Itako: Kuchiyose
El tránsito de la muerte y el monte Osore
Osorezan, volcán activo en la prefectura de Aomori al norte de Honshu, es uno de los montes sagrados de Japón por considerarlo la entrada al inframundo; según la tradición, la última parada del alma de los muertos en su camino al más allá. Para el shintoismo, antes de alcanzar la naturaleza divina, los espíritus habitan dentro de las montañas y regresan a casa por Año Nuevo, el Obon y los equinoccios. Y según el budismo japonés, cuando morimos debemos cruzar el río Sanzu para entrar en la otra vida. Este paso al más allá es el estrecho arroyo que conduce del Osorezan al lago Usori; de hecho, hay 3 pasos sobre el río, de menor a mayor dificultad, que se asignan según la calidad moral de la vida llevada por el difunto.
Bodaiji es un templo budista del siglo IX -el templo donde acuden los muertos-, y la atracción principal en la zona, a los pies del Osorezan. Está construido alrededor de piscinas de agua sulfúrica burbujeante y caliente y el templo permite a los visitantes utilizar su onsen de aguas termales. Cerca del templo se encuentra el puente rojo sobre el rio Sanzu que, en la tradición, marca la separación entre los mundos físico y espiritual. Este es el escenario ritual de las itako o mujeres-chamán ciegas, muy abundantes en el pasado y muy reducidas y envejecidas hoy, que afirmaban ser capaces de comunicarse con los muertos en el rito del kuchiyose.
Las itako visten el kimono blanco de iniciación y consagración a su kami, el tubo de bambú idaiji a la espalda (de acreditación de su aprendizaje) y el rosario de cuentas -irataka juzu- heredados de su maestra y mentora. Su iniciación implica un largo ayuno a la intemperie invernal y la aceptación final por el consejo de las Itako. No utilizan drogas ni otras sustancias para inducir el trance; lo hacen sobretodo mediante el canto que también tiene un efecto psicológico en los oyentes. Es la ruta que utilizan para viajar a otros mundos, el pasadizo por el cual el espíritu desciende al mundo humano y regresa al mundo espiritual. Es el “lugar” donde ser humano y espíritu pueden entablar conversación.
Las cuentas del irataka llevan colmillos de jabalí y trozos de cuerno de ciervo a modo de talismán -animales de poder-, así como monedas antiguas para costear la barca que cruza el río Sanzu para acceder al más allá. Las canciones o salmos de estas médiums chamánicas se acompañan con la percusión del roce rítmico del irataka, el taiko, el bastón de campanitas -suzu- o el arco de catalpa -azusa yumi-.
Su ritual más conocido se concentra en los días del festival anual de Bodaiji, del 22 al 24 de julio. Desafortunadamente, los cantos y sutras de las itako pronto desaparecerán: no hay ya sucesoras que aprendan el arte del kuchiyose.
Osorezan, volcán activo en la prefectura de Aomori al norte de Honshu, es uno de los montes sagrados de Japón por considerarlo la entrada al inframundo; según la tradición, la última parada del alma de los muertos en su camino al más allá. Para el shintoismo, antes de alcanzar la naturaleza divina, los espíritus habitan dentro de las montañas y regresan a casa por Año Nuevo, el Obon y los equinoccios. Y según el budismo japonés, cuando morimos debemos cruzar el río Sanzu para entrar en la otra vida. Este paso al más allá es el estrecho arroyo que conduce del Osorezan al lago Usori; de hecho, hay 3 pasos sobre el río, de menor a mayor dificultad, que se asignan según la calidad moral de la vida llevada por el difunto.
Bodaiji es un templo budista del siglo IX -el templo donde acuden los muertos-, y la atracción principal en la zona, a los pies del Osorezan. Está construido alrededor de piscinas de agua sulfúrica burbujeante y caliente y el templo permite a los visitantes utilizar su onsen de aguas termales. Cerca del templo se encuentra el puente rojo sobre el rio Sanzu que, en la tradición, marca la separación entre los mundos físico y espiritual. Este es el escenario ritual de las itako o mujeres-chamán ciegas, muy abundantes en el pasado y muy reducidas y envejecidas hoy, que afirmaban ser capaces de comunicarse con los muertos en el rito del kuchiyose.
Las itako visten el kimono blanco de iniciación y consagración a su kami, el tubo de bambú idaiji a la espalda (de acreditación de su aprendizaje) y el rosario de cuentas -irataka juzu- heredados de su maestra y mentora. Su iniciación implica un largo ayuno a la intemperie invernal y la aceptación final por el consejo de las Itako. No utilizan drogas ni otras sustancias para inducir el trance; lo hacen sobretodo mediante el canto que también tiene un efecto psicológico en los oyentes. Es la ruta que utilizan para viajar a otros mundos, el pasadizo por el cual el espíritu desciende al mundo humano y regresa al mundo espiritual. Es el “lugar” donde ser humano y espíritu pueden entablar conversación.
Las cuentas del irataka llevan colmillos de jabalí y trozos de cuerno de ciervo a modo de talismán -animales de poder-, así como monedas antiguas para costear la barca que cruza el río Sanzu para acceder al más allá. Las canciones o salmos de estas médiums chamánicas se acompañan con la percusión del roce rítmico del irataka, el taiko, el bastón de campanitas -suzu- o el arco de catalpa -azusa yumi-.
Su ritual más conocido se concentra en los días del festival anual de Bodaiji, del 22 al 24 de julio. Desafortunadamente, los cantos y sutras de las itako pronto desaparecerán: no hay ya sucesoras que aprendan el arte del kuchiyose.
Ref: Shinohara Tadashi https://www.nippon.com/es/japan-topics/g02228/
y https://jbpress.ismedia.jp/articles/-/69379
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