![]() |
| Templo y lago Chuzen-ji |
Así, se sucedieron años de sequía que fueron terribles. Los campos se agrietaron, los bosques ardieron, desaparecieron los peces y hasta el musgo de las piedras se volvió de un ceniciento color gris. El anciano abad del templo decidió al fin, subir solo hasta la orilla del lago y sentarse a meditar entre los cedros; así, permaneció inmóvil durante siete días.
—No he olvidado a los hombres —dijo el dragón contestando a los pensamientos del abad—. Son ellos quienes me han olvidado a mí.
El abad inclinó la cabeza.
—Entonces, Seiryū dragon azul, enséñanos de nuevo a recordar y a recordarte.
El monstruo guardó silencio durante un largo rato. Finalmente, descendió bajo las aguas y cuando volvió a emerger, llevaba consigo un enorme tronco de alcanforero que había permanecido sumergido en el fondo del lago durante siglos. Con su aliento lo secó y lo endureció hasta volverlo tan sólido como las mismas piedras.
—Con esta madera construid un gran tambor, un ō-daiko, para el templo —dijo a los campesinos que observaban desde la orilla.
Después arrancó una de las escamas de su propio cuerpo y se la ofreció al abad.
—Colocadla en el corazón mismo del tambor. Mientras quienes lo hagan sonar conserven un corazón libre de codicia, mi espíritu responderá a su llamada.
Monjes y campesinos trabajaron durante meses. Tallaron el cuerpo del taiko de una sola pieza a partir de aquel tronco y, para cubrirlo, el abad eligió la piel de una vaca blanca que pastó durante años junto al templo hasta su muerte natural, alimentándose de la hierba regada por las aguas del lago. Cuando murió, los monjes recibieron su piel con el mismo respeto con que se despide a un fiel compañero protegido por el dragón, y curtieron y tensaron el cuero con la mayor precisión y solemnidad. Oculta en su interior, donde nadie podía verla, descansaba la escama azul del dragón.
Y así nació el gran O-daiko del templo.
Sin embargo, los monjes no hacían sonar nunca el ō-daiko para pedir lluvia. Solo resonaba durante la meditación, los funerales y las fiestas dedicadas al Buda.
Muchos años después volvió otra gran sequía. Viendo arruinarse las cosechas y temiendo una hambruna en la aldea, los campesinos acudieron de nuevo desesperados a la puerta del templo, rogando al abad:
—¡Haz sonar el tambor! ¡Habla con el dragón para que llueva!
El abad respondió con serenidad:
—Lo haré, pero antes debéis reparar los canales del río.
Los aldeanos protestaron.
—¡No hay tiempo!
—Entonces plantad árboles en la montaña, dijo el monje.
—¡Eso no traerá agua!
—Pues compartid el arroz que aún os queda con quienes no tienen nada.
Muchos se marcharon enfadados y solo unos pocos permanecieron junto al anciano monje. Durante varios días trabajaron sin descanso: Limpiaron los manantiales, repararon las acequias y plantaron cedros donde antes solo había laderas desnudas; y nadie pidió recompensa alguna por su esfuerzo.
Cuando terminaron, el abad caminó lentamente hasta el gran ō-daiko. Se sentó frente a él, cerró los ojos y tomó profundamente aire. Después levantó lentamente el bachi con su brazo y golpeó con fuerza.
DON...
El golpe fue tan profundo y grave que hasta las linternas del templo vibraron y las montañas respondieron con un eco interminable; las nubes comenzaron a reunirse sobre las cumbres y en el lago, apareció un gran remolino. Pero no cayó una tormenta violenta; primero descendieron unas pocas gotas y después, una lluvia suave, lenta y constante. Llovió durante tres días y tres noches, pero al fin, los arrozales volvieron a cubrirse de verde.
![]() |
| El dragón azul Seiryū |
Tiempo después, cuando el abad murió y hubo que reemplazar la piel gastada del tambor, los monjes buscaron la escama del dragón en su interior, pero no encontraron nada; solo un hueco vacío.
Los más jóvenes pensaron que alguien la había robado, pero el monje más anciano sonrió:
—Nunca estuvo dentro del tambor.
—¿Entonces dónde estaba?
El anciano apoyó la mano sobre el enorme parche de cuero.
—Ni el dragón ni su espíritu vivieron nunca en la escama, sino en el corazón de quienes aprenden a escuchar a la naturaleza, a respetarla y cuidarla, sabiendo que forman parte de ella.
Desde aquel día, los aldeanos aceptaron que el tambor nunca hizo llover; el agua llegó porque, antes de pedir ayuda al cielo, al monje o al dragón, ellos habían empezado por cuidar, proteger y reparar la tierra. Y aprendieron también que los milagros de la naturaleza nacen cuando las personas hacen primero aquello que está en sus propias manos.
Seiryū es uno de los Cuatro Símbolos Sagrados japoneses, los Shishin, seres míticos que protegen los cuatro puntos cardinales y están asociados con elementos, estaciones y otros aspectos del universo. Juntos protegen el equilibrio del mundo y representan el orden.
Seiryū (Dragón Azul) → el Este, la primavera, y el elemento madera.Byakko (Tigre Blanco) → Oeste, otoño, y metal.Suzaku (Ave Fénix rojo) → Sur, verano, y fuego.Genbu (Tortuga Negra con serpiente) → Norte, invierno, y agua.A diferencia de los dragones europeos que suelen ser monstruos destructores, el Dragón Azul japonés es una deidad protectora.Se dice de este dragón que:
- Vigila el Este y protege las ciudades de las fuerzas malignas. (Kyoto)
- Controla la lluvia, los ríos y la fertilidad de la tierra.
- Su aparición es un presagio de prosperidad, sabiduría y renovación.
- Está relacionado con la primavera, cuando la naturaleza vuelve a despertar.



No hay comentarios:
Publicar un comentario