Nadie, salvo Aoi. La joven miko permanecía arrodillada frente al altar, con las manos apoyadas sobre los muslos y la espalda erguida. Era ella la que había encendido las lámparas, barrido las hojas del patio y colocado las ofrendas de arroz, sake y ramas de sakaki.
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| Mikos en el santuario sintoista. Foto: L.S.P. tokyo |
Y de repente suena el gran tambor del santuario, el o-daiko; tan potente, que hace vibrar las tablas de sus tarimas.
DON.
Aoi levantó la cabeza. El o-daiko se encontraba al otro lado del patio, bajo un tejado de madera. Era un tambor enorme, de piel oscura y tensada, que llevaba allí más tiempo del que los habitantes del pueblo podían recordar. Y no había nadie junto a él.
Aoi se puso en pie.
—¿Quién anda ahí?
Nadie respondió; y entonces llegó el segundo golpe.
DON.
Las campanillas del santuario tintinearon y Aoi sintió, de golpe, un gran frío en los brazos; había escuchado muchas veces cuentos e historias imponentes sobre aquel tambor. Su abuela decía que, en tiempos antiguos, se tocaba en las ceremonias para llamar y entretener a los Kami. También recordaba su insistencia en que había que respetar el silencio que seguía al último golpe, aunque nunca le había explicado el por qué.
El tercer golpe resonó más profundamente que los anteriores.
DON.
Aoi comprendió que debía comenzar. Tomó el abanico ritual, las pequeñas campanas de mano y se colocó frente al altar, aunque aquella noche no estaba previsto ningún espectáculo de kagura. Habria danza, si, pero más tarde, al amanecer, como se hacía cada año para agradecer al kami protector del valle sus atenciones.
Pero el taiko había sonado ya tres veces, y una miko no ignora una llamada así del gran tambor. Aoi inclinó la cabeza y después, comenzó a danzar. El sonido de las campanillas acompañó sus pasos. Un giro; dos; y el abanico se abrió como una gran flor blanca. Sus movimientos eran lentos y precisos, aprendidos durante años de práctica. El kagura no es una danza para entretener a los hombres sino una ofrenda a los kami y un contacto con su mundo invisible.
Aoi sabía bien por sus maestras que una miko debía danzar como si nadie la mirase, como si el bosque entero fuese un templo, como si detrás de cada árbol pudiera encontrar el rostro de algún espíritu. Y entonces el o-daiko volvió a sonar.
DON.
Pero Aoi giró sin que ella lo hubiera decidido; se quedó inmóvil un instante, sorprendida, y después su cuerpo continuó danzando. También las maestras le habían advertido del significado de que algo o alguien moviera su cuerpo y su voluntad durante el kagura. Y de nuevo otro golpe.
DON.
Sus pies se movían solos. El abanico trazó un arco frente a su rostro y las campanillas volvieron a sonar. Quiso detenerse y no pudo.
La música había desaparecido. Solo quedaba el tambor y detrás de él, algo parecido a una respiración; una presencia acercándose, aunque no desde el bosque, sino desee dentro. Su corazón comenzó a latir con fuerza, como nunca lo había hecho. Las piernas le temblaron y el abanico cayó de sus dedos.
Aoi intentó abrir la boca para pedir ayuda pero otra voz distinta salió de ella.
—Hace mucho que esperamos.
La voz era la suya, y no lo era; algo la atravesaba desde la nuca hasta el pecho, como un chorro de agua helada. Sus manos se levantaron y las campanillas volvieron a sonar.
—¿Quién eres?
Esta vez consiguió hablar y la respuesta llegó desde su propia garganta.
—Soy el que recuerda.
El o-daiko dejó de sonar; Aoi miró hacia el altar y vio que las llamas de las lámparas se inclinaban hacia ella.
—¿Y qué recuerdas?
Durante unos segundos no ocurrió nada. Después, la boca de Aoi sonrió con un gesto que no era humano.
—Una promesa.
El corazón de la joven dio un vuelco.
—¿Qué promesa?
La presencia dentro de ella pareció inclinarse y retorcerse como si escuchara una pregunta formulada hacía mucho tiempo.
—La que hizo tu sangre.
Aoi comprendió; su familia, su abuela, y las historias que nunca terminaban de contarle. Porque durante generaciones, las mujeres de su familia habían servido como miko de aquel santuario. Su abuela había sido la última antes que ella y siempre había insistido en una cosa:
—No olvides nunca la danza, el kagura.
Aoi había creído que se refería a la tradición. Ahora comprendía que no.
—Mi familia no hizo ninguna promesa.
El rostro de Aoi se volvió inexpresivo.
—Tu bisabuela si la hizo.
Un recuerdo surgió de pronto, y no era suyo. Una mujer joven, arrodillada ante ese mismo altar; la lluvia, el bosque envuelto en niebla y un niño enfermo entre sus brazos. Y una voz pronunciada en la oscuridad:
—Protégelo.
La imagen desapareció.
—¿Qué ocurrió?
—Pidió que el niño viviera.
Otra imagen. El niño respirando; la mujer llorando de alivio; y después, sus palabras:
—Mientras mi sangre permanezca en este lugar, ofreceré una danza cada año. Nunca dejaré que tu nombre, oh Kami, sea olvidado.
Aoi cerró los ojos.
—¿Y no cumplió?
—Murió antes de regresar.
La respuesta no contenía reproche y eso era lo que más miedo le daba; solo una inmensa tristeza.
—Pero mi abuela continuó la danza.
—Sí.
—Entonces la promesa se cumplió.
—No.
Aoi pudo al fin abrir los ojos.
—¿Por qué?
—Porque dejaron de pronunciar mi nombre.
Las llamas temblaron y Aoi miró hacia el altar; hasta aquel momento nunca había sabido a qué kami veneraban allí porque el santuario no tenía una estatua, ni un rostro. Tan solo una pequeña tablilla de madera cubierta por años de humo e incienso.
Se acercó. Aquella presencia interior hizo que sus dedos levantaran lentamente la tablilla, y debajo apareció una inscripción con un nombre. Aoi leyó el nombre y lo reconoció; no de las oraciones, sino de una vieja canción que su abuela solía cantarle cuando era niña. Una canción sobre la lluvia, los ciervos y un espíritu que protegía el valle.
—Has olvidado mi nombre —dijo el kami.
Aoi sintió que sus ojos se llenaban de lagrimas.
—No lo olvidé yo, lo olvidaron todos.
—Entonces dime Kami, qué quieres.
Por primera vez, la presencia pareció enfadarse y el o-daiko resonó de nuevo.
DON.
—Quiero lo prometido.
Aoi comprendió lo que significaba. Una danza cada año; el respeto a la memoria y al nombre. La continuidad de la ofrenda y el rito. Durante décadas, la ceremonia se había ido convirtiendo en una formalidad. Se acortaban las palabras y el nombre del kami había desaparecido de las plegarias. El kagura se había conservado, pero nadie recordaba ya para quien se bailaba.
—¿Y si vuelvo a cumplirla?
El kami guardó silencio.
—¿Bastará?
—Una promesa no se cumple con palabras.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
La respuesta fue:
—Baila.
Y el o-daiko comenzó de nuevo a sonar
DON.
Aoi tomó el abanico del suelo, agitó las campanillas y empezó a danzar sin resistirse, dejando que sus pies recordaran. Inclinó su cuerpo, giró y describió círculos en el aire con su abanico. Y mientras bailaba, Aoi pronunció por primera vez el nombre del kami. Una vez, después otra, otra más. Y con cada repetición, regresaban cosas y sensaciones al santuario: El viento, los insectos, el olor de la lluvia, los sonidos nocturnos del bosque.
Cuando la danza terminó, estaba de rodillas y el amanecer comenzaba a clarear detrás de los cedros. Aquella presencia espiritual había desaparecido. Durante unos instantes creyó que todo había sido un sueño. Entonces miró hacia el o-daiko. Había una nueva marca sobre la piel del tambor; una pequeña grieta y, junto a ella, una gota de agua, que Aoi tocó con su dedo. Estaba tibia.
El santuario permanecía en silencio hasta que sonó un último golpe del tambor:
DON.
Cerró los ojos y no sintió miedo; inclinó la cabeza ante el altar y pronunció el nombre del kami una vez más.
Esta vez, alguien respondió desde el bosque, no con palabras sino con el sonido de muchas campanillas; como sí, después de tantos años, el valle entero hubiera recordado aquel nombre y aquella promesa.
Las miko son las doncellas y sacerdotisas del santuario sintoísta.
En su rol original en el Japón antiguo, eran chamanas poderosas que entraban en trance para canalizar la voluntad de los Kami. Hoy en día, sus funciones son más institucionales y ceremoniales; ayudan a los sacerdotes, realizan danzas rituales, venden amuletos y mantienen el orden en el santuario.
El kamigakari es el fenómeno de la posesión divina o trance chamánico.
El proceso ocurre cuando un kami o espíritu entra en el cuerpo de una persona, tradicionalmente una miko. Durante este estado de posesión, la persona pierde temporalmente su consciencia individual para convertirse en un contenedor físico y vocal del dios.
La kagura, literalmente "música de los dioses”, es la danza y música ritual sagrada del sintoísmo.
Nace del mito de la diosa Ame no Uzume, quien bailó -sobre el primer taiko- para convencer a la diosa del sol, Amaterasu, de salir de su cueva.
Se utiliza para pacificar, entretener y honrar a los kami. Antiguamente, los movimientos repetitivos y la música de la kagura ayudaban a la miko a inducir el estado de kamigakari.
El takusen es el oráculo o revelación divina.
El mensaje es la palabra, orden o profecía que el kami transmite a los humanos. Ocurre como resultado final del proceso que sufre la miko cuando está en estado de kamigakari; entonces habla con la voz del espíritu o Kami para dictar el takusen.
REF:
Kojiki. Registro de cosas antiguas, 712
From Spirit Possession to Ritual Theatre. Published online by Cambridge University Press. March 2019
Nihon Shoki. Crónicas de Japón, 720.
Lafcadio Hearn. Glimpses of Unfamiliar Japan

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