En el pueblo de Ogimachi, enclavado en las montañas, vivía una pareja de ancianos, pobres, y sumidos en la tristeza. Era la víspera de Año Nuevo y el frío era intenso, mientras una fuerte nevada cubría todo a su paso. No tenían nada que llevarse a la boca. La mujer, de manos temblorosas, le entregó a su marido unos adornos para el cabello que había estado confeccionando con esmero y paciencia. Su esperanza era que él pudiera venderlos en el mercado y así conseguir algo de comida.
El anciano partió rumbo a la ciudad con los adornos en su saco. Después de caminar un buen trecho, encontró tres estatuas de Jizō a un lado del camino, cubiertas de nieve. Se detuvo frente a ellas, las observó con atención y les habló así:
Ya en su hogar, junto a la anciana esposa, se calentaron con los escasos restos de té verde bancha que ella había preparado, mientras le relataba lo ocurrido durante el día. Fue entonces cuando un estruendo muy fuerte resonó en el patio exterior. Al salir, encontraron una gran cantidad de leña cortada, bolsas de comida y ropas. Al observar en la distancia, ambos reconocieron las estatuas de Jizō. Se miraron con una tierna sonrisa. ¿Serian ellas las que trajeron los regalos?
Una mujer y su esposo compartían en su casa la pasión por la jardinería, junto al lago Saroma en la isla de Hokkaidō. Su jardín, que cuidaban con esmero, era un pequeño vergel florido de colores vivos y aromas cautivadoras.
Tuvieron un hijo que heredó no solo su amor por las plantas, sino también la devoción por su cuidado. Sin embargo, el tiempo pasó, y los padres envejecieron, sin dejar de trabajar cada día en la belleza de su jardín. Cuando finalmente murieron, su hijo, que ya era un hombre, continuó con el mismo esmero y dedicación en el cuidado del paraíso que le habían legado.
Con el paso de los años, mientras dormía una noche, el hombre soñó que sus padres paseaban apaciblemente por su amado jardín. Se detenían en cada flor, oliéndola, acariciándola, tal como lo habían hecho en vida. De repente, en el sueño, ambos se transformaron en dos elegantes mariposas murasaki, de un precioso color purpura azulado, que volaban graciosamente por el jardín, posándose sobre las flores que tan bien conocían.
A la mañana siguiente, muy luminosa, el joven salió al jardín y, para su sorpresa, vio revolotear alrededor de él a dos mariposas que le resultaban familiares. Al observarlas más de cerca, reconoció a la pareja de mariposas de su sueño, que terminaron posándose sobre sus hombros. Fue en ese momento cuando comprendió que aquellas mariposas eran los espíritus de sus padres, que seguían disfrutando del jardín que amaron y, en su delicado vuelo, le daban las gracias por mantenerlo tan vivo como lo habían hecho ellos.

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