SALUDO Y BIENVENIDA

Oí hablar por primera vez del taiko japonés en 1985 haciendo estudios de antropología médica en México a través de una querida profesora nikkei -hija de emigrantes japoneses-, Sayoko Kageyama. También con ella me enteré de la pervivencia de ciertas formas de chamanismo en Japón y particularmente de las Itako, sobre las que volveré más veces en el blog. Pues bien, aunque he seguido interesado profesionalmente en el chamanismo y en las interpretaciones culturales de los fenómenos de salud y muerte, han pasado más de 30 años hasta volver a contactar específicamente con el mundo y la cultura del taiko. Y fué en un taller/demostración de taiko para niños en el Pilar zaragozano de 2018 cuando escuché el "gran tambor" a manos de Kumiko Fujimura; y fué para mí un auténtico flash emocional... 

Y ahora, después de participar estos años en el grupo Kamidaiko que coordina Kumiko, y quedar seducido por esta manifestación cultural japonesa, arranco este blog con unos cuantos apuntes y reflexiones personales en torno a mi experiencia, emociones, trabajos y lecturas sobre el taiko, que pueden ilustrar esta travesía por algunos aspectos de la rica cultura japonesa. Los errores e inexactitudes que seguro encontrareis son de mi entera responsabilidad y ruego que me los hagáis saber, para rectificarlos, si os tomáis la molestia de visitar estas páginas.  Siguiendo las normas de educación, saludo con una leve inclinación de cabeza o, si se prefiere, juntando frente a la boca las palmas de las manos -gassho- al modo budista, o de las dos maneras a la vez. En todo caso, gracias por interesaros en el blog y, por supuesto, en el taiko. Ah, y la rana del título del blog es, por supuesto, la del haiku del estanque de Bashō, el gran haijin. 

Para abrir boca, os dejo con Kodo y el poderoso sonido del "Gran tambor".

2/02/26

REFLEXIONES SOBRE EL TAIKO Y LA EDAD

Ayer celebraba mi cumple (72) con los Kamidaikos en el dojo de Delicias y comentaba con nuestra directora Kumiko hasta que edad se podía tocar el taiko, que es un tema que me ocupa (supongo que por razones biológicas) desde hace un tiempo: "Hasta que te mueres, si quieres" o "algunos se mueren tocándolo"; pero yo me referia mas bien a cómo se siente o se vive el taiko, o se ejecuta, a partir de cierta edad.


Hokusai 1878


Do-don retumban
tambores del matsuri
bajo la lluvia.

Takahama Kyoshi



En estos últimos tiempos he podido conocer algunas lecturas y opiniones sobre el tema, que hoy comparto, vertidas por maestros taikistas como Seiichi Tanaka, Eitetsu Hayashi y algunas escuelas tradicionales de Japón y su emigración extranjera. Y estamos hablando ahora del taiko como camino filosófico y emocional, no como exigencia física.  En resumen...


Seiichi Tanaka y Eitetsu Hayashi



En la infancia, la filosofía central es descubrir y jugar con el ritmo. El taiko es un juego corporal que no busca perfección, sino coordinación, energía y alegría. El énfasis está en sentir el ritmo más que entenderlo.

Las expectativas del niño son la diversión, el ruido y el movimiento. También, sentirse parte de un grupo. Es una fase que los maestros emplean para enseñar normas y disciplinas sociales y musicales con sutileza, sin que se note.


En la adolescencia el leit motiv es la búsqueda de identidad y pertenencia, y las expectativas se dirigen a canalizar la energía y las emociones, ser visto, pertenecer, destacar y, desde luego, auto-retarse en el plano físico.

El taiko se vuelve expresión personal. Aparece el ego -para bien y para mal-: querer tocar fuerte, rápido, perfecto. Muchos encuentran aquí la tribu con la que identificarse y una forma de decir aquí estoy.


En jóvenes y adultos tempranos domina más bien la idea del dominio del tambor y el dar sentido o propósito a esta expresión artística. Aquí el taiko se toma ya en serio. Se ensaya duro, se sufre un poco y se busca excelencia. Para algunos se plantea como camino profesional; para otros, una disciplina que estructura la vida.

Es decir, se busca alcanzar una técnica sólida, entender el porqué de la tradición y también, disfrutar de la adrenalina estimulante del escenario, los viajes o el reconocimiento.


En los adultos y la madurez lo más importante suele ser el equilibrio personal y la profundidad emocional, la presencia consciente y la transmisión de conocimientos.

Las expectativas están más bien en conceptos como la conexión cuerpo-mente, mantener la vitalidad corporal y disfrutar del momento; también la constancia, dar más valor a la comunidad que al ego, buscar significado a las cosas y compartir conocimientos. El taiko deja de ser “demostrar” y pasa a ser sostener junto a otros. Se valora cada vez más el espacio, el silencio, la respiración, tocar junto a los otros. Empieza a ser meditación sonora en movimiento; menos golpes pero con más intención.

"Los grandes maestros parecen tocar poco, pero cada golpe pesa como una montaña".


El taiko después de los 70. Ya no se toca para probar o demostrar nada. Se toca para "estar ahí", y el golpeo no busca la fuerza o la precisión, sino la presencia. Es más una práctica de vida que una exhibición.

Quizá el cuerpo pida más cuidados, pero la intención es más clara que nunca. El grupo deja de ser un espacio de competencia y se vuelve comunidad viva. Se contribuye a mantener el pulso emocional del grupo y a escuchar, más que golpear el tambor.

El taiko pide ahora más "verdad": tocar con economía de movimientos; afinar postura y respiración; respetar los silencios y, en definitiva, armonizar cuerpo, espíritu y grupo.



* * * 



Como señala Tanaka “el taiko no se toca igual a los 20 que a los 60”, y eso no es una pérdida, es una transformación. El foco se desplaza del rendimiento físico inicial al Ki, esa fuerza invisible que fluye y anima a todo ser vivo. Se trata así de liberar y controlar la energía vital, el equilibrio entre el cuerpo, la mente y el espíritu.

Para él, es el ki quien determina tanto la calidad del golpe, como la intención o el silencio entre sonidos. La visión del maestro es de proceso y camino, más que de técnica musical.



Hayashi, en cambio, no hace pedagogía explícita del tema; la transmite a partir de su propia trayectoria vital, corporal y musical. En su juventud, cuando salió de Ondekoza para fundar Kodo, hacía alarde de potencia, resistencia y virtuosismo físico extremo, ensayando a veces en la isla de Sado en condiciones de congelación.

Con el paso del tiempo, va reduciendo movimientos, economiza energía y profundiza en la respiración y el Ma -término japonés traducible por pausa, abertura o intervalo; no simplemente un vacío o ausencia de contenido, sino un espacio consciente-. Habla también de cómo, con la edad, el taiko deja de “empujar el sonido” para pasar a “dejarlo emerger”.



Finalmente, hay un cierto consenso transmitido informalmente entre escuelas y maestros taikistas que establece que el niño "aprende el ritmo”, el adulto "aprende el sentido” y el mayor "encarna el taiko”

En las escuelas de taiko se piensa que el niño aprende con el cuerpo antes que con la mente. Imita y repite jugando, interioriza movimientos y patrones rítmicos y aprende cuándo golpear (fuerte/débil, rápido/lento)

El adulto no solo ejecuta, también pregunta y comprende: el ma -el espacio entre golpes-, la intención o el contexto cultural y espiritual. El ritmo no es solo sonido y se vuelve más bien  mensaje.

Y el viejo maestro taikista ya no toca taiko; su postura, respiración y energía "son" taiko. No piensa el ritmo ni el sentido, simplemente ocurre; desde la óptica zen el cuerpo, el tambor y el momento se hacen uno. No hay músico y tambor, hay taiko manifestándose.

Sin embargo, se trata de un proceso cíclico, circular; incluso los maestros vuelven al ritmo simple como un niño.

 


 

1/16/26

ESTÉTICA Y SIMBOLISMO EN LA DECORACIÓN DE LOS TAIKO

R
ecordemos que la palabra taiko es un genérico que engloba diversos tipos y formas de tambor japonés, aunque es probable que el más icónico y reconocido internacionalmente sea el grande con forma de barril que llamamos nagado. Además de la potencia de su sonido, estos tambores son también creaciones artesanales de una gran belleza, y su decoración, que mezcla estética, simbolismo y tradición, varía según la región, el entorno y el uso que se dá al instrumento. La decoración del taiko no es meramente ornamental, ya que refleja una visión profundamente japonesa del sonido como fuerza espiritual, comunitaria y cósmica. 

Nagado con cuerpo de madera maciza de keyaki


En términos generales, el taiko tradicional o ceremonial suele ser más sobrio, natural y minimalista, mientras que el moderno, el de los conciertos en grupo o kumi-daiko, suele tener más color, más decoración, y logos y dibujos para su mayor impacto visual. Por otra parte, la decoración del taiko suele seguir los principios tradicionales de la filosofía wabi-sabi de la que ya hemos hablado anteriormente en el blog; es decir, la belleza en lo simple, la aceptación de las imperfecciones naturales, o el equilibrio entre la función y la forma. Por eso, incluso los taiko muy ornamentados evitan en general lo recargado. 

Hay que añadir que el simbolismo en la decoración del taiko tiene un carácter profundo y ancestral, ligado a la cosmovisión japonesa, el sintoísmo, el budismo y a la vida comunitaria. Más que “adornar”, la decoración comunica significado, protección y energía para el instrumento y quien lo ejecuta.


Cordaje y claveteado en shime, oke y hira-daiko


Cuerpo o casco

El cuerpo de los nagado suele ser de madera maciza, de olmo zelkova o “keyaki” en los de mayor calidad y precio, aunque son más comunes y asequibles los construidos con tablas o duelas de otros diversos árboles. El aspecto y decoración del cuerpo varía; lo más común en el taiko tradicional es la madera natural pulida, que deja ver la veta, símbolo de respeto a la naturaleza. 


Vetas de madera natural en cascos macizos y de duelas del nagado


Sin embargo, el cuerpo puede estar también lacado -urushi- en negro, rojo oscuro o marrón profundo que le aporta elegancia y protección; es el caso, por ejemplo, de los tambores oke-daiko shime-daiko. Finalmente, aunque más raros y ceremoniales, los hay con grabados o tallas y motivos de olas, nubes o dragones (en éste último caso, simbólicamente, la fuerza y la disciplina).


Cuerpos de taiko lacados

Cascos con motivos grabados

Cuerpos con decoración tallada


Herrajes y clavos decorativos

Los clavos -tachibyōshi- que sujetan la piel al cuerpo del tambor no son solo funcionales. Están dispuestos en círculo creando patrones visuales rítmicos y formas florales o geométricas; describen una, dos o más bandas perimetrales, en tamaño grande -tipo clavo de puerta-, o pequeño -tipo chincheta-.


Disposición en tres bandas de clavos dorados


Esta disposición reforzaría el simbolismo del círculo en la cultura japonesa y sus valores de unidad y armonía, repetición de los ciclos de la vida y del tiempo, o de equilibrio entre cielo, tierra y humanidad. El taiko, visto desde arriba, podría visualizarse como un mandala sonoro. El claveteado alrededor de la piel blanca y tensa, transmite también la sensación de barrera, de retención del poder y la fuerza sonora ocultos en el interior del tambor, que se liberaría al golpearlo.


Patrones visuales rítmicos de claveteado



Los habituales herrajes con aros o asas suelen tener una forma geométrica común cruciforme o romboidal en tono oscuro o negro con remate floral dorado, cuyo simbolismo, según tradición oral de los artesanos y maestros taikistas, se podría vincular al sol, a Amaterasu y a los ritos agrícolas y comunitarios; así, el parche de piel sería el disco solar y los herrajes, los rayos que emanan del mismo.  

Siempre me ha sorprendido la forma de estos herrajes, Kanagu, repetida invariablemente en los taiko de cierto peso, y que cumplen claro está su función de agarre en la confluencia de líneas de fuerza y equilibrio del tambor.  Pero la tradición oral de la que hablamos también nos amplia significados más intangibles, porque en la artesanía japonesa la función rara vez va sola; este herraje combina dos motivos muy comunes:



  
La forma lobulada en cruz recuerda los diseños mokkō-gata y hana-gata (evocación gráfica de los lóbulos redondeados de la flor del membrillo, o la estilización de otros patrones florales). El mokkō es un motivo heráldico clásico en Japón que simboliza estabilidad, protección y contención y es frecuente en armaduras, santuarios y objetos sometidos a tensión o impacto como ocurre con el taiko. Y la roseta dorada central con pétalos radiales evoca claramente el kiku, el crisantemo, que es símbolo de orden, continuidad, energía solar y nobleza. No implica necesariamente una referencia imperial, pero sí una asociación con lo formal, lo correcto y lo duradero.

1/09/26

Y LAS CARROZAS RECUERDAN TU NOMBRE. Un cuento para la noche de Reyes

D

icen que, cuando cae la noche antes del desfile del Gion Matsuri, el famoso festival de verano de Kioto, las carrozas Yamahoko despiertan, y son tan altas que parecen montañas que caminan; no es que se muevan -sus grandes ruedas de madera siguen firmes sobre los adoquines-, pero el espíritu que las habita, sueña y sobretodo, recuerda. Recuerda a los matsuri, a sus gentes y a la alegría eterna de la ciudad de los jardines.


Kamidaiko y la Carroza de Reyes 2026 de Zaragoza


La carroza más antigua de todas, la Naginata-hoko, conserva entre las grietas de sus maderas miles de nombres de artesanos, niños, músicos, portadores y dioses que compartieron sus matsuri. Cada año se le añaden algunos nuevos, y cada año también se desvanece alguno antiguo, como la tinta bajo la lluvia. Pero aquella noche, mientras Kioto dormía, la carroza sintió algo distinto. Uno de esos nombres se removió y tembló en su interior, pidiendo no desaparecer.

-Aún no, susurró-; todavía hay alguien que me recuerda.

Las Yamahoko de Kioto no pueden salir solas en el desfile. Necesitan de un personaje especial, y ese alguien es el niño sagrado, al que llaman Chigo.  El Chigo es un niño pequeño normal, elegido entre las familias de la ciudad que, como todos los niños, ríe, juega, se cansa y sueña; pero durante los días del matsuri se transforma y cumple una tarea muy importante: representar la memoria de Kioto y el cuidado y respeto a la ciudad y sus gentes.

Para hacerlo, viste ropas hermosas que inspiran ese respeto, no toca el suelo con los pies -para no mezclar lo cotidiano con lo ritual, lo ordinario con lo extraordinario- y permanece tranquilo y atento en la carroza principal. No comprende las cosas que ocurren alrededor con palabras sino con sensaciones, y a través de los ritos que se repiten cada año, el niño permite que los recuerdos y los nombres no se pierdan del todo, que la memoria de la ciudad continúe.

A la llamada de la Naginata-hoko respondieron desde otras calles las Yamahoko hermanas, y sus maderas crujieron suavemente, como montañas que respiran.

-Es el niño, dijo la Kanko-hoko, otra de las carrozas-. El chigo de este año nos está escuchando.

Y así fue. En una casa cercana, el niño dormía vestido con ropajes blancos; de pronto despertó y abrió los ojos, llenos de una luz serena, sin miedo ni inquietud. Ya amanecía cuando lo subieron a la Naginata-hoko. El desfile comenzó y la ciudad entera vibró: los taiko, las shinobue, las cuerdas tensandose, el lento avanzar de las carrozas...

Entonces, cuando la Naginata-hoko se puso en marcha, el niño apoyó las manos en la madera y vio lo que nadie más veía: Vio a los kami descender como destellos de color en el cielo estrellado, y a las tristezas, dolores y enfermedades huir en la oscuridad cortadas por las naginatas; y vio también a las carrozas elevarse, como farolillos de luz, no sobre ruedas, sino sobre recuerdos y nombres compartidos.

Escuchó asimismo un último susurro, la voz de aquel nombre que se negaba a ser olvidado:

        -Mientras alguien nos recuerde a nosotros y a la ciudad con respeto, Kioto estará a salvo.

Cuando el desfile terminó, el niño ya no recordaba la voz, ni el crujido de sogas y maderas, ni el retumbar de los tambores, pero sonreía. Y la Naginata-hoko, satisfecha, permitió alejarse serenamente aquel nombre antiguo, ahora ya olvidado, y todas las Yamahoko volvieron a descansar hasta el siguiente Gion.

Kioto, una vez más, quedó protegida y tranquila.







Cuento inspirado en relatos de:

Yasunari Kawabata: "Kioto"
Miyazawa Kenji: "Historias mágicas"
Ursula Le Guin: «El poder de los nombres»

1/02/26

KAMIDAIKO Y LA CABALGATA DE REYES

La previsión meteorológica para estos Reyes de 2026 no es la mejor para los desfiles al aire libre por las calles de Zaragoza. Es posible, incluso, que nieve...

Por eso, para desechar posibles pensamientos de huida y dar mayor sentido a la presencia de los taikos japoneses de Kamidaiko en la Cabalgata de los Reyes Magos -mas allá de situar a éstos legendariamente en el “Oriente”-, he estado revisando algunas fuentes y textos y encontrado cierta relación de nuestros Reyes con tradiciones budistas de India, China y Japón, que pueden dar alguna interesante pista sobre el asunto y sus conexiones, y que paso a comentar.



El grupo Kamidaiko ataviado para la Cabalgata de Reyes 2026 de Zaragoza


En primer lugar, los Tres Reyes de la India. En algunas narrativas y textos budistas muy antiguos, se hace mención a tres figuras sabias o reyes de la India que visitan al niño Buda iluminado en su nacimiento; sin embargo, ese viaje y peregrinación está mucho más relacionado con la búsqueda y veneración de la sabiduría que con los regalos materiales de nuestros Reyes Magos, aunque es cierto que el oro, el incienso y la mirra también representan simbólicamente para el cristianismo, la realeza, la divinidad y la humanidad de Cristo.


Aquellos tres monarcas -los de la India- son considerados pilares históricos en la consolidación y expansión del budismo y en la compilación de sus textos originales, y recordados a menudo por su enorme impacto en la historia de esta religión; una tradición que utiliza la figura de los tres reyes para simbolizar la llegada de la sabiduría y la iluminación desde algún lugar remoto, y que representarían también tres elementos fundamentales del budismo, como son la sabiduría, la ética y la meditación y, por tanto, su camino hacia la iluminación.




Según otra importante tradición budista, así como en algunas leyendas y mitos chinos, se habla de los "Tres Tesoros" o "Trayas", como elementos fundamentales de la fe, que representarían lo que todos los budistas deben venerar y seguir, los mismos que he mencionado antes para los reyes de la India. Es decir, el Buddha o ser iluminado, que desde su nacimiento muestra señales de ser un ser especial o divino y es el ejemplo más alto de lo que todos los seres humanos pueden lograr a través de la práctica espiritual; el Dharma o las enseñanzas del Buda y su doctrina de la iluminación como ley universal y camino hacia la liberación del sufrimiento; y el Sangha o comunidad de practicantes monjes y laicos budistas que siguen sus enseñanzas.


Este concepto de los Tres Tesoros podemos verlo como una especie de "trinidad" budista, y su mitología hace referencia muchas veces a sabios o sabias que visitan a seres iluminados o divinos.




Y por último, podemos también hablar de Los Tres Grandes Sabios -San Daizai- de la tradición budista japonesa, aunque es verdad que no son sabios en el mismo sentido que los Reyes Magos. Estas figuras representan más bien enseñanzas espirituales y de la sabiduría profunda. En algunas leyendas y enseñanzas, los San Daizai son sabios o grandes maestros que desempeñan un papel similar, aunque de un rango inferior, al de los Tres Tesoros, en relación a los caminos de la sabiduría y a los principios doctrinales del budismo.


El término San Daizai puede referirse a diferentes tríos de figuras budistas veneradas a lo largo de la historia de Japón, y su interpretación varía según la escuela budista o sus leyendas. Algunas interpretaciones incluyen a figuras de monjes venerables que podrían considerarse representaciones de esa sabiduría y enseñanza, pero que no son parte de su núcleo doctrinal como los Tres Tesoros. Estos monjes sabios, aunque contemporáneos de la misma era de reformas budistas -el periodo Kamakura de los siglos XII y XIII-, representaron tres caminos diferentes e igualmente influyentes de esa reforma: Hōnen introdujo la simplicidad, Shinran la fe radical laica, y Nichiren la exclusividad del Sutra del Loto para la iluminación, marcando profundas divisiones y evoluciones en el budismo japonés.




*  *  *




Y ahora un pequeño reportaje de nuestra participación en la Noche de Reyes zaragozana de 2026. 

 

12/13/25

EL PARANKU DE AKIRA. Fin de año en Yomitan

E
n el pequeño pueblo costero de Yomitan en la isla de Okinawa, otro año estaba a punto de despedirse aquella misma noche. El aire traía como siempre el olor del mar, pero rodeado ahora de un silencio especial, como si los espíritus antiguos caminaran más cerca del pueblo, atentos al pulso de los vivos.



Danza Eisa y Paranku de Okinawa.  Fot: Tarumi Kengo



Antes de comenzar los preparativos de su tradicional danza eisa, todos los danzantes de Yomitan sabían que debían visitar a la Yuta del pueblo. Se llamaba Tsubura y vivía junto al bosque, donde los árboles siempre escuchan y recuerdan. La anciana mujer no sólo sanaba los cuerpos de estas gentes, también hablaba con los muertos familiares y podía leer los hilos invisibles del tiempo.

Aquella tarde, el joven Akira llegó a casa de la Yuta con el paranku bajo el brazo. Era la primera vez que iba a liderar el grupo de danza de fin de año en la aldea, y su corazón temblaba como una llama inquieta.

- No pienses que el tambor suena así por tus manos, le dijo Tsubura sin mirarlo. Vibra por aquello que te pesa en el corazón y de lo que aún no te has desprendido.

La Yuta esparció sal marina sobre la piel del tambor y encendió incienso. El humo ascendió en espirales, trazando caminos para las oraciones antiguas. Sus labios murmuraron nombres olvidados, llamando a los utaki, espacios sagrados y espíritus familiares que esa noche cruzarían el velo del tiempo para escuchar la eisa.

- Cuando llegue el último redoble, continuó, no pienses en el año que termina; entrégale aquello que ya no debe caminar contigo y debes liberar en el que empieza. El paranku te abrirá el camino.

Al caer la noche, la plaza se iluminó con muchos faroles. El ritmo comenzó lento y profundo y los danzantes avanzaron como una suave marea. Taikos y parankus acompañaban los giros y figuras de la danza, despertando el suelo bajo los pies y los cielos sobre las cabezas. Akira sentía cada golpe vibrar en su pecho, como si todas las voces de la aldea golpearan juntas con él.

En el instante final del año, recordó las palabras de la Yuta. Golpeó el tambor una última vez, no para pedir, sino para vaciar, para soltar. El sonido se elevó, cruzó el pueblo, el bosque y el mar, y los ancestros escucharon. El nuevo año nació ligero, purificado y luminoso.

Desde la penumbra del bosque, Tsubura sonrió en silencio. La danza eisa había cumplido su destino; no sólo celebraba el tiempo pasado y por venir, sino que lo sanaba para los okinawenses cumplidores del Obon.


Danza Eisa:  es una danza que se realiza en Okinawa -archipiélago Ryukyu- el último día del Obon, la festividad de tradición budista donde se celebra la llegada de los espíritus de los antepasados difuntos para honrarlos y rendirles culto durante su visita a nuestro mundo, a la vez que éstos traen prosperidad y bienestar a sus familiares.

Yuta:  Medium espiritual de las Ryukyu. Pueden entrar en un estado de posesión durante el cual se comunican con deidades y espíritus de los muertos. En el proceso, manifiestan poderes espirituales y practican magia en forma de oráculos, augurios y ceremonias de curación.

Paranku:  es un instrumento clave para la danza eisa en Okinawa. De forma similar a la pandereta occidental, con piel tensada en una de sus caras. Los intérpretes de eisa lo sostienen con una mano y lo golpean con un bachi con la otra mientras bailan con energía. Es muy ligero y portátil para acompañar coreografías. 

Utaki:  Seifa Utaki es un conjunto de lugares sagrados de la tradición animista okinawense. Fue precisamente a este lugar donde la diosa Amamikiyo descendió para dar a luz a sus hijos, que engendrarían posteriormente a los primeros habitantes del archipiélago Ryukyu.