SALUDO Y BIENVENIDA
10/27/25
TALLER DE INICIACIÓN AL TAIKO. Octubre 2025
10/24/25
Fiesta DFA Parque de Atracciones oct 2025
El día ha continuado con los movimientos de la Academia Virginia Bernabéu y sus bailes inclusivos, los divertidos Ghostbusters Aragón y la energía rítmica de Kamidaiko y Trokoescuela.
10/01/25
EL TOMOE DE LOS TAIKOS
ue es ese dibujo, ese signo en forma de remolino, que vemos muchas veces dibujado sobre la piel de los taikos? ¿cual es su origen y su significado?. Hablemos un poco de ello
El "Tomoe" es un símbolo tradicional japonés, muy reconocido, que aparece con frecuencia en el arte, la arquitectura, los objetos ceremoniales y también, en los instrumentos musicales. A menudo la piel de los tambores taiko está decorada con este símbolo que parece un remolino o espiral; en concreto, el Mitsudomoe, que es la versión de triple coma.
En general, se representa en forma de comas que giran alrededor de un punto central; las versiones más comunes son: El Ichidomoe, de un solo remolino, el Futatsudomoe de dos remolinos entrelazados y el Mitsudomoe, de tres remolinos, que es la más común y la que se suele ver en los taikos. Se ven incluso versiones tomoe de cuatro comas, que recuerdan al lauburu vasco, y que suelen simbolizar deseos de prosperidad y salud.
Trance, tomoe y tambor. En las prácticas animistas, el tambor es uno de los instrumentos centrales y su ritmo repetitivo induce estados alterados de conciencia; el tomoe en el taiko tiene sus raíces en esta relación, ya que el sonido circular del tambor acompaña los viajes espirituales y la invocación de los espíritus. Funcionaría como un sello protector o canalizador de la energía espiritual que induce el taiko.
Por tanto, el tomoe es un símbolo profundamente conectado con las antiguas creencias japonesas sobre el movimiento del espíritu, la naturaleza cíclica del universo, y la mediación entre lo visible y lo invisible, y su uso en los tambores taiko podría tener, desde tiempos antiguos, un propósito espiritual, mucho más allá de lo artístico y lo ceremonial.
En definitiva y en el ámbito de nuestro interés como taikistas, el uso del tomoe puede entenderse como una herencia simbólica de las prácticas chamánicas antiguas, un reflejo del papel del tambor japonés como puente entre lo físico y lo espiritual, y una reverencia simbólica hacia el poder del sonido como vehículo del espíritu.
9/25/25
LEYENDA DE TSUGUKO Y EL TAIKO CELESTIAL
En el antiguo "Nihon Shoki", una crónica más venerada que entendida, se menciona que el gran espejo de bronce de la leyenda de Amaterasu Ō-Mikami en la gruta sagrada, el que reflejó la luz que devolvió la esperanza al mundo, había sido consagrado en este santuario de Hinokuma. Y fue en esta tierra marcada por lo sagrado donde nació Tsuguko, la última hija del linaje Kawakami que fue consagrada como miko, monja y sirviente pura del santuario; en su vida, no conoció otro mundo fuera de los muros de piedra cubiertos de musgo, los caminos de grava blanca, y los Torii que se abrían como umbrales entre lo terrenal y lo eterno.
Creció escuchando los cantos de invocación que los sacerdotes recitaban al amanecer, y aprendiendo los gestos secretos de la danza kagura para el entretenimiento y apaciguamiento de los dioses. Allí le enseñaron a leer los cambios del musgo, a entender las pausas del canto de los cuervos, y a escuchar a los árboles como si fueran ancianos que recordasen el comienzo del mundo. Pero el mundo, incluso el sagrado, no permanece quieto y cuando el cielo comenzó a oscurecerse años más tarde en los tiempos sombríos, sería ella, la hija más joven del clan Kawakami, quien sería llamada a restaurar el equilibrio perdido.
En el tercer año de la era, cuando el cielo se tornó gris por semanas y las cosechas fallaron, un silencio inquietante se apoderó de los campos y aldeas. Los ríos bajaban lentos y turbios, como si también ellos hubieran sido alcanzados por la melancolía del cielo. Se hablaba en corrillos de amenazas, de espíritus agraviados por el olvido, de antiguos pactos rotos por la indiferencia de los hombres.
Fue entonces cuando un emisario llegó desde la capital, enviado por orden del Emperador Ninmyō. Viajaba escoltado por monjes yamabushi y portaba un pergamino lacrado con el sello imperial; era un decreto de restauración espiritual, ordenando que en el santuario de Hinokuma se realizara un kagura no mai a sus kami protectores, y restablecer así la armonía entre el cielo y la tierra. Como ofrenda sagrada, el emperador había enviado un taiko ceremonial forjado en los talleres del venerable templo Tōdai-ji. Un tambor inmenso con herrajes de oro bruñido y su piel tensada y claveteada con precisión ritual en tonos de añil profundo, como las sombras del crepúsculo sobre el mar. Se decía que el primer golpe que le dieron los monjes de Nara, había hecho temblar los cerezos aún dormidos por el invierno. Su eco era capaz de despertar incluso a los kami más antiguos, aquellos que dormían en las raíces de los cedros o en lo profundo de los estanques olvidados.
Los aldeanos, temerosos pero siempre reverentes, se reunieron en un claro del santuario, allí donde las grullas detenían su migración. Las miko, vestidas con sus mantos blancos y cintas carmesí, iniciaron la danza bajo la lluvia tenue. Y cuando el gran taiko retumbó por primera vez en Hinokuma, un viento repentino barrió las hojas secas del otoño, como si el bosque mismo se inclinara ante el sonido. Nadie dudó entonces que los dioses estaban escuchando.
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Santuario de Hinokuma, en Wakayama |
9/22/25
UN RELATO DE ITAKOS. SUSURRO DE ESPIRITUS
Allí, cerca de la aldea, se hallaba un lugar singular; la llamada cueva de los espíritus, una pequeña formación rocosa donde el viento se filtraba como un susurro lejano, y donde Hanae y su abuela habían pasado muchas horas en la oscuridad y el silencio de la gruta, aprendiendo a escuchar las voces de aquellos que ya no caminaban sobre la tierra, pero que seguían intentando comunicarse con los humanos, sobretodo familiares y allegados.
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| Itako ciega de Aomori iniciando la ceremonia del kuchiyose o diálogo con los muertos |
Yuki pidió a Hanae que la ayudara. La itako la observó en silencio, notando una gran ansiedad en sus ojos. Aceptó el encargo, pero le advirtió que el camino hacia el otro lado era incierto y peligroso. Para llegar a contactar con su hermano, Hanae tendría que sumergirse en un trance profundo, donde las voces de los espíritus se entrelazan con su propia mente:
“El camino hacia el otro lado no es claro ni seguro, mi niña. Es un sendero donde la razón se desvanece y solo la voluntad de los espíritus nos guía. Prepárate, porque lo que verás y escucharás podría no ser lo que esperas.”
Esa misma noche, con el cielo iluminado por la luna llena, Hanae comenzó el rito del Kuchiyose; se sentó en su altar junto al taiko ceremonial, cubrió su rostro con una tela blanca, y comenzó a entonar cantos ancestrales mientras hacia sonar entre las manos su juzu o rosario de cuentas.
El viento susurraba a través de las rendijas de la casa, y los ojos de Hanae se cerraban en un sueño profundo y casi fuera del tiempo; el mundo exterior se desvaneció, y la itako se entregó por completo a las voces circundantes. La sala se llenó de una inquietante paz y, de repente, una figura comenzó a formarse en la mente de la itako. Era el hermano de Yuki, vestido con las mismas ropas del accidente; sus ojos, llenos de tristeza, miraban a Hanae desde otro lugar del tiempo y el espacio:
"¿Por qué no puedo irme?" preguntó su espíritu con voz temblorosa. "Estoy perdido, atrapado entre los mundos. No puedo encontrar la paz."
Hanae, con una voz suave pero firme, le respondió:
"Tu hermana te busca, te llama. Solo cuando aceptes tu partida, tu mismo y tu hermana podréis encontrar la paz. El río de la vida ya no te pertenece, hermano perdido"
El espíritu vaciló unos instantes, y luego, con una mirada triste, asintió:
"Haré lo que Yuki necesita."
Al abrir los ojos, Hanae regresó lentamente a la realidad, sintiendo la frialdad del aire a su alrededor y la tela blanca aún sobre su rostro. El silencio en la habitación era profundo, aunque no vacío. Yuki, de pie en una esquina, observaba sin decir palabra, como si hubiera sentido la transformación que acababa de ocurrir. La pesada tristeza que la había consumido por semanas comenzaba a desvanecerse, como la niebla al amanecer. La itako, agotada por la experiencia, susurró:
"Tu hermano ha encontrado al fin su camino. Ahora, es tu turno de dejarlo ir."
Con lágrimas en los ojos, Yuki agradeció a la anciana su esfuerzo, sabiendo que, aunque nunca podría olvidar a su hermano, ahora podría recordarle con paz. El espíritu había partido, y con ella, una gran parte de su dolor.
















