E
n un pequeño pueblo de montaña, en los Alpes de Honshu, donde la niebla se cuela entre los tejados y los cerezos florecen en invierno (*), vivía una anciana llamada Sayo. Esta mujer había heredado una antigua tienda de máscaras teatrales que llevaba generaciones en su familia.Entre todas las máscaras de su tienda, -onis, samuráis y yokais-, había una que nunca se vendía, ni se prestaba, ni se tocaba: la máscara de Okame, con sus mejillas redondas y sonrosadas, la frente amplia y esa sonrisa eterna que parecía saber mucho más de lo que mostraba.
Los ancianos del pueblo hablaban de que aquella máscara no era simplemente una bella artesanía; se decía que contenía el espíritu de una mujer olvidada por el tiempo, una Miko que bailaba en los santuarios shinto, cuando los humanos aún hablaban con los kami.
Pero Ichiro no podía apartar la vista de aquel objeto precioso. Había algo en esa sonrisa que le hablaba directamente al alma, como si la máscara supiera cuales eran sus dudas y preocupaciones, incluso más de lo que el mismo sabía. Esa noche, desobedeciendo la advertencia, Ichiro volvió a la tienda. El viento abrió la puerta como si le invitara, y allí, bajo la luz temblorosa, tomó la máscara y se la puso. Y en ese instante, todo cambió alrededor.
Al amanecer, Sayo encontró la tienda intacta, excepto por una cosa: la máscara de Okame ya no estaba y, en su lugar, una nueva máscara había aparecido. Tenía los rasgos del forastero Ichiro, pero con los ojos cerrados en paz y una sonrisa dulce como la brisa de primavera.
Desde entonces, los artistas que buscan sentido e inspiración en su arte peregrinan hasta el pueblo. Algunos dicen que, si su alma está vacía, la nueva máscara le devuelve al escenario -el honbutai del teatro Noh-, con los bolsillos llenos de silencio. Pero si su espíritu aún baila y está abierto a la imaginación y la sorpresa, aunque solo sea un poco, ella le lleva al lugar donde los sueños ríen... recitan y bailan bajo la máscara.
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| Máscara de Okame |
Una noche de tormenta, mientras los truenos desgarraban el cielo, un joven forastero llegó al pueblo. Su nombre era Ichiro, un actor errante en busca de inspiración. Se refugió en la tienda de Sayo, atraído por las mascaras teatrales mostradas en la puerta, la calidez de sus linternas y el misterioso resplandor que parecía emanar de la máscara de Okame.
— Esa no está en venta-, advirtió Sayo con voz seca cuando se percató de su interés.
Pero Ichiro no podía apartar la vista de aquel objeto precioso. Había algo en esa sonrisa que le hablaba directamente al alma, como si la máscara supiera cuales eran sus dudas y preocupaciones, incluso más de lo que el mismo sabía. Esa noche, desobedeciendo la advertencia, Ichiro volvió a la tienda. El viento abrió la puerta como si le invitara, y allí, bajo la luz temblorosa, tomó la máscara y se la puso. Y en ese instante, todo cambió alrededor.
Ya no estaba en la tienda, sino en un magnífico teatro de bambú dorado, bajo una luna enorme y sonriente. Alrededor, cientos de máscaras flotaban en el aire, observándole, y un taiko oculto marcaba el ritmo de la escena. Sin saber por qué, Ichiro, cubierto con el rostro de Okame, comenzó a danzar. Hay que recordar aquí que, en el teatro tradicional japonés, los papeles femeninos los interpretan actores varones con máscara.
Sus movimientos, que parecían volar sobre el escenario, eran seguidos por destellos de luz y brotes de alegría. La máscara no le cubría, más bien le transformaba. Ya no era el actor perdido y sin trabajo: era la alegría misma, la fortuna y la belleza.
Al amanecer, Sayo encontró la tienda intacta, excepto por una cosa: la máscara de Okame ya no estaba y, en su lugar, una nueva máscara había aparecido. Tenía los rasgos del forastero Ichiro, pero con los ojos cerrados en paz y una sonrisa dulce como la brisa de primavera.
Desde entonces, los artistas que buscan sentido e inspiración en su arte peregrinan hasta el pueblo. Algunos dicen que, si su alma está vacía, la nueva máscara le devuelve al escenario -el honbutai del teatro Noh-, con los bolsillos llenos de silencio. Pero si su espíritu aún baila y está abierto a la imaginación y la sorpresa, aunque solo sea un poco, ella le lleva al lugar donde los sueños ríen... recitan y bailan bajo la máscara.
* Remito a una entrada anterior con el tema de los sakura (cerezos) de nieve:
https://www.blogger.com/blog/post/edit/5097428209403847977/8438930596740054539?hl=es
Ref:
Lafcadio Hearn – Kwaidan (1904 ): Relatos clásicos de fantasmas y espíritus del Japón antiguo.
Zeami Motokiyo, obras para teatro Noh, con máscaras de presencia espiritual.


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