E
n la antigua provincia de Musashi -donde hoy se alzan las luces de Tokio-, hace mucho tiempo, existía una aldea rodeada de bosques y montañas. Allí vivían dos leñadores: el viejo Mosaku, sabio como los árboles que talaba, y su joven aprendiz Minokichi, de corazón limpio y apenas dieciocho años sobre sus hombros. Un día partieron juntos hacia un bosque de sugis -cedros- distante de la aldea, cruzando un ancho río cuyas crecidas derribaban una y otra vez los puentes que los campesinos construían para pasar entre sus orillas. Solo una vieja barca transbordador hacia posible cruzarlo.
Una tarde de invierno, cuando el cielo se volvió gris y la nieve comenzó a caer, los leñadores fueron atrapados por una tormenta feroz regresando hacia su aldea. Al llegar al río, encontraron el bote del barquero amarrado en la orilla opuesta, y ningún alma a la vista. Sin otra opción, buscaron refugio en una cabaña de pescadores, pequeña y pobre, sin brasas ni ventanas. Se tendieron en el suelo, envueltos en capas de paja y Mosaku, acostumbrado al rigor del frío, se durmió de inmediato. Minokichi, en cambio, se quedó despierto, escuchando el lamento del viento y el susurro helado de la nieve golpeando la puerta.
Y entonces ocurrió algo sorprendente. La puerta se abrió sin un solo crujido, y en la penumbra entró una mujer vestida de blanco, como si hubiera nacido de la propia nevada. Era alta, de rostro pálido y hermoso, y caminaba como si flotara sobre el suelo. De inmediato, se inclinó sobre Mosaku y le sopló un aliento blanco que parecía humo de luna y que añadió aun mas frio a aquella gélida estancia; luego, se volvió hacia Minokichi.
Él quiso gritar, pero su voz se congeló en la garganta. La mujer lo miró en silencio, y tras un largo instante, habló con voz que no era humana, sino de viento:
- Iba a quitarte la vida, como hice con tu compañero… pero eres joven, y siento compasión. Pero no dirás a nadie lo que has visto esta noche. Si alguna vez lo haces, aunque sea a tu madre, lo sabré… y volveré por ti para matarte.
Y así como apareció, desapareció fundida en la tormenta.
Me permito aquí una breve acotación para mi grupo de taiko, Kamidaiko:
Hay que imaginar en un cuentacuentos teatralizado la tensión dramática que pueden aportar a la escena un nagado y un shime (tambores taiko japoneses) representando el sonido del viento y la tormenta, el miedo o el latido de la vida que se extingue en el frío -la atmósfera que rodea a la yokai Yuki-Onna-.
Cuando Minokichi despertó por completo pensó que tal vez, todo esto, lo había soñado. Pero al tocar el rostro de su maestro, lo halló duro como una piedra, helado y sin vida. Al amanecer, el barquero halló al joven inconsciente junto al cuerpo del anciano. Minokichi sobrevivió con ayuda del barquero, pero el recuerdo de aquella mujer de nieve quedó guardado en lo más profundo de su alma; pero no habló jamás de lo ocurrido.
Pasó un año. Otro invierno llegó, y con él, los caprichos del destino.
Una tarde, nuestro leñador encontró en el camino a una joven tan bella como extraña. Se llamaba O-Yuki. Era alta, blanca de piel, y su voz era dulce como el canto del ruiseñor en la niebla. Ella le contó que no tenía padres ni destino fijo. Minokichi se sintió atraído de inmediato. O-Yuki aceptó su hospitalidad, y pronto, su corazón. Se casaron, y ella fue una esposa amable, trabajadora, siempre serena. Tuvieron diez hijos, todos hermosos y de piel clara como el invierno. Pero el tiempo pasaba y para sorpresa de Minokichi, O-Yuki no perdía ni su belleza ni su juventud y permanecía como el día en que la encontró en el camino.
Una noche, muchos años después, mientras O-Yuki cosía a la luz de una lámpara de papel, Minokichi la observó largo rato y dijo:
- Verte así me recuerda algo... Una noche terrible de nieve, cuando era joven y vi a una mujer tan blanca y bella como tú. A veces pienso que no fue real… pero jamás pude olvidar su rostro.
O-Yuki dejó caer la costura. Se puso de pie, y con aquella voz extraña de viento helado, le gritó:
- ¡Fui yo! ¡Yo era esa mujer! ¡Y te advertí entonces que nunca lo contaras!. De no ser por nuestros hijos dormidos, te habría quitado la vida en este instante. Pero por ellos te perdono. Cuídalos bien… o volveré de nuevo a por ti.
Entonces su figura se deshizo en una nube de nieve luminosa, que subió por las vigas y se desvaneció en la chimenea. Nunca más se volvió a ver a O-Yuki. Desde entonces, los ancianos del pueblo cuentan que la mujer de la nieve sigue vagando entre montañas y tormentas, buscando corazones puros… y lenguas imprudentes.
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