



* Remito a una entrada anterior con el tema de los sakura (cerezos) de nieve:   
https://www.blogger.com/blog/post/edit/5097428209403847977/8438930596740054539?hl=es
           

 


Ref:
Lafcadio Hearn – Kwaidan (1904 ): Relatos clásicos de fantasmas y espíritus del Japón antiguo.
Zeami Motokiyo, obras para teatro Noh, con máscaras de presencia espiritual.

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